El nuevo viraje de Venezuela
Lo que confiere al drama venezolano ese semblante de cosa juzgada y de inmodificable inviabilidad es su carácter global. Lo de Venezuela es tormenta perfecta, en el sentido de problema sin salida clara y al mismo tiempo con muchas salidas porque no se reduce a una o pocas tensiones importantes, sino que incluye todas las imaginables. Por eso, precisamente, lo de “tormenta perfecta”. Crisis terminales ocurrieron bajo las dictaduras militares de Pérez Jiménez y, en Cuba, durante la de Fulgencio Batista. La tensión política alrededor del menoscabo de las instituciones democráticas contrastaba con economías básicamente estables.
El gobierno de Maduro está cercado internacionalmente y aislado en Venezuela. La soberbia le impide vislumbrar el impresionante coraje de los civiles que no se amilanan. Eso lo desarma anímicamente, pero habrá quien le recuerde que las revoluciones están “autorizadas” a valerse de los medios más implacables. Quizá por eso escaló la violencia, descansando en la ilusión de someter por la fuerza a la indetenible mayoría que lo rechaza. Lejos de funcionar, la fórmula ha obrado a favor de aquellos contra quienes fue diseñada. La MUD, por ejemplo, se ha reunificado, la Asamblea Nacional se colocó a la cabeza del país y está motorizando la enorme solidaridad nacional e internacional.
Por segunda vez en dos décadas presenciamos el avance de un profundo viraje latinoamericano que involucra a todo el hemisferio. Venezuela ha sido el eje de los dos momentos de cambio. La crítica general se las arregló para indicar que el primero fue de signo izquierdista, envuelto en la cobertura del socialismo posmoderno. Fue esgrimido por el liderazgo que se sintió cómodo identificándose con el “progresismo o populismo” suave de Lula. Aunque este viraje se revistiera de ideología no exhibió una sustancia teórica identificable, pero dos factores le confirieron homogeneidad: el latente antinorteamericanismo, y el protagonismo de Chávez, favorecido por un mercado petrolero en alza trepidante.
No puedo olvidar un comentario de Fidel Castro cuando nadie sabía de la existencia de Chávez: “Si nosotros hubiéramos disfrutado del petróleo venezolano, Cuba sería una gran potencia mundial”.
La amalgama petróleo-revolución se produjo a comienzos del nuevo milenio bajo la dirección egocéntrica del mandamás venezolano. Esa palanca apuntaló el vuelco hacia el proclamado socialismo siglo XXI. Sólo que Venezuela, lejos de convertirse en “potencia mundial” terminó en escombros, lo que demuestra en forma palmaria que no es la abundancia de recursos sino el modelo implantado lo que impulsa o arruina países. La magia de la riqueza venezolana ha desaparecido y con ella la capacidad del madurismo de torcerle el brazo a varios países de la región.
Estamos ahora bajo el segundo viraje, pero enrumbado hacia la democracia, certificada matriz del desarrollo y la libertad. No debe creerse que la causa eminente de tan importante cambio sea el agotamiento de la chequera venezolana. Hay mejores razones. Una: la toma de conciencia en el sistema jurídico global de la urgencia de enfatizar la defensa y promoción de los DDHH. Otra: la creciente convicción de que a todos los demócratas concierne la lucha venezolana.
Presenciamos un emocionante rescate de la condición humana. Naturales de países separados defendemos con vigor su soberanía, sin olvidar que pertenecemos al género humano, cuya defensa nos obliga, con la particularidad de que el mundo acepta el predominio constitucional de los DDHH sobre el principio mismo de no intervención. Defender la soberanía es un deber irrenunciable, pero no contra los DDHH. Y aunque sean todavía muchos los apegados a un mundo de reyezuelos destruyendo a sus pueblos al amparo de la no intervencion, actualmente son más los que rechazan la “legalización” de dictaduras cobijadas por lo que llaman “injerencismo”
Confluyen luchadores nacionales por la democracia y personalidades y gobiernos que no desearían para sus países un modelo como el venezolano. Con la Asamblea Nacional al frente, Venezuela exige un cambio democrático que establezca una democracia efectiva para todos. Con solidaridad planetaria, dirección unificada y agenda compacta la tragedia podría ser superada.
Ahora bien, desde alturas iluminadas alguien me carga la acusación de “caádido” por creer que las elecciones puedan ser impuestas a un régimen tan vesánico como el madurista. Respondo: no es fácil pero tampoco imposible. Es asunto de fuerza en el momento preciso (Walesa, Aylwin, Chamorro, Toledo). Tan estupenda candidez invade a más de 20 países de la OEA y a su secretario general, Luis Almagro, a los ex presidentes iberoamericanos agrupados en IDEA, entre quienes sobresalen varios que hicieron historia, a la Unión y el Parlamento Europeos, a Mercosur y suma y sigue. Cándidos por saber que las dictaduras pueden retroceder ante el empuje de movimientos unidos.
El desiderátum lo resume la agenda-MUD de cuatro puntos universalmente respaldados:
▪ Libertad de presos políticos y derogación de las inhabilitaciones
▪ Restablecimiento pleno de las competencias de la Asamblea Nacional
▪ Apertura del canal humanitario para mitigar el hambre y de los venezolanos
▪ Elecciones supervisadas y creíbles este mismo año.
Ni más, señores, ni menos.
Analista político venezolano
Twitter: @AmericoMartin
Esta historia fue publicada originalmente el 14 de abril de 2017, 5:32 p. m. with the headline "El nuevo viraje de Venezuela."