Sin sentido: las apariciones de Fidel Castro
Ya se ha vuelto una suerte de juego de azar, las apariciones esporádicas del dictador Fidel Castro cada vez que se especula sobre su desaparición o invalidez intelectual. El régimen lo esgrime como un espantapájaros cuando acontecen cuadros de debilidad o diversionismo ideológicos, a lo cual tanto temen.
Los americanos invadieron pacíficamente a Cuba, recientemente, y han dejado una estela de esperanza entre la población que quiere vivir como en cualquier otro país y no en la exclusividad de una revolución elogiada a la distancia por mequetrefes del mundo “uníos” de la izquierda, que no la padecen.
Por supuesto que transformar aquel berenjenal es un propósito de las relaciones propuestas por Estados Unidos y la gente común se llevó la seña. Alarmado, el régimen ha reclutado a plumíferos de toda laya –ningún intelectual reconocido afortunadamente– para tratar de desacreditar la significación de la presencia luminosa del presidente americano, con sus buenas maneras, refinado humor, familia candorosa y discursos transparentes.
No era otro Papa proponiendo bisagras místicas para una apertura improbable de la isla, ni un político vergonzoso apremiado por terminar su estancia con la visita a “punto cero”, para luego hablar sobre la buena salud del esperpento en silla de ruedas.
Enquistados en su reino medieval, los Castro y su camarilla son incapaces de asimilar que la visita histórica ocurrió, les hizo una gran mella, y ya todos los medios de prensa han pasado la página, así de dinámica es la vida moderna.
No han aprendido que ese machacar continuo de doctrinas y consignas que solo a ellos compete, para sostenerse en el poder, acrecienta el cinismo y la distancia entre las nuevas generaciones, totalmente excluidas de la ecuación de progreso, a no ser que sean miembros de su impúdico clan genético.
Ambrosio Fornet, ensayista de escasa obra y mucha labia cuando de Estados Unidos se trata, ha formulado una serie de ideas y preguntas a propósito del Caballo de Troya yanqui:
“Nos hallamos ante un nuevo desafío —que nosotros mismos, muy sensatamente, contribuimos a lanzar— y ahora no podemos negarnos a enfrentarlo. ¿Estamos en condiciones de hacerlo con éxito? ¿Seremos capaces de afirmar nuestra identidad cultural con la misma firmeza con que afirmamos nuestra soberanía durante todos estos años? Si se abren las apuestas, habrá quien diga que sí y habrá quien diga que no. Yo apuesto por el sí. Pero lo hago confiando en que los demás factores en juego no vayan a fallarnos y que por tanto todos contribuyan a desarrollar nuestra autoestima, nuestra convicción de que vale la pena seguir siendo quienes somos. ¿Que nuestra precaria economía se va a ver alterada por fuertes dosis de capitalismo, las que aporten los inversionistas privados, tanto extranjeros como nacionales? ¿Que cada vez se harán más visibles las diferencias sociales entre los que tienen más y los que tienen menos? ¿Que todo eso agudizará la discriminación y los prejuicios? ¿Que en consecuencia el nivel de cohesión social de la mayoría, alcanzado hasta aquí, entrará en crisis?”.
El panorama que desdibuja del futuro cubano tan cauteloso escribano, confía mucho en el civismo que escasea por años de maltrato y olvido.
Durante la más reciente salida pública del dictador, a una llamada escuela modelo, los niños son impelidos a saludarle: “¡Fidel, amigo! ¡Yo quiero estar contigo!”. Luego se ve a un grupo de madres y maestras escucharlo balbucear. Se abanican por el calor y espantan los insectos, aburridas.
El cuadro es patético. Apremiados por merendar, muchos de los infantes se preguntarán quién es ese anciano impertinente e ininteligible que insiste en evocar historias achacosas, sin sentido.
Crítico y periodista cultural.
Esta historia fue publicada originalmente el 13 de abril de 2016, 3:40 a. m. with the headline "Sin sentido: las apariciones de Fidel Castro."