Opinión Sobre Cuba

ALEJANDRO RÍOS: Otra mirada indiscreta

Ha sido una oportuna y justa noticia saber que el Festival Internacional de Cine de Miami decidió dedicar su tributo anual –que honra usualmente a una figura importante de la cinematografía mundial– al conjunto de realizadores independientes que hoy por hoy zarandean los cimientos de la cultura oficial cubana con sus filmes inquisitivos y controversiales sobre la compleja realidad de la isla.

No es la primera vez, sin embargo, que Miami Dade College explora esa avenida. Dos festivales de cine alternativo celebrados hace algunos años en el Teatro Tower, cuando esa filmografía era apenas conocida, y otros eventos afines, colocan a la institución a la vanguardia de una promoción e investigación legítimas sobre un fenómeno artístico que marca pautas.

En Cuba, la Muestra Joven anual –la décimo cuarta edición se celebra en el 2015–, patrocinada por el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC), a regañadientes, atestigua, de alguna manera, la perseverancia y creatividad tanto de los realizadores como la de otros especialistas que han hecho posible el cónclave de donde emana una corriente creativa irrefrenable cada año en La Habana.

El evento no ha estado exento de notorios conflictos. Un reconocido artista como Fernando Pérez debió abandonar su dirección por no tolerar censuras, y enfrentamientos con miembros de la policía política abrogándose el derecho de no dejar entrar a ciertas funciones a reconocidas figuras de la disidencia, hicieron noticia. Ni decir que tan valioso material no ha encontrado el espacio que merece en la televisión nacional.

Antes de la Muestra, existieron otros intentos similares de convocatorias cinematográficas de nuevos cineastas, en el teatro del Palacio de Bellas Artes, donde descollaron figuras como Jorge Luis Sánchez, Juan Carlos Cremata, Marco Antonio Abad, Juan Sí, Jorge Crespo y Ricardo Vega, por solo mencionar a algunos de los más conocidos.

Vuelvo a traer a colación la ira de oficiales del partido comunista cuando premiamos el irreverente corto de Cremata: Oscuros rinocerontes enjaulados (muy a la moda), o la amenaza recibida, de la misma instancia gubernamental, por haber comentado favorablemente un corto titulado El informe, donde Vega, Juan Sí y Crespo se mofaban de las prohibiciones implantadas, desde entonces, por la facción de la policía política encargada de reprimir la vocación democrática de los jóvenes artistas.

La ulterior creación de la Facultad de Arte de los Medios de Comunicación Audiovisual (FAMCA), donde se comenzaron a estudiar especialidades cinematográficas hasta entonces circunscritas a la Escuela de Cine y TV de San Antonio de los Baños, permitió la graduación paulatina de realizadores y realizadoras, como nunca antes en el panorama cultural de la isla.

Al mismo tiempo, la decadencia del ICAIC, en su condición de centro controlador de la producción cinematográfica, así como las puertas abiertas por las nuevas tecnologías, dio el impulso definitivo a la instauración de una nueva mirada más deudora de Nicolás Guillén Landrián que de Santiago Alvarez.

El tributo del Festival de Miami es el primero que reconoce internacionalmente, de tal modo, este movimiento y lo hará con el estreno del más reciente largometraje de Carlos M. Quintela, La obra del siglo, y con una muestra representativa de cortos y filmes en proceso de producción en el Teatro Tower, a la cual han sido invitados otros dos cineastas, Jéssica Rodríguez y Marcel Beltrán, así como la productora Claudia Calviño, gracias al patrocinio de Related Group, del urbanista Jorge Pérez.

En una Cuba abocada al cambio, estos creadores han reflejado la rémora que impide las transformaciones, añoradas por todos –mediante la ficción y el documental–, así como las esperanzas para que el futuro finalmente ocurra.

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