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Opinión Sobre Cuba

Cuando llueve en La Habana

Cualquier lluvia o amenaza de tormenta es motivo de preocupación de los habaneros que temen por el estado de su vivienda.
Cualquier lluvia o amenaza de tormenta es motivo de preocupación de los habaneros que temen por el estado de su vivienda. EFE

¡Oh lluvias por quién…!

Llueve;

volverán a crecer los geranios en la macetas del patio;

un escarabajo brillante se paseara de nuevo entre

las tablas podridas; cantarán las ranas;

mejorarán las cosechas a lo largo del país.

Y habrá también

-por qué-

Como un regreso de tu ausencia.

Luis Rogelio Nogueras

Cuando llueve en La Habana la gente no sale de casa.

Las calles se vacían, los habaneros se esconden y la banda sonora es aquí el exótico e inusual silencio.

Bajo los aguaceros no se puede esperar una guagua eternamente, tampoco caminar horas buscando algo para cocinar, ni visitarse a deshoras, ni jugar dominó en plena calle sin camisa.

El cubano escapa espantado por la lluvia y en esta recién declarada Ciudad Maravilla, los habaneros miramos preocupados nuestros vulnerables edificios bajo la inminente amenaza de tormenta. Nos preguntamos: ¿Resistiremos la categoría del próximo ciclón?

¿Despertaremos bajo una ruina? ¿Me llevarán a un albergue? ¿Declararán este hogar inhabitable? ¿Terminaré de criar a mis hijos en un espacio colectivo?

Cuando diluvia las empresas casi no trabajan, los ministerios se vacían, todo termina a las dos de la tarde, muchas maestras no llegan a las escuelas y muy pocos padres se animan a enviar a los niños al colegio. El aeropuerto parece una instalación de arte contemporáneo donde los cubos recolectan goteras, te despide la música aleatoria que crea el sonido del agua sobre el metal, allí llueve por dentro y por fuera; la realidad te acompaña hasta el cielo con esa humedad profunda del trópico que te cala los huesos.

Los cuerpos de guardia se saturan de asmáticos. Se destapan las alergias y los catarros, las epidemias, los virus, se filtran los techos y terminan por romperse los equipos electrodomésticos con las violentas subidas y bajadas de electricidad. Se escucha el eterno sonido de la olla de presión cocinando “algo” caliente. Explotan los transformadores, quitan el gas, no funcionan los teléfonos y durante las pausas del aguacero regresan los mosquitos infiltrados en amplias bocanadas de calor…

¡Se fue la luz! Ahora solo podemos escuchar la radio de pilas (quien la tenga) encendemos los mechones, los reverberos para hacernos un café, despiertan las viejas lámparas de alfabetizador; pasamos la noche refugiándonos en la nueva trova y los viejos danzones que nos llenan de nostalgia. ¿Melancolía de lo no vivido?

En la madrugada aparecen nuestros fantasmas, ellos desfilan ante nosotros, se exhiben, no se esconden, allí están, han vuelto.

Te abanicas con un periódico y entre los partes de la Defensa Civil, intentas dejarte ir mientras dormitas, pero los rostros que ya no te acompañan se asoman en la penumbra de los relámpagos.

Cuando llueve se detiene la ciudad, se inundan las calles, esto parece un parque acuático. Los niños se enganchan a los viejos almendrones para deslizarse sobre la corriente. Los Ladas se ahogan en los baches y la inundación mezcla el agua de lluvia con las albañales. El sistema de alcantarillado es muy antiguo, el fango y los árboles caídos, los cables sueltos, los huecos y escombros crean una trinchera infranqueable.

Desde el restaurante La Torre, desde el Santuario de Regla, desde la Playita de 16, desde el cementerio de Colón o desde El Morro, repiquetea la tormenta amenazándonos, ella nos recuerda que todo esto puede terminar si la naturaleza quiere.

El viento nos hace vulnerables, los árboles se sacuden y las raíces emergen trayéndonos noticias desde lo profundo de la tierra.

¡Somos tan frágiles! Quedamos a merced de las mareas, la isla se mece ebria, desabrigada entre las palmas que sobreviven a todas las desgracias.

La Habana es también esa ciudad romántica, femenina y salada, con un malecón de curvas envidiable, el viento dibuja ciertas capas de luz dotándolas de una intimidad húmeda que nos desnuda y enfrenta a los espejos tapados con sábanas blancas, sudarios, escudos espirituales contra los truenos.

Enterramos cuchillos en la tierra, ponemos velas blancas a los santos, oramos para que se alejen los huracanes, pedimos a la mística Oyá que controle los truenos, rogamos a Yemayá y a la Caridad del Cobre que el mar no entre de golpe a llevarse lo único que en realidad tenemos: la ciudad que nos guarda y nos ampara.

El equilibrio es frágil, hay noches en que la lluvia parece robarse La Habana para poner fin a esta diatriba, para salvarla de la ofensiva política y la eterna geografía de agua y dolor.

Cuando llueve fuerte en La Habana todo parece abandonarnos.

Esta historia fue publicada originalmente el 11 de junio de 2016, 3:38 p. m. with the headline "Cuando llueve en La Habana."

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