ALEJANDRO RÍOS: Mi suegro
Al principio, la miseria castrista nos puso en el camino de algunas desavenencias. Hoy, a la distancia, no lo culpo. La niña de sus ojos –mi esposa– contraía matrimonio con este hombre divorciado, padre de un hijo –yo–, algo melenudo para su gusto, quien además debía vivir “agregado” en su casa, por la falta crónica de vivienda.
La semana pasada, mi suegro, a los ochenta años, terminó su fascinante aventura sobre la tierra, plácidamente, sobre el lecho que compartió con su esposa durante 53 años.
Se vanagloriaba de haber nacido en el mismo pueblo de Willy Chirino, Consolación del Sur, y recordaba los años que debió vivir en Cuba con una mezcla de humor y amargura.
Si algún nostálgico intentaba convencerlo de supuestas bondades del régimen, su respuesta perspicaz era capaz de deshacer la quimera revolucionaria con la facilidad del hombre de a pie que debió sufrirla.
La desilusión no tardó en perturbarlo y en 1980 avisó a los parientes de Miami para que vinieran a su rescate, pero luego de estar fondeado el bote en el puerto de Mariel por días, se lo llenaron de delincuentes excarcelados y perturbados mentales.
Desde entonces tuvo que simular y armarse de una nueva vida, inmerso en la doble moral, para proteger a sus descendientes de la ira gubernamental. No obstante, debió sufrir el escarnio de ver a su hija –mi esposa– expulsada de su escuela por la delación de una compañera de clase que la acusó de “escoria”.
Recuerdo cómo comentábamos la espeluznante visión de recientes actos de repudio en Cuba en reportajes de televisión, donde ancianos desdentados y casi seguro con la ropa interior raída, se prestaban para las trapisondas represivas del régimen.
Antes de partir a México –a instancias de su hermano–, ya retirado, desempeñó los más pintorescos oficios en El Vedado para sobrevivir. Andaba con jabas de un vecino a otro de su edificio trapichando con pan, cigarros, ron y cualquier otro producto que sirviera para ganarse unos pesos de más. Era, por otra parte, dueño de un viejo automóvil norteamericano que alquilaba para eventos turísticos.
Fue una suerte de cuentapropista sin dejar que el régimen lo esquilmara con impuestos. Nunca lo pudieron confinar a su casa y liquidarlo como un “viejito” en desuso.
De México cruzó la frontera, estuvo unos pocos días con nosotros, trabajó por algún tiempo en el negocio de un amigo, y luego descubrió, por sí solo, todos los beneficios de haber arribado donde siempre quiso estar. Supo de sus derechos y deberes, se hizo ciudadano estadounidense y disfrutó, como nadie, los días de votación.
Al volverse a retirar, le dio por ser figurante de programas de participación en la televisión, anuncios y telenovelas, a donde arrastraba a mi suegra. Todavía nos reímos al recordar la anécdota de verlo metido en el agua de un pantano en los Everglades, durante la noche, perseguido por José Luis Rodríguez, el Puma, encarnando un maléfico vampiro.
Hace cinco años estrenó apartamento en un precioso edificio para personas de bajos recursos que parece un hotel. El día de su fallecimiento, no pocos vecinos lloraban con nosotros cuando conocieron la inesperada noticia.
Cada domingo almorzaba en mi casa, como lo hiciera mi padre. Le dábamos un repaso a la semana política, enviaba mensajes a sus amigos de Cuba mediante nuestra computadora y luego al despedirse, invariablemente, me dejaba saber que luego me vería, otra vez, en mi programa de televisión La Mirada Indiscreta.
Sentía un orgullo especial por lo que yo hacía y por la familia. Ahora que no está, me doy cuenta que lo quise mucho.
Esta historia fue publicada originalmente el 11 de febrero de 2015, 0:00 p. m. with the headline "ALEJANDRO RÍOS: Mi suegro."