Espacio vital
Hay debates decisivos. Es muy importante la sabiduría que pueda reunirse para llevarlos adelante. Si bien los hay también inútiles, caprichosos, fruto de vanidades heridas o arrastrándose en líneas kafkianas, éste que ahora nos envuelve es esencial. Sus opciones son terminales. Se trata de ganar la prosperidad de la civilización democrática, con justicia y sin venganzas, o perder toda esperanza. No caben orgullos maltratados ni calumniar a quien piense distinto. Todo eso aleja la victoria y acerca la catástrofe.
Lo sorprendente es que nunca hubo tantas posibilidades de victoria. Un gobierno débil, arrinconado contra la pared, mundialmente aislado, una economía mordiendo a sus sepultureros, malestar en todos los rincones incluso en las instituciones que lo soportan. Frente a ese enrarecido panorama, la oposición es una consistente mayoría que no deja de crecer.
¿Qué le queda al gobierno? Aprovechar la justificada ira de los venezolanos para desacreditar las elecciones regionales e inducir la abstención, tabla a la que se aferra con desesperación de ahogado. No entiende que le iría mejor aceptando elecciones serias que le garantizarían protección constitucional. Perderá en el escrutinio y lo sabe, pero en cualquier caso el mundo que lo critica y la oposición que lo derrotará no empañarán el cambio democrático aplicando venganza cuando lo que procede es justicia. Para su desgracia la ceguera le impide medir lo que le iría mejor. Sus salidas son estrechas: perderá con normalidad pacífica y democrática o perderá refugiándose en una violencia en alza, que le acarrearía consecuencias desastrosas. Su falta de temple no le permite introducir una luz racional en el caos de esperanzas sin fundamento y miedos desatados que lo han invadido.
Daríamos un paso enorme si en el poco tiempo que queda el tema de la participación electoral se colocara sobre bases racionales y sin sustituir argumentos por calumnias y chismorreos. Votar es unir, organizar, y de paso aumentar la confusión adversaria y la fuerza propia. No votar es permitir que el rival cope todos los cargos sin esfuerzo y costo y sin posibilidad de presentarse como víctima de un fraude. Porque no siendo obligatorio el voto, el derecho subjetivo otorgado por la Constitución es solo eso: un derecho y por lo tanto queda al elector usarlo o no. De modo que si se niega a hacer uso de ese derecho que no venga después a reclamar que le robaron su voto.
Se comprende que la abstención sea la solución que el gobierno prefiera. Le ahorra tener que pagar el costo acumulado del zarpazo electoral y le permite sin levantarse de la cama posesionarse de 23 gobernaciones que le habrán caído en las manos como estrellas del cielo.
En 2005 la oposición decretó la abstención. Una mayoría nacional de renuentes se reflejó en el conteo oficial y emocionado por el supuesto triunfo del No-Voto. Alguien proclamó que a partir de ese momento la “mayoría abstencionista” asumiría la dirección política. ¡Para nada! Estallaron divisiones, desmoralización, ácidas recriminaciones recíprocas.
En 6D-2015 en cambio, la orden fue ¡A votar todos unidos! La masiva victoria parlamentaria provocó un impacto mundial y obligó al gobierno a repartir zarpazos que le destruyeron su compleja red interamericana de abrigo, creada por Chávez con imaginación y petróleo.
Desde esa fecha el régimen puso el carro en retroceso: elecciones nunca más, salvo que la presión los obligue y en ese caso se esmerarán en sabotearlas si no pueden convencernos de dejarles libre el campo. ¡Retirarse de la batalla electoral sería un regalo de los dioses para quien se devana los pelos buscando escabullirse de la confrontación electoral, más con los sondeos que dan a la democracia casi todos los “espacios”! ¿Espacios? Palabra hoy alocadamente despreciada, no obstante que en tiempos totalitarios la lucha se escenifica en cada pulgada de ellos. Miremos atentamente ese problema: las dictaduras clásicas destruyen la Constitución, las totalitarias la reescriben a su imagen mientras dominan todos los espacios y la mente individual. Su destino es apropiarse de cualquier espacio donde se concentren intereses humanos. Nada los detiene en su marcha hacia el control absoluto del alma y el cuerpo humano. Su ideal es controlar totalmente por fuera y por dentro (pensamiento, emociones).
Doy un ejemplo: Pérez Jiménez no imponía ideologías únicas en la enseñanza, no lo sentía necesario, pensaba que poetas, pintores, narradores eran inofensivos… salvo que se metieran en política. Pero el totalitarismo sí que lo pretende, solo que lo detiene la democracia educativa que defiende tenazmente su “espacio”. La confrontación totalitarismo vs democracia es tan absorbente que espacio abandonado por uno es inmediatamente cubierto por el otro. Al igual que los vacíos atmosféricos, los sociales tampoco se toleran. ¿Regalaremos entonces 23 gobernaciones?
Un fraude sería harto costoso. ¡Pagarían lo que no tienen! Votar es cobrar aun si el otro “gana” maliciosamente o muere en el intento. Incluso se puede cobrar completo si se repite el 6D. ¿Difícil? Quizá ¿Pero será racional suicidarte para evitar que algún fraudulento te mate?
Analista político venezolano.
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Esta historia fue publicada originalmente el 1 de septiembre de 2017, 1:16 p. m. with the headline "Espacio vital."