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Opinión Sobre Cuba

Pasarela

Mi hermano mayor fue parte de la Flota Cubana de Pesca, compuesta por numerosos buques que surcaban los océanos no con el fin de abastecer al desprovisto mercado local, sino para entregar su valiosa captura a otros países, como España, donde se negociaban intercambios comerciales disparatados que tampoco reportaban mucho a la economía nacional. A cambio, en vez de atunes y otros pescados frescos, cercanos al paladar criollo, recibíamos merluzas y jureles patisecos, por la prolongada congelación.

Traigo a colación el duro oficio de mi hermano –muchos meses en alta mar en condiciones no muy placenteras–, porque fue el primero de la familia en poner un pie fuera de la isla, luego de nuestro regreso de los Estados Unidos, como “repatriados”, categoría que ahora, curiosamente, el régimen vuelve a poner en práctica.

Aunque no era mucho lo que podía comprar durante sus estadías en puertos foráneos donde entregaban la carga, pues recibía unos pocos dólares de manutención, recuerdo que los miembros masculinos de la casa le pedimos, sin pensarlo, calcetines, para sustituir los que habíamos traído del norte ya agujereados y zurcidos por mi progenitora hasta lo indecible.

Mi madre fue el faro salvador del naufragio socialista por sus numerosas habilidades en medio de la penuria causada por la inoperatividad de la dictadura. Su dominio del arte de coser en una máquina eléctrica traída de los Estados Unidos, permitía convertir cualquier pedazo de tela que se agenciaba en camisas y pantalones largos o cortos, abrigos y hasta trusas, según se presentara la necesidad.

Otro de mis hermanos hizo su carrera de ingeniero en la Unión Soviética y cuando regresaba de vacaciones traía unas prendas de vestir fabricadas con las telas más agobiantes para el bochorno tropical. Ni decir que tampoco eran modelos de vidriera.

Habría que investigar algún día por qué al comunismo no se le dan los valores estéticos de la moda, de los cuales se mofaba por considerarlos debilidades pequeño burguesas o ideológicas.

Vale recordar los jeans Jiqui y las camisas Yumurí, producidos por la industria nacional, para tener una idea de la desesperanza que aguardaba a los jóvenes cubanos a la hora de vestirse y presumir.

Recientemente, Karl Lagerfeld, arrastrando sus lustrosas botas por el Prado habanero, me recordó un par de zapatos maltrechos que me hacían patinar por los desniveles de la aceras del Vedado habanero, camino a la oficina. Muchas veces evité la caída de puro milagro.

A finales de los años setenta llegaron los parientes salvadores de la llamada “comunidad”, otrora “gusanos”, con los más modernos atuendos y la vida ya nunca fue igual.

En los ochenta hice mi primer viaje al mundo real, en este caso México D.F., y regresé pertrechado con toda la ropa y zapatos que pude comprar gracias al dinero que me envío una prima querida, por supuesto de Miami.

Desde entonces hasta hoy, ha sido una carrera desenfrenada para estar a la moda entre los cubanos de la isla, aunque algunos imponderables han hecho de la licra y los pantalones a media pierna para los hombres, curiosos patrones de un supuesto look moderno entre mis coterráneos.

Detrás de las payasadas de Chanel y de la nomenclatura política y cultural restregándole al pueblo distante sus privilegios mal habidos, aguardan para el asalto definitivo las marcas capitalistas, ya sean americanas, suecas o de cualquier otro país, que visten a la juventud del mundo sin distinción de clase ni filiación ideológica. Es la pasarela que todos aguardan, por donde sacarán al cadáver de un sistema muerto en vida y que ya no sabe cómo congraciarse para sobrevivir.

Crítico y periodista cultural.

Esta historia fue publicada originalmente el 11 de mayo de 2016, 0:19 p. m. with the headline "Pasarela."

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