Violencia y paz
Llama la atención que mientras la guerra en Colombia, pasando por el tamiz del diálogo, fluyó hacia una paz con importantes reservas pero creíble y sostenible, la crisis venezolana no termina de encauzarse por medio de un método en general similar. La violencia en Colombia se desató en un continuo de 68 años y no de 52 como se suele repetir. La tesis de los 52 parte de 1964, fecha de la fundación de las FARC y no de 1948, cuando el asesinato de Gaitán encendió el “bogotazo”, siguió con la era de la “violencia” y la transformación de las autodefensas campesinas conducidas por el liberal Manuel Marulanda Vélez, en las FARC, dirigidas por el mismo Marulanda, pero ya militando en el Partido Comunista.
El esfuerzo de los presidentes colombianos por llevar a los grupos irregulares a la mesa de negociaciones comenzó en 1982 con la ley de amnistía propuesta por B. Betancur. Siguió con Barco, Gaviria, Pastrana, Uribe y finalmente Santos (para más detalles remito a mi obra “La Violencia en Colombia” editada por “Los libros de El Nacional” en 2010). La experiencia acumulada explica por qué pese y por la cruda guerra que ha ensangrentado a Colombia, se pudo firmar la paz. La clave –sostengo en esa obra, con Uribe aún en la presidencia– reside en la relación real de fuerzas. Con su poderoso ejército en guerra de posiciones, Marulanda buscaba el poder en su relación con Pastrana. ¿La paz? Pura añagaza.
“Negociamos la paz, sin desarmarnos. Las armas en nuestras manos son garantía de la paz”.
Con los golpes propinados por Uribe y Santos, los sucesores de Marulanda retrocedieron a la formación guerrillera, convencidos de que ya no ganarían la guerra. Quedaba la reintegración a la legalidad, entregando las armas.
Me pregunta una periodista: “¿Usted sigue creyendo en la viabilidad del diálogo venezolano pese al sabotaje del gobierno?”
“Triunfe o fracase, creo en el diálogo como camino de paz y estrategia política. Si terminara en nada, será sumamente importante –a los efectos de ese “tercero” que es la opinión internacional– desnudar al culpable del naufragio. Ganar la batalla de la opinión es más determinante del correcto desenlace, de lo que los muchos imaginan. En fórmula gruesa, el dilema de Venezuela es brutal: se dialoga o podría quizá imponerse la torrentera de la violencia.
Hoy la MUD y la mayoría democrática insisten en la vía pacífico-electoral que ha proporcionado grandes éxitos y ha aislado mundialmente a un gobierno prodigiosamente desacreditado. Sin negar contradicciones obvias y errores importantes –entre ellos no entender el sentido del diálogo y por ende manejarlo sin sabiduría– varios enlodan el piso con la MUD. Hay legítimos sentimientos de ira colectiva que explican –no justifican– el desconocimiento, en no pocos, de su universalmente reconocido avance.
¿Acaso alcanzar holgada mayoría conservando unidad, diversidad y pluralismo –la cabellera, base de la fuerza de Sansón, el duodécimo juez bíblico– no es un enorme éxito? Lo es, sin duda, y pese a legítimas opiniones críticas o adversas es de justicia valorar el histórico papel de la MUD. Es honrado reconocerlo conservando, ciertamente, independencia analítica y libertad de proponer alternativas. Lamentable, no obstante, es meter en un solo saco a la MUD con el gobierno. Puras conjeturas sin pruebas, como le reprochamos a los infundios del gobierno. Sostiene Luis Vicente León que el juicio sobre el diálogo depende de las expectativas de cada quien. La legítima rabia colectiva esperaría la rendición inmediata del gobierno, revocatorio, elecciones ya, respetar plenamente la Constitución. Justo, pero poco realista. Siempre puede conseguirse más pero difícilmente todo el paquete en una sentada.
¿Ganó el debate el gobierno? Si así fuera, ¿por qué incumple los acuerdos? ¿Será que no quiere seguir “ganando”, o sabe que está perdiendo? Le espanta que lo precipiten en el vértigo electoral o que se abra puerta franca a la Cláusula Democrática en Mercosur (protocolo de Ushuaia-2006) y en la OEA (CDI-2002) cuyas consecuencias serían más duras de lo que creen los escépticos. Las sospecha el gobierno y de allí su empeño en convertirse cómicamente en campeón de un diálogo que sabotea desesperadamente. Si la MUD lo rompiera, le haría el inmenso favor de arriesgar una partida cuya victoria tiene en el bolsillo.
Me preguntan si soy tan ingenuo para creer que aceptarán elecciones que, como todos sabemos, perderán de calle.
“Este diálogo ha sido demandado por el Vaticano, OEA, ONU y gobernantes y personalidades democráticas del mundo. Se escandalizan con la brutal violación de DDHH en Venezuela y solicitan una negociación destinada a iluminar más el escenario”.
“¿Le importa eso a Maduro, Cabello y Aisami?”
“Mucho; lo prueba el sudoroso empeño de apoderarse del diálogo que ahora dicen amar, para no arrimar los pocos votos que le falten a la CDI”.
Conforme a la supra citada experiencia colombiana, prevalecerá la fuerza. Maduro perdió el voto pero monopoliza poder y armas; la oposición tiene los votos y ni una escopeta de balines para afrontar absurdas formas de violencia. En cambio, de conjugarse unidad opositora, disidencia en PSUV, vía pacífico-electoral, opinión internacional y megacrisis causada por el peor régimen que se recuerde, saldrá la novedosa fuerza que lo obligue a ceder o salir corriendo. Es la ventaja de tocar el piano con los diez dedos.
Sí, aunque según Marx el proletariado solo arriesga sus cadenas.
Lírico el Marx de 1848; mas desde mucho antes de su Manifiesto nadie tomó poder alguno con pomposas sonoridades de salón o de tribuna
Analista político venezolano.
Siga a Américo Martín en Twitter: @AmericoMartin
Esta historia fue publicada originalmente el 15 de diciembre de 2016, 8:40 a. m. with the headline "Violencia y paz."