Rómulo y Jóvito
El orgullo, el amor propio o las vanidades heridas suelen cegar a los políticos al momento de emprender virajes, rectificar errores archidemostrados o decidir quiénes sean los principales adversarios, vale decir: aquellos contra los que debe argumentarse y centrar el esfuerzo, en lugar de hacerlo contra quienes coincidan con uno o, más aún, contra los que puedan ser atraídos como eventuales aliados. Son reglas tan universales como frecuentemente infringidas por pasiones desbordadas. Es fundamental hacer uso de lo que llamaría “el talento dirigido”: el análisis riguroso de las situaciones para descubrir debilidades y fortalezas y calibrar el curso, intensidad y dirección de la corriente; de la tendencia, digamos.
Ponerse a datar el cambio es una necedad. En política no hay arúspices o taumaturgos. No es posible fijar fechas. Lo que sí se puede hacer y es más que suficiente es determinar hacia dónde y con cuánta intensidad se dirige la susodicha corriente de los hechos, la tendencia, digamos. Y eso es fundamental para decidir objetivos y precisar incluso el lenguaje que deba emplearse, si lo que se busca es abrir sendas positivas a la crisis que se advierte en el otro frente. Sin pasión (P) no hay éxito (E). Sin razón (R), menos. La combinación adecuada de ambas es la que puede garantizar el resultado exitoso, evitando desbordes con frecuencia contraproducentes. Por eso es la razón la que debe dirigir, no para extinguir la pasión sino para conducirla hacia el resultado. La ecuación es, entonces: P más R=E (Éxito).
La carga de prejuicios contra “los políticos”, la propensión obsesiva a imaginar conspiraciones secretas que nadie se toma el trabajo de probar y las rivalidades personales o sectarias condimentan el llamado “fuego amigo” y la sistemática abstención electoral. Si el que está en el poder es probada minoría bien bruto sería si no profundiza estos flancos que acompañen a la mayoritaria oposición, incluso aprovechando el anonimato de las redes para intrigar a su aire revestido de opositor
Todas estas consideraciones vienen desde el origen mismo de la Política. Uno de los problemas nace de la danza entre lo emocional y lo racional y el contraste entre la tribuna y la organización, escenarios complementarios que por lo mismo no deberían entrar en conflicto. La agitación de tribuna, tan impactante como ruidosa y el silencio de la organización tan exigente como eficiente.
En el ejemplo que sigue tomo dos personalidades venezolanas verdaderamente ilustres, a las que en su momento aprecié mucho. Rómulo Betancourt y Jóvito Villalba, con la observación de que Betancourt también sabía usar la tribuna pese a que descubrió tempranamente que la razón organizativa será siempre lo decisivo.
En la Semana del Estudiante de 1928 una generación veinteañera quebró el sórdido silencio impuesto por la dictadura de Juan Vicente Gómez. Jóvito Villalba fue el primer orador de la jornada. Erguido en el Panteón junto a los restos del Libertador y con típica altivez estudiantil emergió primus inter pares de una pléyade juvenil en la que destacaban Rómulo Betancourt y Miguel Otero Silva. Cada uno seguirá después su propia vía, pero en aquel momento estaban unidos por el alambre de las trincheras.
Villalba se hará de nuevo visible en 1936. El rector Rísquez y él –presidente de la FEV– serán quienes le arranquen al presidente provisional el Programa de Febrero, puente hacia la democracia pos gomecista.
A una pregunta del presidente, Rísquez cede la palabra a Villalba, quien impresiona vivamente al mandatario. Mira López al Rector:
–¿Y usted comparte lo que dice el bachiller?
–Sin duda. Es más, si tuviera su edad habría hablado con igual elocuencia.
Será al siguiente año cuando comiencen a bifurcarse los caminos de Miguel y Rómulo y de Rómulo y Jóvito. Las emociones despertadas por el entusiasmo necesitaban cauces graníticos. La lucha por la presidencia se dibujaba en el horizonte de aquellos jóvenes y por lo que sabían del mundo nada sería posible sin fuertes organizaciones.
Sobre ese firme, crearon las que más se avenían a su temperamento. Para los comunistas la fórmula ya existía: la Internacional marxista-leninista, pero para quienes no entraban en ese molde el asunto fue distinto. Rómulo fue al confiable partido que, con el nombre de AD dominará el escenario durante 50 o más años, y Villalba, conocedor del poder de la tribuna para quien supiera utilizarla y confiado al coraje prodigioso de los estudiantes, concentró su fuerza y esperanza en la juventud, prestigiada por su reciente activismo.
–Doctor Villalba: ¿qué opina de Betancourt? ¿Siguen siendo amigos?
La pregunta se la he hecho en su casa. Me ha invitado apenas recuperada mi libertad en 1969, a la cual generosamente contribuyó. Estoy para agradecerle el gesto y disfrutar de su amistosa conversación. Estuvo destinado a una presidencia que le resultó esquiva.
–Somos muy amigos –me responde–. Pero yo soy de masas y Rómulo de grupos.
Es la palabra versus la organización, o la palabra que se hace organización. Tribuna o partido. Ambos son insustituibles, pero puesta a decidir, la historia privilegia la organización (la razón) antes que la tribuna (la emoción)
He vuelto a este dilema impresionado por el enorme éxito organizativo y movilizador de las Primarias. Los partidos de la MUD sembrados en cada rincón, con liderazgo renovado y serenamente firmes ante el asedio del Poder y ataques opositores empeñados en culparlos por “no regalar espacios” ni compartir el bien intencionado suicidio abstencionista.
Cuando la flauta no suena, el régimen culpa a la guerra económica y varios honestos opositores, a la MUD.
Cómodo, sí; irrisorio, también.
Analista político venezolano.
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Esta historia fue publicada originalmente el 15 de septiembre de 2017, 7:29 p. m. with the headline "Rómulo y Jóvito."