Poner pies en polvorosa
Un muchacho me interpela en el gimnasio para preguntarme si soy la misma persona que conduce el programa La Mirada Indiscreta, sobre cine cubano, en el Canal 41 (AmericaTeVe). Me cuenta que es de Cárdenas, inquiero si veía el espacio en el llamado “Paquete” y me responde que no, en su casa montaron una antena, de esas prohibidas, colocada dentro de un tanque de agua vacío en la azotea para que la policía no sospechara.
Esa misma semana, mi esposa y yo fuimos, como es habitual, al restaurante Floridita, una verdadera joya de la legendaria barriada de Westchester. Siempre hay tiempo para conversar con el manager, una persona amable de impecable guayabera beige, quien nos cuenta como los dueños, también cubanos, no escatiman en la calidad de lo que allí se sirve, elaborado por chefs de otros sitios latinoamericanos.
Ya en muchos de los platos se utilizan productos orgánicos. Tanto la atención como la limpieza resultan irreprochables. Miguel es un hombre de éxito, llegó en los años noventa, tiene descendencia estudiando en universidades americanas y una familia feliz de haber dejado atrás la debacle castrista.
Dice un periodista oficial en Cuba que el transporte es una odisea en el verano. Cuenta cómo salió de las playas de Marianao con su familia, operación que llegó a comparar con la batalla de Trafalgar. Este es el cuadro patético que refleja en su comentario: “La cola, cuestión inherente al cubano en sus más disímiles variantes, no estaba debidamente organizada. En ella, varios ciudadanos manifestaban conductas negativas o indolentes: su atuendo no era el indicado, algunos de hecho, estaban sin camisa, venían mojados tras una larga y placentera jornada de playa, evidenciaban estar bajo el efecto de bebidas alcohólicas y continuaban consumiéndolas…”
El bloguero Yusnavy Pérez sube a su sitio un breve video sobre los cuentapropistas que van por las cuadras arreglando colchones. Este oficio debe ser un “logro” exclusivo de la revolución cubana.
Los reparadores desnudan los desvencijados y mugrientos colchones en plena calle, le levantan lo que queda de guata, enderezan los muelles, vuelven a colocar el mismo relleno de espanto que enfundan con diestras puntadas en una tela de flamantes flores.
Luego en breve entrevista, le dejan saber al periodista cuánto los acoquinan los llamados inspectores, que hacen más difícil la importante labor que ellos desempeñan, en un país donde hace décadas que no se vende un colchón.
El domingo de ese fin de semana, mi esposa y yo vamos a caminar al Dolphin Mall, en un estado de desenfado que mucho nos complace.
En el probador de al lado, de cierta tienda de ropa, oigo a unas cubanas disertando sobre si “estos jeans” les hacían buena figura o no. Se ríen felices.
Cerca del Canal 41, a un costado de la transitada Okeechobee, justo frente a un Home Depot, Pedro vende viandas y frutas. Tiene un sombrero negro de vaquero y le gusta el buen perfume. Se le da fácil el piropo respetuoso a las clientas y una conversación llena de humor y sabiduría. Ha sufrido tropiezos en el camino, como el que más, pero no hay ni asomo de resentimiento. Le gusta estar el aire libre, saber del entorno y prodigar su felicidad. Me enseña un aguacate y me dice: “Son los mejores del mundo, se cultivan en Homestead”.
Allá en la isla es el cuento de la buena pipa, una crisis perpetua. Los cubanos ponen pies en polvorosa y escapen de la trampa siniestra a como dé lugar. Buscan la vida que merecen, porque nadie sabe cuánto tiempo más le queda a los dictadores.
Crítico y periodista cultural.
Esta historia fue publicada originalmente el 30 de agosto de 2016 a las 3:42 p. m. con el titular "Poner pies en polvorosa."