Cuba: ¿Después de Obama qué?
Tras el viaje del presidente Barack Obama a la mayor de las Antillas, algunos analistas creen que los cambios en ese país van a continuar gradual y armoniosamente hasta desembocar en el triunfo definitivo de un estado de derecho y una democracia estilo occidental. Otros, en cambio, niegan esa posibilidad y continúan abogando por el estallido de una protesta generalizada y violenta. Los primeros caen en el ensueño ilusorio; los segundos, en la irresponsabilidad. Yo opto por el optimismo realista.
Estoy convencido de que la dirigencia histórica y sus sucesores designados no accederán a realizar cambios decisivos e irreversibles sin una fuerte presión ciudadana. La respuesta crítica a Obama del ex Comandante en Jefe (según algunos, aún lo sigue siendo) debería de haber alertado a quienes piensan lo contrario. Hay quienes le restan importancia. Se trata, dicen, de un anciano ya sin el antiguo carisma, a punto de abandonar este mundo. Pero no se trata de él. Su voz representa a un sector aún poderoso, reacio a todo tipo de cambio. Por otra parte están los sin poder. Ha habido y hay muchos desencuentros e insatisfacciones. Si bien el mensaje de Obama no marcó un giro decisivo en el proceso de transformaciones que conduce a la Cuba soñada y posible como creen muchos, sí dejó semillas en la conciencia colectiva del pueblo cubano, sobre todo en los jóvenes y particularmente en los estudiantes. Esas simientes germinarán, más temprano que tarde, en una explosión popular de demandas sociales ante las cuales le será muy difícil a la dirigencia cubana mantenerse indiferente. Pero la cuestión está en cómo dejará esa indiferencia, cómo enfrentará esa crisis venidera.
No se dará en este año ni probablemente el próximo, pero es inevitable y no demorará mucho más. No será sólo consecuencia del mensaje de Obama, sino además de las condiciones materiales que empezarán a crearse en lo inmediato, sobre todo la generalización gradual, pero imparable de la tecnología de la información y la comunicación entre la población. Por eso es necesario que pasiones incontroladas no enturbien un proceso que puede desarrollarse armoniosamente, ni permitir que provocadores a sueldo fabriquen las justificaciones de una violenta represión, porque si esa dirigencia se enfrenta a la posibilidad de perderlo todo, no dudará en acudir a la fatídica fórmula china, la de la Plaza de Tiananmen. Y sería comprensible que así fuera, porque “nada triunfa contra el instinto de conservación amenazado”, una expresión poco conocida de Martí.
Las protestas deberán conducir, no a un baño de sangre, sino a un diálogo fecundo. Uno de los más grandes hombres del siglo XX, Nelson Mandela, expresaba: “Es tan necesario liberar al opresor como al oprimido. Aquel que arrebata la libertad a otro es prisionero del odio, está encerrado tras los barrotes de los prejuicios y la estrechez de miras. Nadie es realmente libre si arrebata a otro su libertad”. Todos aquellos cubanos de buena voluntad, tanto de la Isla como de la Diáspora, deberán poner sus manos en lograr un desenlace armonioso creando conciencia para alcanzar una Cuba futura en bien de todos los cubanos. Es preciso poner rieles (y cautelosos frenos) a esa locomotora descarrilada que ya viene rugiendo por la selva.
Escritor e historiador.
Concordiaencuba@outlook.com
Esta historia fue publicada originalmente el 8 de abril de 2016, 10:46 a. m. with the headline "Cuba: ¿Después de Obama qué?."