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Opinión Sobre Cuba

Sacrificio y amor; el ejemplo que me dio mi abuela en el exilio

Nacida en la provincia de Las Villas, mi abuelita Esther Julia Valencia tenía una gran pasión por su querida Cuba. Como descendiente del Padre de la Patria, Carlos Manuel de Céspedes, nos dio clases de historia cubana desde nuestra niñez y sembró en nosotros un gran orgullo por nuestras raíces. A los cinco años, tuve que memorizar el himno cubano y los inolvidables Versos Sencillos del Apóstol José Martí. Y fue a través de ella que nació mi devoción a la Virgencita de la Caridad del Cobre, nuestra querida patrona, Cachita.

Como muchos en el exilio, la vida de Esther no fue fácil: fue una vida de sacrificio pero siempre llena de mucha alegría y mucho amor. Durante su niñez, su padre Papaíto administraba un ingenio de azúcar donde nacieron Esther, sus cuatro hermanas y un hermano. Cuando se enfermó Papaíto, la familia se mudó a la ciudad de Sancti Spíritus en busca de más oportunidades. Desde allí, se mudaron de nuevo a La Habana para ofrecerles a los niños una mejor educación. Con tremendo talento artístico, tuvo la gran oportunidad de estudiar en la Escuela Nacional de Bellas Artes de San Alejandro. Después de graduarse, Abi se dedicó de noche a su amor por el arte como pintora, y de día, a su amor por la educación y los niños como maestra de primaria.

A los 29 años, una amiga la invitó a una fiesta del 31 de diciembre organizada por un joven llamado Francisco “Paquito” Valencia. Después de un romance que duró casi cinco años, la pareja se casó en 1952. Aunque no tuvieron hijos, adoptaron a mi padre, Francisco “Pancho” Gorordo, después que falleció su madre Argelia, hermana de Esther. Criaron a mi padre con mucha ternura, como si fuera su propio hijo, y le enseñaron lo que significa el amor incondicional. En 1962, cuando la revolución cubana se declaró comunista, mis abuelos se exiliaron en Estados Unidos en busca de libertad y oportunidad. Esther empezó trabajando en el campo, recogiendo fresas en Homestead. Desde allí, pasó a trabajar en una factoría de ropa en Hialeah por casi 20 años hasta que se jubiló y se dedicó a criarnos.

Cuando llegó al exilio, siguió pintando y dibujando en cada momento libre que tenía. Nuestras casas se han convertido en galerías permanentes con sus cuadros en las paredes como recordatorios de los paisajes que dejó en su querida islita. Después de jubilarse, se dedicó de nuevo a hacer vestidos, pero esta vez para mis hermanas. Ellas eran sus muñecas, y mi abuela hacía por lo menos dos vestidos nuevos para cada ocasión importante. Hoy en día, los vestidos sobran para mi hija y cada uno sirve como un recordatorio de la talentosa bisabuela que tuvo.

Lo que es casi incomprensible para mí y mis hermanas es como ella pudo sacrificar sus sueños para que su futura familia tuviera una vida mejor. La ironía es que estudió para trabajar con sus manos, pintando y dibujando como solo ella podía. Sin embargo, terminó trabajando con sus manos en el campo y la factoría para que sus nietos adoptados pudieran realizar sus propios sueños americanos en su patria adoptada. Por ese sacrificio, por ese amor incondicional y sin límites, le estaré siempre agradecido y me siento endeudado con ella y con mi abuelo. Sin ellos, no hubiéramos podido lograr lo que tenemos hoy en día. Es gracias a ellos que hemos podido realizar nuestros sueños, sin olvidarnos de nuestras raíces.

Cofundador de la organización Raíces de Esperanza, y presidente y CEO de la compañía de tecnología L1BRE, LLC.

Esta historia fue publicada originalmente el 1 de abril de 2016, 0:37 p. m. with the headline "Sacrificio y amor; el ejemplo que me dio mi abuela en el exilio."

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