Opinión Sobre Venezuela

Venezuela: El día después de las elecciones

Gerardo Blyde en una foto de archivo de octubre de 2017.
Gerardo Blyde en una foto de archivo de octubre de 2017. EFE

Contados los votos y desbordadas las emociones provocadas por la batalla electoral de este domingo 15 de octubre hay razones para detenerse a pensar en lo que ocurrirá “el día después”. Venezuela no es un país normal. Se ha desplomado desde las alturas de su tradicional fortaleza económica y estabilidad política a profundidades de miseria sorprendentes y a una pérdida de su condición democrática. Es verdad que desde la desgracia se tiende a exagerar la belleza del pasado. Aquella democracia cargaba vicios y limitaciones que sin alcanzar los niveles escandalosos que el mundo y el país observan ahora con asombro, explican varios de ellos. Pero aquellas precariedades eran superables, no diferentes a las de otras naciones que las dejaron atrás sin desequilibrarse. En líneas generales el país sobrepujaba al resto del hemisferio, exceptuando como es natural a EEUU y Canadá, pero incluyendo en aspectos cardinales a Brasil, México y Argentina, tradicionalmente los países más desarrollados y grandes de Latinoamérica.

Si estos tres últimos Estados eran los referentes históricos de Venezuela, ahora, hundida en la más insondable miseria y minada perversamente su democracia, no tiene más referentes que Haití y Cuba. Estudios universitarios muy solventes sobre el tema de la pobreza en el país, colocan su nivel en 83% con un ominoso añadido: la franja de pobreza extrema supera por primera vez a la de pobreza a secas. Aquellas dos desafortunadas islas y Venezuela chapotean en el fondo de un inmerecido pantano.

El mundo reclama democracia y respeto a los DDHH y presiona, como nunca antes, para que el gobierno madurista cumpla la agenda democrática y se someta al calendario electoral supervisado. La tensión llegó a la cima y se acentúa con motivo de las elecciones regionales del domingo 15 de octubre. El régimen carga un pasivo tan cuestionable, que no queriendo asumir su destino pospuso hasta lo imposible esta primera confrontación que debió realizarse en diciembre del pasado año. Cometió abusos de todo tipo para burlar las elecciones y quiso protegerse destruyendo la Constitución. Se dotó de un sumiso Tribunal Supremo de Justicia a su total servicio, y una torcida Constituyente no convocada por el pueblo, cuya misión era siniestra, comenzando con la destitución de la Fiscal General, la aniquilación de la Asamblea Nacional, la desnaturalización de las elecciones y de universalidad del voto. Digo “era” y no “es” porque la movilización interna e internacional la ha maniatado. Solo pudo lo primero y bien caro lo está pagando.

La solidaridad mundial efectiva y no retórica está siendo decisiva para ayudar a una salida pacífica, constitucional y electoral de la tragedia que vivimos. Esa ayuda, que Venezuela reconoce y agradece, se sujeta a una condición también muy importante: no suscribe soluciones de fuerza y se enmarca dentro de lo dispuesto en la Ley Fundamental. Por eso no aceptará fraudes –como tampoco reconoció a la falaz constituyente, pero sí a la Asamblea Nacional– ni respaldará salidas inconstitucionales. Es un formidable respaldo, sí, pero acompañado de lógicas y convenientes limitaciones. La solidaridad mundial respalda la causa democrática pero lógicamente necesita que el voto se manifieste, cosa que la abstención no permitiría. Planteado así el problema se aprecia la redoblada significación de votar por el cambio de gobierno el 15 de octubre. Abstenerse sería un desplante absurdo, un ir contra la lucha democrática que se ha nutrido de alianzas mundiales tan consistentes y goza de un respaldo sobradamente mayoritario. De allí que convencer a honestos renuentes para que se unan a la corriente imparable del cambio abierto por el arma del sufragio, es una obligación válida hasta el día mismo de la votación.

¿Cuáles son los escenarios posibles? ¿Qué pasará “el día después”?

El primero es el triunfo amplio de los candidatos de la MUD. Las encuestadoras coinciden. Se discute acerca del número de gobernaciones que pasarán a la oposición pero nadie pone en duda que la votación será impresionante y por eso mismo difícil de desconocer. Sería el mejor desenlace para todos, incluidos los derrotados, pues si aceptaran pacíficamente el resultado podrían seguir en el juego electoral, aparte de que a los vencedores no les convendría un clima de pasiones alteradas de cara a las enormes dificultades inmediatas que deben encarar.

Se trata de una elección regional pero una clara victoria del cambio democrático sería fundamental para plantearse el escenario de un diálogo supervisado –este sí de veras– a fin de proceder conforme al sentimiento de los venezolanos. Una convincente victoria podría dar lugar a una negociación en serio habiéndose registrado cuál es el deseo soberano. La miel del triunfo tendrá efectos residuales muy intensos en todos los factores actuantes en el país.

Imposible descartar otros desenlaces de consecuencias menos discernibles. Si, como temen muchos, los derrotados burlaran las elecciones desencadenarían respuestas nacionales e internacionales de consecuencias imprevisibles. Darían una señal para gestos mundiales más efectivos e incidirían en las serias contradicciones del poder. El fraude sería muy malo para quienes lo detonen enfrentando el descontento masivo que se manifestaría mediante el humilde sufragio. ¡Fíjense pues cuán especialmente importante es votar este domingo!

Nuestras regionales trascurrirán en un planeta amenazado por intercambios nucleares y las malas alianzas del gobierno de Maduro. La guerra es más de armas sofisticadas que de número de soldados y más de inteligencia que de jactancias. Es posible que este drama universal sea superado en sana paz. Creo o espero que ningún coletazo misilístico impida la paz universal y la marcha tranquila de Venezuela hacia la democracia, el progreso y el más elevado bienestar ciudadano.

Analista político venezolano.

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