Opinión Sobre Cuba

JORGE DÁVILA MIGUEL: La perpleja americana

Roberta Jacobson, subsecretaria de Estado para el Hemisferio Occidental, se dispone a testificar ante el Comité de Asuntos Extranjeros de la Cámara de Representantes, el miércoles pasado.
Roberta Jacobson, subsecretaria de Estado para el Hemisferio Occidental, se dispone a testificar ante el Comité de Asuntos Extranjeros de la Cámara de Representantes, el miércoles pasado. Getty Images

Pobres americanos. No tenían suficiente con el embrollo de arreglarse con La Habana y los opositores les exigen que los incluyan en el “diálogo”. Un diálogo, por cierto, con “los Castro”. “Este nuevo diálogo puede ser bueno… espero que las voces de los ciudadanos cubanos estén en esa mesa de negociaciones”, dijo Rosa María Payá en el Congreso. Jorge García “Antúnez” fue más vertical: se puso bravo y declaró el restablecimiento “inaceptable”; pero Guillermo “Coco” Fariñas, veterano de cien huelgas de hambre, se lo dijo claramente a Roberta Jacobson: “¿Cuándo la oposición interna (…) va a ser llamada a formar parte de las negociaciones?”

Cómo cambian los tiempos. No hace mucho, quien hablara así era un “dialoguero”, un vende patria; ahora hasta hay senadores federales que apoyan la moción.

Yo comprendo a los opositores, es normal, ven a los americanos hacer algo nuevo y quieren hacerlo ellos también. Pero cuál sería la cara de Roberta Jacobson tratando de entenderlos[i] y cuando Ileana Ros la sensibilizó con el derribo de Hermanos al Rescate: “¿Cómo puede Marlene Alejandre explicar a sus hijas por qué la vida de su abuelo, asesinado por el régimen de Castro, no significó nada?”, le preguntó a la Jacobson.

Tal vez, para saber cómo, tanto la Jacobson, como Ros-Lehtinen, deberían preguntarle al líder de Hermanos al Rescate José Basulto por qué después del derribo se atrevió a acusar públicamente al gobierno de Estados Unidos de ser cómplice en las muertes. Los aviones del Comando Sur ––acusaba–– estaban listos para intervenir, pero súbitamente recibieron una orden contraria. Ninguno de los que hoy se rasgan las vestiduras por esas muertes le hizo ningún caso a Basulto. Ni en la prensa ni en la política.

Pero al margen de ese y tantos otros sucesos dolorosos, volviendo a los opositores que exigen con voz patria vibrante un puesto en la mesa de negociaciones: ¿están dispuestos a aceptar, como lo ha hecho el gobierno norteamericano, la total legitimidad del gobierno cubano de Raúl Castro? Porque esa es la piedra de toque. Claro que la petición opositora es para las ediciones matutinas de los diarios y vespertinas de la televisión, porque ninguno de los dos gobiernos accedería al disparate. Pero lo triste es que podía haber sido diferente.

El exilio político cubano y la oposición interna se cerraron, ellos mismos, desde hace mucho tiempo, esa oportunidad. El exilio político porque nunca tuvo una posición nacional, racional y objetiva, independiente del gobierno de los Estados Unidos de América. Siempre vibrando por la patria pero jamás con una agenda autónoma. Y la oposición interna organizada, salvo un pequeño sector, porque siguieron siempre a pie juntillas las verbenas de este exilio político para el cual no existe basílica más importante que la Casa Blanca o el Capitolio americano.

Oswaldo Payá Sardiñas, aquel sencillo y honorable opositor, retó al gobierno cubano dentro de su propia Constitución. Aceptaba la legitimidad de ese documento y en él basaba sus demandas. He escuchado decir que era un trabajador ejemplar, lo que no impedía que alzara su voz en nombre de su conciencia. Y eso era, Berta Soler, Antúnez, “Coco” Fariñas, cuando en Cuba había que batir el cobre y los opositores no tenían siempre un boleto de avión bajo la manga. Pero recordemos cómo le llamaba la corriente política dominante del exilio a Payá, cuando se zapateaba las calles en Cuba buscando firmas y cuando pasó por Miami la primera vez, como si fuera un fantasma, porque casi nadie quiso verlo: “dialoguero”, “tramitado”. Su trágica muerte lo elevó en el panteón del exilio a la dignidad de mártir, cuando siempre debió haber tenido ante sus compatriotas ––fueran amigos o enemigos políticos, tanto en Miami como en La Habana–– el respeto por su dignidad, su civismo y su coraje. Nunca recibió un centavo de un gobierno extranjero, tal vez por eso hasta “agente de Castro” en Miami le dijeron.

Y si Oswaldo Payá hubiera estado vivo, apoyaría el levantamiento del embargo[ii], sin renunciar a seguir trabajando, dentro de Cuba y entre todos los cubanos, por una nación mejor. Imagino que Rosa María Payá lo recordó hace poco, cuando Marco Rubio la llevó al Capitolio para “avergonzar” al presidente americano.

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