Opinión Sobre Cuba

ARIEL HIDALGO: Retóricas del desarraigo

La apertura de viajes de cubanos al exterior, con todas sus numerosas ventajas, sobre todo para abrir las mentes de quienes han estado bombardeados durante decenios por todas partes con un punto de vista parcializado y muchas veces tergiversado de la realidad, tiene su lado oscuro. He escuchado a más de un disidente mantener durante años una determinada línea de pensamiento y luego, en contacto con el exterior, modificar su discurso para agradar a cierto sector del destierro, algo que ahora, algunos líderes del ala más conservadora del Partido Republicano aprovechan muy bien en su oposición a los planes del ejecutivo demócrata.

Esto tiene consecuencias casi dramáticas, porque se trata de dos contextos completamente diferentes, con mentalidades e intereses no siempre coincidentes. Quienes llegaron al exilio en los primeros años de este largo proceso, sobre todo antes de la llamada “ofensiva revolucionaria” del 68 en que el paisaje de Cuba cambió drásticamente, no pueden entender la realidad ni la mentalidad de los que se quedaron –y se quedaron muchos de ellos porque no tuvieron otra opción, a no ser arriesgando sus vidas en el mar– en un país donde el único empleador era el Estado y para trabajar exigían, como mínimo, un carnet del CDR. Si no se tenía, para subsistir y alimentar a la familia sólo ofrecían empleos como cazar cocodrilos en la Ciénaga de Zapata o cavar tumbas en los cementerios. La gente se encontró con todos los caminos cerrados. Había que cuidar el empleo, y para cuidarlo, tenían que asistir a las reuniones, a las concentraciones, gritar consignas y hacer guardias, porque por sobre todas las cosas estaban los hijos o la madre ya desvalida. El salario no alcanzaba, y si alcanzaba, no se encontraba lo que se necesitaba. Había que “resolver”, y resolver significaba robar en los centros de trabajo para luego vender lo obtenido en la bolsa negra. Todo eso lo hizo la inmensa mayoría de la gente que salió de Cuba después de los 70 y los 80, y los que lo niegan lo hacen por temor a las incomprensiones de los que ya habían echado raíces en la otra orilla. La simulación en la lucha por la vida es un libro de José Ingenieros. La gente aprendió a fingir, y al cruzar el charco, siguió fingiendo.

No estoy generalizando. En prisión conocí a muchos que a pesar de todo, rompieron con la farsa y, como yo, fueron encarcelados sólo por decir lo que pensaban. Pero la inmensa mayoría priorizó la subsistencia y lo poco de bienestar con que contaban sus familiares. No apoyaba el embargo, ni se oponía a las remesas ni a los viajes a Cuba, fueran cubanos de la diáspora o turistas extranjeros, porque de una u otra forma todo eso significaba una posibilidad de escape de aquella agobiante situación. Pero cuando un disidente, para obtener el apoyo o los aplausos de ese sector del exilio, cae en la trampa de la simulación y cambia su discurso, se distancia de su propia realidad. Al adoptar una retórica ajena, propia de un contexto completamente diferente, se divorcia de los intereses de la población por la cual se supone que lucha y no sólo ésta le vira la espalda sino que se crean divisiones y conflictos en el seno de la propia oposición. Es lo que yo llamo “retórica de desarraigo”, porque adopta el mismo discurso de los que ya, desde mucho antes, echaron sus raíces en otra tierra y no entienden para nada lo que está pasando en su tierra de origen.

Aquí tampoco estoy generalizando. Hay honrosas excepciones en que el opositor o disidente mantiene una admirable firmeza de convicciones que nunca traiciona por motivo alguno. Miriam Leiva, periodista independiente y una de las fundadoras de las Damas de Blanco, no tuvo empacho en referirse al clima de “alegría y expectativa” de los cubanos de a pie tras el anuncio de las nuevas relaciones entre Cuba y Estados Unidos y pidió la eliminación del embargo. Esta es la actitud que quizás no sea muy atrayente en la Calle Ocho, pero que gana más simpatías y apoyo en barrios habaneros como el Fanguito, Coco Solo y los Pocitos y la que mañana podría lograr un despertar en la conciencia de la ciudadanía para la exigencia popular de cambios realmente trascendentales.

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