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Opinión Sobre Cuba

Mi prima libre

Un titular aparecido recientemente en el periódico cubano Trabajadores reza: “Resaltan en Birán obra del constructor mayor”.

Para los no entendidos, en Birán nació Fidel Castro, quien está cerca de celebrar su noventa cumpleaños en agosto, y los más disparatados tributos avanzan incontenibles. Resulta oportuno apuntar que uno de los grandes fracasos de la Cuba contemporánea es la falta de viviendas –varias generaciones hacinadas bajo el techo de un mismo cuchitril–, otra de las tareas inconclusas del susodicho “constructor mayor”.

Los mandatarios del llamado socialismo del siglo XXI, variante del sistema cubano instaurado por el fallecido Hugo Chávez y diseminado por América Latina, pasan por La Habana porque la nave populista hace aguas, según lo anunció el New York Times.

Los dos dictadores cubanos instruyen y maquinan, sin descuidar la puerta de escape segura que han abierto los americanos. Al proceso que sacó de la presidencia a Dilma Rousseff le llaman “golpe de estado”; a la incapacidad de Maduro, una gran conspiración de las transnacionales y el imperialismo; al Secretario General de la OEA, mucamo de los Estados Unidos; a Macri, otro enemigo neoliberal.

Los Castro saben que, exceptuando a sus propios paisanos, casi todos controlados por el miedo, los pueblos se hartan de tantas promesas incumplidas, descubren las trampas retóricas de la ideología, y salen a la calle, masivamente, a reclamar sus derechos.

Para ambos ancianos, el socialismo no debe tomar el riesgo de jugar a la democracia y a la oposición hay que mantenerla minúscula, aplastada, incomunicada.

Conocen de la importancia de la emigración para “despresurizar” la sociedad harta de carencias y desventajas.

La semana pasada celebré un barbecue familiar para el reencuentro emotivo –luego de veintitantos años– con una prima de mi distante geografía de nacimiento, el suburbio habanero de Mantilla. Había emprendido la fuga que comienza en Ecuador hasta la frontera mexicana con los Estados Unidos.

Mi pariente es una distinguida doctora que terminó vendiendo dulces en su barriada. Tuvo un hijo y una nieta y pronto supo que las oportunidades de progreso eran muy escasas para ella y su familia. Partió para Ecuador, donde trabajó como médico durante dos años, antes de convencerse que el mejor destino para sus aspiraciones serían los Estados Unidos.

Me contó que el calvario del cruce por varios países de Sur y Centroamérica duró alrededor de cuatro meses y su familia estuvo de acuerdo en hacerlo juntos aunque en la aventura les fuera la vida, porque una vez comenzada la ruta, no había marcha atrás.

La escucho hablar, simple, delicada, femenina, y me cuesta trabajo imaginarla por la falda empinada de una montaña, en junglas inhóspitas, rodeada de peligrosas eventualidades. La siento, sin embargo, orgullosa y feliz de haber logrado lo mejor para los suyos, sobre todo para la nieta pequeña, con todo un futuro por delante.

Dice que exceptuando a los contrabandistas, durante el camino fueron recibiendo el apoyo desinteresado de los pueblos y de la organización Caritas, sin los cuales el viaje hubiera sido más ominoso.

Durante parte de la trayectoria, por mar y de noche, una madre perdió por fatiga a su hijo que cayó al agua y los lancheros no paran su ruta bajo ninguna circunstancia. Supo que luego esa persona se había ahorcado cuando llegó a tierra firme.

Mi prima camina por el patio de la casa, medita y mira las flores y las otras plantas ornamentales. A la distancia se parece a mi abuela Sara, la marca genética de Mantilla. Manifiesta, serena, la paz y firmeza de los que han logrado algo muy grande.

Crítico y periodista cultural.

Esta historia fue publicada originalmente el 25 de mayo de 2016, 7:47 a. m. with the headline "Mi prima libre."

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