Viva la muerte
¡Mueran los intelectuales! ¡Viva la Muerte! Las frases grotescas emanaron del general Millán Astray, un fanático oficial franquista. Con un público extremadamente hostil, don Miguel de Unamuno, rector de la Universidad de Salamanca decidió responder aunque no estaba pautada una intervención suya.
“Acabo de oír el necrófilo grito ¡Viva la Muerte! Me atormenta pensar que el general Millán Astray (mutilado de una extremidad) pudiera dictar las normas de psicología de masas. Un mutilado sin la grandeza espiritual de Cervantes es de esperar que encuentre un alivio terrible viendo cómo se multiplican los mutilados a su alrededor… Venceréis pero no convenceréis”.
Con el desparpajo más insolente el constitucionalmente mutilado TSJ ha despojado de su inmunidad al diputado Freddy Guevara, vicepresidente de la Asamblea Nacional, institución venezolana que además de legal, es legítima. Doble condición de la que carece el otro poder, “legal” por su origen electoral, pero “ilegítimo” por ejercerse contra quienes lo eligieron. La Carta Democrática normó que un gobierno legal por su origen resultara ilegítimo por mal desempeño.
El soberano no sabrá de Derecho pero conoce el enorme daño que le ha causado este régimen y ha dado muestras de su decisión de despedirlo en forma pacífica, democrática, constitucional y electoral. El gobierno de Maduro tampoco sabe de Derecho pero por instinto cree conocer lo que necesita para eternizarse en el mando contra la voluntad popular. Por eso maneja fechas electorales a su aire y se vale del fraude, más o menos inocultable, según que la alternativa democrática vote o se abstenga. Si hay amplia participación violará lo que sea para burlar al elector. Y lo hará de cara a un mundo inclinado a no aceptar que en nombre de la “no intervención el gobierno destruya los DDHH y despoje de sustentabilidad a la Venezuela del escombro, el hambre y la aniquilación de su potencial productivo. El fraude se deslizará a la vista de un mundo que no parece dispuesto a permitir el exterminio de un pueblo atormentado. El costo será impagable.
No es difícil entender por qué el Poder prefiere la abstención, al voto. Recuérdese que aquí no es obligatorio sufragar. Es un derecho subjetivo que se ejerce o no a discreción. Sin presencia opositora, el gobierno manejará cifras a placer sin que se le acuse válidamente de cometer irregularidades. Fraude es desconocer el derecho efectivamente ejercido. El planeta le está reprochando a Maduro por su intencionado descalabro de las regionales. Pero quien no ejerza su derecho a sufragar no puede alegar que lo hizo por temor a que le roben el voto. No faltará quien crea que semejante argumento es una argucia de la debilidad, cosa que aquí sabemos falsa, pero allá no. Quizá se pregunten por qué la mayoría se niega a contarse.
Las dimensiones del fraude en las regionales fueron tan desproporcionadas que lejos de “legitimar”, al gobierno, el CNE y la ANC los han deslegitimado mucho más. Era previsible pues las perversiones electorales desacreditan, no acreditan. En cambio, no votar deja el asunto en el limbo, aparte de que todos los cargos en disputa caerían, sin costo, en las manos tranquilas del poder.
No se corresponde con la verdad la teoría de que defender o alcanzar “espacios” sea una ilusoria quimera. Basta mirar la tenaz batalla que se libra alrededor de la Asamblea Nacional entre otras razones por disponer ésta de facultad constitucional para la aprobación de los contratos. A esos contratos, sí a esos, a los que desesperadamente se aferra el régimen que exterminó la economía real al punto de convertirla en pasible de fideicomiso bajo tutela de cualquier potencia foránea, endeudó al país como nadie nunca antes, creó la horrenda crisis humanitaria y alimentaria, pulverizó el estado de derecho y para remate sembró el odio entre los venezolanos. Millones se han escapado al extranjero. Un estudio del IESA revela que el 70% de los emigrados son jóvenes de 25 a 35 años, más del 60% con títulos de posgrado.
La base de una solución está en la más amplia unidad. Y esa unidad en la comprensión de que siendo tan plural la sociedad, igualmente debe serlo la conducción del cambio. Unidad plural, unidad de lo diverso. ¿Es acaso difícil de entender? También cuenta, claro está, el “estilo” vertido en el hacer político, en la manera de exponer lo que se decida, e incluso en la forma de sobrellevar los desacuerdos. Lo más peligroso es la propensión a difamar y calumniar a quienes no piensen como uno. La divergencia es natural tratándose de factores plurales, pero igualmente debería serlo la coincidencia y respeto mutuo en lo que nos une, con el objeto de vencer democrática y productivamente la catástrofe que nos asedia.
Habiendo sido protagonista político durante más de seis décadas estoy en condiciones de apreciar en qué momento el estilo político venezolano se degradó desde la densidad argumental a la descalificación sistemática, desde la presunción de inocencia a la presunción de culpabilidad, desde la serenidad de juicio a la sospecha corrosiva. La forma temperada como los venezolanos sobrellevaban sus diferencias, aún las más agudas, era motivo de admiración en muchas partes. Me atrevo a afirmar que el retroceso a las cavernas de la infamia proviene del estilo del comandante Chávez, presidente de vocación totalitaria y ansia irrefrenable de perpetuación. El éxito de su legado fue poner a hablar como lo hacía él no solo a sus fervientes seguidores sino a sus más ardientes opositores.
Todos a una gritando con Millán Astray: ¡Mueran los intelectuales! ¡Viva la muerte!
Analista político venezolano.
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Esta historia fue publicada originalmente el 10 de noviembre de 2017, 4:30 p. m. with the headline "Viva la muerte."