Complicidad
Algunos de los momentos más felices de mi vida entre los años sesenta y 1992, cuando logré escapar de la debacle castrista, transcurrieron en la sala oscura de la Cinemateca en El Vedado habanero, y en las de cines de arte que luego fueron a la ruina o desaparecieron en medio de la desidia y el abandono. Recuerdo el Rialto y La Rampa, por solo mencionar dos de las más notables.
Cada vez que concurro al Teatro Tower, del Miami Dade College, irremediablemente viene a mi mente aquella filmografía de los clásicos que, paradójicamente e imbuido de un frenesí educacional más bien doctrinario, el régimen cubano consideraba apropiado para la exhibición popular.
Parte del buen cine, aunque en ocasiones llegara con cierto retraso a nuestras pantallas, era la única ventana abierta al mundo en la maldita circunstancia del agua por todas partes.
Otros filmes distinguidos, sin embargo, no corrían igual suerte en medio del absurdo socialista: Persona de Bergman solo estaba disponible para alumnos selectos de la Escuela de Psicología de la universidad habanera; Rosemary’s Baby la prometieron y luego la sacaron de cartelera, sin explicación, como hacían habitualmente; a The Shining querían reeditarla para restarle espanto; todo el Pasolini renacentista contenía demasiados desnudos, y hasta El puente sobre el río Kwai llegó a levantar las suspicacias de los comisarios políticos de la cultura.
Por eso en Miami entro al Tower, feliz de haber dejado atrás esa desazón represiva y comprendo, sin embargo, que soy el mismo espectador cómplice, cuando llego a la sala apacible de la Pequeña Habana, cual templo de un culto pagano, y practico con el equipo del cineasta Orlando Rojas esa suerte de artística conjura que nos impele a entrar en la sala oscura donde aguarda lo imprevisible para estimular nuestras emociones.
El lobby es una suerte de nirvana rodeado de los carteles de filmes de Federico Fellini, que integran mi educación sentimental.
Orlando, por su parte, agregó un afiche de Metropolis, de Fritz Lang, y en una esquina, que simula el altar de nuestra generación, la imagen de Antoine Doinel nos mira candoroso, apabullado por Los 400 golpes de Francois Truffaut.
Tal vez toda esta memoria la revive una experiencia reciente, el documental Hitchcock/ Truffaut, que el director de programación del Festival de Cine de Nueva York, Kent Jones, hiciera basado en un libro de cabecera para los devotos del séptimo arte: El cine según Hitchcock, resultado de una larga conversación de cincuenta horas conducida por el realizador francés para demostrar, de una vez y por todas, lo genial de uno de los cineastas más importantes de todos los tiempos y no solamente “rey del suspense” y del entretenimiento a donde lo tenía circunscrito la industria de Hollywood.
El documental utiliza parte del sonido de la memorable entrevista, algunas escenas clásicas del cine de Hitchcock y diálogos con cineastas que son sus admiradores incondicionales como: Martin Scorsese, Wes Andersen, Richard Linklater, David Fincher, Peter Bogdanovich y Paul Schrader, entre otros. Algunos se refieren a las ediciones ya deterioradas por el uso que aún conservan del libro mencionado y de cómo les sirvió en sus respectivas carreras.
Al terminar de ver el documental fui a mi librero, extraje la edición de Alianza Editorial, de hace 42 años, que debo haberme agenciado durante una exposición de libros españoles en La Habana, y luego salvé del naufragio cubano. Recordé cuanto lo disfruté al leerlo por entonces y las veces que lo he abierto en cualquier página para sellar mi devoción por estos dos cineastas, dioses del olimpo de una complicidad que se acrecienta con los años.
Crítico y periodista cultural.
Esta historia fue publicada originalmente el 24 de agosto de 2016 a las 10:54 a. m. con el titular "Complicidad."