Disquisiciones en torno a un crucero
La discriminación contra cubanos y cubanoamericanos en el primer viaje de un crucero a la Isla ha sacado a flote toda una serie de aspectos que suelen olvidarse. El primero es el temor de la dirigencia a una entrada masiva de cubanos sin un estricto control y al parecer ese efectivo control se encuentra en los aeropuertos. Resalta entonces el hecho de que en este punto los extranjeros tengan más derechos que los propios cubanos, no importa si se han convertido en ciudadanos estadounidenses o no
El segundo es que el sector más conservador del exilio, quizás por falta de visión, ha coincidido con ellos en la obsesión por imponer restricciones a los viajes de sus compatriotas a Cuba. Ese sector le ha ahorrado muchas veces ese dolor de cabeza a esa dirigencia, como cuando en 1998 un gran número de cristianos planeó por primera vez un viaje a ese país en crucero en ocasión de la visita de Juan Pablo II. De haber progresado aquel proyecto, habría sido el Gobierno cubano quien lo habría prohibido con cierto costo ante la opinión pública mundial. Pero ese sector le ahorró esas negativas consecuencias al oponerse al proyecto y hacer que la propia Arquidiócesis de Miami lo suspendiera. De modo que una vez más los cubanos de Miami pagaron el costo de imagen que debieron pagar los de la otra orilla.
Pero esto no es nuevo. Cuando en 1988, a poco más de un mes de mi llegada a Estados Unidos directamente de una cárcel cubana, un grupo de activistas nos propusimos organizar una flotilla con el propósito de desembarcar masivamente en Cuba en reclamo del derecho de los cubanos a entrar libremente a su país, casi todos los comentaristas de la radio de Miami concertaron una fuerte campaña intimidatoria contra ese proyecto, tan intensa que los 25 capitanes de barco que se habían ofrecido, se retiraron y de las cientos de personas apuntadas, sólo unas decenas se mantuvieron firmes. Finalmente a la hora de zarpar, tras presentarse la guardia costera exigiendo papeles en regla, quedamos sólo diez.
Con otro estilo pero en el mismo sentido reaccionó el régimen de La Habana. Cuando en dos yates alquilados, seguidos por otros dos de la prensa, fuimos a entrar a aguas cubanas, tres navíos militares nos rodearon y nos invitaron a subir a uno de ellos. Dos de nosotros subimos a una fragata y nos condujeron a un camarote donde nos esperaban un alto oficial de la marina y un hombre vestido de civil que supusimos era un oficial del Departamento de Seguridad del Estado. Un camarógrafo, además, grababa toda la conversación con una cámara. Nosotros, por nuestra parte, prendimos nuestra grabadora. A la pregunta del propósito de nuestro viaje le respondimos que teníamos, como cubanos, el derecho a entrar en nuestro propio país. El general preguntó: “¿Ustedes creen que se puede entrar a este país por cualquier lugar sin pasaporte ni papel alguno?”. Le respondí sacando del bolsillo de mi camisa el pasaporte cubano. “Por eso no hay problema. Ustedes nos dicen por cuál puerto entrar y hacia allá vamos”. Ripostaron que no existía puerto alguno con oficinas de aduana para poder entrar, que regresáramos a Estados Unidos y acudiéramos a la Oficina de Intereses de Cuba en Washington a tramitar el viaje por vía aérea. La discusión fue más amplia y tensa cuando dijimos que otro de nuestros objetivos era aprovechar la presencia de la Comisión de Derechos Humanos de Naciones Unidas que por entonces sesionaba en un hotel habanero, para entregarle algunas denuncias sacadas de las prisiones. Pero en esencia nos despedimos de ellos diciéndoles que regresaríamos a Estados Unidos pero que con aquel rechazo, quedaba demostrada la violación sistemática por el Gobierno de la Isla del derecho de los cubanos a entrar en su propio país prescrito en el artículo 13 de la Declaración Universal.
Así ha ocurrido ahora con el crucero Carnival. Algo tiene que andar mal. Las críticas o restricciones de ambos extremos contra los que anhelan visitar a su país de origen nos indican que uno de los dos se equivoca en sus posiciones políticas. O el régimen se equivoca al restringir a sus compatriotas el regreso a su patria, o ese sector conservador yerra al condenar a esos mismos compatriotas por querer realizar ese viaje. Si ese régimen le teme a una entrada masiva de cubanos del exilio, por algo será. La estrategia del aislamiento debe ser revisada.
Escritor e historiador.
Concordiaencuba@outlook.com
Esta historia fue publicada originalmente el 22 de abril de 2016, 10:48 a. m. with the headline "Disquisiciones en torno a un crucero."