Opinión Sobre Cuba

Mendigos de la modernidad

Se anuncia un nuevo período especial en Cuba, debido a una serie de circunstancias económicas y financieras que al pueblo le cuesta trabajo comprender –dados los cacareados éxitos de la industria turística. El régimen, en esta situación extrema, no puede darse el lujo de descuidar el componente ideológico de su incansable adoctrinamiento y ha decidido mover fichas en el panorama cultural.

En principio desactivó al ministro del ramo –dicen noticias llegadas de La Habana–, debido a su acercamiento con las manifestaciones culturales americanas. Algo así como que el concierto de los Rolling Stones –aunque ingleses, son el epítome del libertino género rock– no debió ocurrir.

Supuestamente algún que otro roquero famoso estaba considerando aterrizar en La Habana pero el entusiasmo, sin duda, ha mermado. Hay que hacer muchas dejaciones y saltar numerosos obstáculos y la elite de este tipo de música no es muy dada a los sacrificios.

Buscando que la cultura vuelva a entrar en parámetros estrictos, controlables, el régimen trajo de vuelta a Abel Prieto, asesor del general Raúl Castro, como ministro de cultura, quien se encargará de la operación limpieza. Tras el disfraz de su melena rebelde no se esconde un desenfadado demócrata de vanguardia, dado a las humanidades, sino un funcionario calculador y hasta retrógrado, siempre dispuesto a llamar “platistas” a intelectuales exiliados y poner estorbos a las ansias del pueblo de consumir, en términos de entretenimiento, todo lo que le prohíben consuetudinariamente.

El otro flanco ya lo viene cubriendo, con suma eficacia, Miguel Barnet, al frente de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), quien recientemente celebró, con bombo y platillo, el cincuentenario de las palabras de Fidel Castro a los intelectuales en la Biblioteca Nacional, con uno de los más deleznables discursos en defensa de la censura y la represión que recuerde la cultura criolla, liberando de toda responsabilidad al dictador que las ingeniara.

Resulta sintomático que aquella arenga de dos días, excluyente y manipuladora: “contra la revolución nada”, haya sido resucitada con tal despliegue mediático, en un país harto de la austeridad socialista, propenso al despelote y la liviandad que promulga el reggaetón como machacona banda sonora.

En los márgenes de una campaña de visos coreanos que celebra el cercano 90 cumpleaños de Fidel Castro, donde precisamente los diversos géneros de la cultura deben comulgar con el onomástico, el pueblo sigue disfrutando del “paquete”, donde no figura la destartalada televisión nacional y sus pujos humorísticos autorizados, sino muchas de las series más distinguidas de la producción “enemiga” y no pocos de los filmes que ahora mismo acaparan la atención del público norteamericano y europeo, además de programas de canales locales de Miami donde pueden volver a recordar el talento cubano que puso pies en polvorosa.

Barnet exige, como un mandamás sin seguidores, que sus coterráneos no deserten de los eventos culturales nacionales y en la más reciente reunión de la llamada asamblea nacional se revela que de poco valió la alfabetización y las ulteriores campañas por la lectura porque sólo el 20% del sistema de bibliotecas públicas posee locales en buenas condiciones y el 60% de los cubanos prefiere los audiovisuales que contiene el “paquete” a la lectura.

Durante el debate que propició esta y otras realidades vinculadas a la decadencia de la lectura, ningún parlamentario se atrevió a recordarle al régimen que las conexiones a Internet deberían comenzar por las bibliotecas y no en las escaleras y parques donde el ciudadano común separa parte de su peculio vital para asomarse al mundo, en medio de la intemperie, como mendigos de la modernidad.

Crítico y periodista cultural.

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