Vista del amanecer en La Habana desde el crucero Adonia
Casi al amanecer, cuando ya los rayos del sol se vislumbraban detrás de la Fortaleza de la Cabaña, el crucero Adonia entraba en aguas cubanas. En la distancia, la ciudad de La Habana parecía resplandecer bajo la luminosa luz de la mañana. El malecón habanero, desde la calle Belascoaín hasta la de Industria, donde siempre hay pescadores preparando sus avios, estaba desierto. Todos parecían haberse movido hacia el tramo de la Avenida del Puerto donde cientos de cubanos, ondeando banderas cubanas y americanas, saludaban la llegada del primer crucero que arribaba a la isla directamente desde un puerto estadounidense en más de 50 años.
Justo cuando el Adonia entraba a la bahía entre el Castillo de la Punta y la farola del Morro haciendo sonar sus sirenas, en la piscina de la cubierta superior se celebraba una fiesta: una banda tocaba música cubana y se servían mojitos y daiquiris. El crucero avanzaba majestuoso por el estrecho canal. Los pocos pasajeros cubanoamericanos que viajaban a bordo contemplaban con lágrimas en los ojos la ciudad de la que habían salido siendo niños y a la cual regresaban, casi medio siglo después, en medio de dolorosos recuerdos. Otros viajeros, la mayoría de ellos norteamericanos, se tomaban selfies con el Templete y la Plaza de Armas como telón de fondo.
En la Avenida del Puerto, entre el Muelle de Caballería y el de San Francisco, una hilera de “almendrones” descapotables se alineaba a la espera de la salida de los turistas. Quizás sus dueños pensaban que, como hacen en las inmediaciones del Capitolio, podrían ganar unos dólares alquilándolos para un paseo por la ciudad. Algunos de ellos, los más emprendedores, se acercaron a la salida de la Aduana y alzando improvisados letreros hechos a mano ofrecían viajes a Varadero. Sin embargo, nunca tuvieron una oportunidad de negociar el precio con sus potenciales clientes. Los pasajeros del Adonia, después de los trámites de rigor, pasaron frente a la mesa de un torcedor de tabacos, se tomaron apurados un Cuba Libre, ensayaron unos pasos de baile con la Comparsa de Cayo Hueso y salieron a la Avenida del Puerto escoltados por los guías de Havana Tour.
Los diligentes taxistas habaneros no estaban incluidos en el programa. Este “histórico” crucero no era un crucero turístico (según el diario Granma “no había un solo turista a bordo”) sino que formaba parte de los programas de intercambio conocidos como “de pueblo a pueblo” y debía contemplar actividades culturales y visitas a lugares históricos. Por eso el primer día almorzarían en un “paladar”, caminarían por el Paseo del Prado y visitarían la reconstruida Plaza Vieja, donde podrían conversar con gente del pueblo. En la noche tendrían tres opciones. La primera, una visita al famoso cabaret Tropicana ($199 llegando en un vulgar ómnibus de turismo; $219 llegando en un “Classic American Car”). La segunda, una visita al no tan famoso Cabaret Parisién del Hotel Nacional ($129 arribando en un ómnibus; $149 en un “almendrón”). Y la tercera, una visita a la Fortaleza de la Cabaña –los guías prometen no hacer referencia al Foso de los Laureles donde fusilaban a los condenados a muerte– para presenciar la centenaria ceremonia del Cañonazo de las Nueve.
El programa del segundo día comenzaba con un recorrido panorámico de los principales lugares de interés histórico: el Parque Central, el Gran Teatro de La Habana (es poco probable que el guía mencione que fue allí donde Obama pronunció su famoso discurso), el Museo Nacional de Bellas Artes, la Plaza de la Revolución y el Cementerio de Colón. Y para variar, siempre dentro del ámbito cultural, una visita al pueblo de Cojímar para seguir los pasos de Hemingway. De ahí regresarían al barco. El Adonia debía partir hacia Cienfuegos.
Más tarde esa noche, cuando el Adonia salía lentamente de la bahía, los pasajeros que habían subido a la cubierta para darle un último adiós a La Habana, vieron el Paseo del Prado completamente iluminado: el desfile de modas de Chanel estaba a punto de comenzar. Fue una lástima que a nadie se le ocurrió retrasar la partida del barco para que los pasajeros pudieran participaran de la conga final. Eso sí habría sido histórico. No hubiese sido un contacto “pueblo a pueblo”, es cierto; allí no estaba el cubano de a pie. Pero hubiese sido algo divertido. Porque ¿de eso se trata, no? Adiós, papá; adiós, mamá, que yo me voy con la Bollera..., dice la comparsa de Los Sitios.
Esta historia fue publicada originalmente el 5 de mayo de 2016, 4:48 p. m. with the headline "Vista del amanecer en La Habana desde el crucero Adonia."