Opinión Sobre Cuba

JORGE DÁVILA MIGUEL: Patria gentil y dolorosa

Dos jóvenes ven pasar a la gente en el histórico Paseo del Prado, en La Habana, el miércoles pasado, mientras se iniciaban conversaciones entre Estados Unidos y Cuba.
Dos jóvenes ven pasar a la gente en el histórico Paseo del Prado, en La Habana, el miércoles pasado, mientras se iniciaban conversaciones entre Estados Unidos y Cuba. Getty Images

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Gastón Baquero

El lector César Rivalta me envía una carta muy enojada y después de un par de insultos me dice que soy un “vende patria”. Lo dirá me imagino porque creo que las relaciones Cuba-USA son algo bueno y él piensa que no. Yo no sé si Rivalta es el verdadero apellido del lector, pero de todas formas le agradezco que me lea y además le comento que el tema de vender una patria debe de ser muy complicado. Porque, ¿cómo es que se vende una patria exactamente? ¿Al contado, a plazos, ella entera o en pedazos? Y le añado que aunque yo supiera cómo, en mi caso sería aún más peliagudo porque no sabría si todavía me queda alguna patria que vender. Cuando me fui de Cuba ––espantado por los mítines de repudio y la ferocidad político social en mi país–– me dijeron lo mismo: “vende patria”, y que por venderla yo me quedaba sin ninguna.

Entonces me empecé a preguntar qué era realmente para mí la patria y si yo, de verdad, la habría vendido. Cuando aquello yo repartía telegramas en La Habana, yendo a los mismos lugares donde antes fui de periodista, y pedaleando un día calle Paseo arriba en el Vedado llegué a la conclusión: No, aquello no era cierto: yo me iba de mi tierra, sí, pero me marchaba con dolor; con la pena de no verla nunca más.

Tengo un amigo en Miami que me dice que “Cuba, sin remedio, terminará siendo una república bananera”; otro, desde La Habana, alerta en la internet contra “esa ala anexionista cubana, siempre colgada de España, de Estados Unidos, de la URSS, de Venezuela, de cualquiera que le saque del fuego las castañas personales”; otro dice que “No es fácil”[i] lo que se avecina con los americanos porque no hay que mezclar peras con manzanas durante la negociación; y otro en Puerto Rico ––que no se queda atrás–– proclama que efectivamente, “estaría encantado con que los cubanos hubiéramos sido tan inteligentes como los puertorriqueños en nuestras relaciones estructurales con el imperio americano”.

Pero, ¿qué es la patria al fin y al cabo? Es un concepto simple y a la vez difícil de explicar, como si lo autoevidente también fuera inefable. Y a lo mejor es que hay tantas patrias como personas la piensan. Para unos es el lugar donde han crecido sus hijos, para otros donde descansan sus padres; unos ven en ella el pretexto para la opresión y otros la vislumbran como el ideal de la más hermosa libertad. Unos la utilizan y otros la sirven, o al menos creen servirla. Para unos la palabra “patria” no significa absolutamente nada y para otros ha sido la razón de su existir. Alguien dijo que patria es el osario común, donde residen no solo los restos de nuestros antepasados, calcinados ya por el tiempo y el olvido, sino también los restos y las semillas de nuestros más hermosos sueños e ideales: los alcanzados y los aún por alcanzar. Para otros es un concepto demodé y sensiblero, romanticón e innecesario. Ya ven.

Para mí definirla no es muy complicado, es lo que me enseñó a querer mi padre y contiene todo el tiempo que he vivido, tanto lejos como dentro de ella, tanto padeciéndola como disfrutándola, soñándola a veces también con pesadillas y hoy con esperanzas. Y esto es, lo admito, muy sentimental. Creo que a la patria cada cual puede definirla como quiera, y defenderla o no, según sus convicciones; pero también creo que nadie tiene el privilegio de quitarme, porque piense diferente, lo que por herencia ha sido mío. A ella, digo yo, nadie tiene la capacidad de poseerla por entero. Y así, que cada cual defienda con total derecho y honor el concepto de su patria–– madre o madrastra–– desde cualquier polo, que yo mantengo el mío.

Y por todo esto, amigo lector César Rivalta, yo nunca podré querer venderla; porque lo que siempre quise es tener una, “con todos y para el bien de todos” ––si es posible–– como nuestro don Pepe Martí la concibió. Y si no es posible, también me aguanto un poco, porque aunque no sea tan bonita, yo la quiero todavía.

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