Opinión Sobre Cuba

RAÚL RIVERO: Pachanga con sambenito

Madrid – Los políticos y la gente que ejerce el poder por otras vías pueden airear unas fórmulas mágicas que consiguen desdibujar o transformar de repente una realidad y alteran o pretender alterar la identidad de los individuos o de sectores sociales que viven bajo sus dominios. Esas recetas misteriosas van siempre ocultas en las solapas de los trajes o en los almidonados bolsillos de las guayaberas y, en el caso de los dictadores militares, en el fondo de las chaquetas de los uniformes y en las fundas de las pistolas.

En Cuba, donde el régimen abolió el asombro en materia política y congeló el escenario con medidas represivas y la muerte de la prensa libre, estalló ahora uno de esos procedimientos sorpresivos con el anuncio del acuerdo para el restablecimiento de relaciones diplomáticas trabajado en secreto durante meses por representantes de Barack Obama y de Raúl Castro.

La noticia causó sensación en el mundo entero, pero en la isla produjo conmoción, cambió el diseño de la vida cotidiana y la manera de ver el provenir de grandes grupos de personas. A un mes de hecho público el acontecimiento, se puede apreciar en la geografía cubana una mezcla de entusiasmo y escepticismo que se expresa en medio de un alborozo generalizado, una pachanga en la que los tambores suenan más alto en unos puntos que en otros.

En una sociedad donde el gobierno ha enseñado durante medio siglo que la unanimidad es una virtud, el fenómeno de las relaciones entre los dos países vecinos ha provocado que, en la oposición interna, los grupos que perciben con prevención el acercamiento comiencen a recibir el sambenito de retrógrados empantanados en el pasado.

Las Damas de Blanco y los expresos políticos como Iván Hernández Carrillo, Juan Ángel Moya y Félix Navarro, por ejemplo, lo que reclaman es que Estados Unidos le exija a la dictadura compromisos reales sobre el respeto a los derechos humanos y al rumbo hacia una verdadera democracia. Por su experiencia de décadas frente en las cárceles y en las calles, tienen la certeza de que el gobierno se beneficiará de las aperturas comerciales para afianzarse en el poder y reforzar la represión que nadie como ellos sienten sobre sus cabezas.

Ellos respetan el alborozo ajeno, incluido el de sus compañeros de viaje en la oposición, pero asumen, en palabras del líder opositor Antonio Rodiles, que proporcionarle recursos al régimen “sin exigir nada a cambio es un error garrafal”.

Tienen esa opinión, viven allá adentro y la defienden. Trabajan todos los días por un proceso de cambios reales y lo han demostrado durante años en las celdas de castigo y bajo las palizas de la policía y las brigadas de respuesta rápida que, por cierto, en sus horas libres, van ahora en algunas de las congas detrás de los tambores y la corneta china que celebran la eventual apertura de la embajada de Estados Unidos en La Habana.

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