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Opinión Sobre Venezuela

Venezuela: legitimación y unidad

Sosteniendo una bandera venezolana, el alcalde metropolitano de Caracas, Antonio Ledezma, saluda en el Aeropuerto Internacional El Dorado, en Bogotá. Ledezma escapó de Venezuela, donde estaba bajo arresto domiciliario, el 17 de noviembre.
Sosteniendo una bandera venezolana, el alcalde metropolitano de Caracas, Antonio Ledezma, saluda en el Aeropuerto Internacional El Dorado, en Bogotá. Ledezma escapó de Venezuela, donde estaba bajo arresto domiciliario, el 17 de noviembre. AP

Antonio Ledezma es reconocido por sus méritos, sin duda, pero encaja en cualquier mecanismo de sucesión ayudado por su universalmente ratificada condición de Alcalde Metropolitano. Es un espacio al que no ha renunciado, y ahora mucho menos debe hacerlo.

Luisa Ortega Díaz ha llevado al tope sus acusaciones contra la cumbre del régimen venezolano. Se presentó a la Corte Penal Internacional con mil elementos de prueba y fue especialmente escuchada por su coraje y notablemente por ser Fiscal General de la República; investidura que el mundo le reconoce. Es un espacio al que nunca renunció y menos después que la Asamblea Nacional la ratificó en el cargo, luego de la abusiva destitución que por orden superior le quiso aplicar el mamotreto constituyente.

Julio Borges y la diputación democrática han hecho mucho por dar a conocer la tragedia de los venezolanos y la irreparable “des-legitimación” del señor Maduro. Borges fue figura estelar en la reunión interparlamentaria mundial con asistencia de 120 parlamentos. ¿Por qué semejante distinción? Por su esfuerzo personal, por supuesto, pero especialmente por su condición de Presidente de la Asamblea Nacional, vetada por el régimen de Maduro pero mundialmente reconocida como única institución electiva del entramado constitucional venezolano.

Imagínense ahora que Borges y demás diputados, Ledezma y Luisa Ortega Díaz y los estupendos magistrados del legítimo TSJ en el exilio renuncien a esos cargos alegando que esos espacios “legitiman” a Maduro. No cometerán tal locura, por supuesto, y así denotarán la importancia de enfrentar un sistema vocacionalmente totalitario disparado a asaltar los lugares abandonados por negligencia opositora. La crisis sistémica es tan profunda y la inviabilidad del régimen tan pronunciada que puede sobrevenir pronto el desenlace, ante el cual esas instituciones –legítimas por reconocidas y constitucionales por su origen soberano– podrían jugar un papel excepcional en un viraje democrático, constitucional, ojalá no violento y ahora o más tarde, electoral. Que algunos no entiendan semejante posibilidad, me parece imperdonable.

Se incurre en el absurdo error de atribuir efectos letales a la flexibilidad política y especialmente a los diálogos, o cuando menos aquellos en que la interlocución fuera con líderes moralmente cuestionables. Que serían cuestionados supuestamente por legitimar per se sus nefastas conductas. Ha corrido con extraña suerte un apotegma, a tenor del cual, “con tiranos no se negocia” cuando es con ellos precisamente con quienes en medio de guerras y enfrentamientos han tenido lugar negociaciones trascendentales: Nixon-Mao, Churchill, Roosevelt-Stalin, Kissinger-Le Duc Tho, Concertación chilena-Pinochet. Obama-Castro. El Libertador Simón Bolívar negoció con el supremo general español Pablo Morillo el fin de la guerra a muerte y su regularización y humanización. Porque si se va a discutir, por ejemplo, la libertad de presos políticos, mejor hacerlo con el tirano que abre y cierra cerrojos antes que con subalternos amables pero incapaces de tomar decisiones.

The proof of the pudding is in eating it (la prueba del buñuelo se hace comiéndolo) reza el proverbio inglés. Se supone que después de tantas acusaciones contra las legitimaciones supuestamente propiciadas por la oposición el régimen de Maduro debería haber ganado muchos desahogos internacionales. Y resulta que no, más bien su aislamiento, su des-legitimación planetaria crecieron volcánicamente. No recuerdo casos similares, salvo quizá Rusia bolchevique entre 1917 y 1921, o algunos casos similares. Los hechos demuestran que la tal “legitimación” carece de base empírica, es poco más que un fantasma de la imaginación o su significación es intrascendente.

Lo cual no significa que el desempeño opositor haya sido sustancialmente exitoso. Si así fuera no estaríamos lamentando tantos desencuentros, tanta ferocidad en el trato de quienes deberían marchar juntos. Recordemos que tienen un objetivo común, el más importante de todos: derrotar la dictadura y conquistar el cambio democrático enrumbándolo, si fuere posible, por vía constitucional, pacífica y electoral.

Antonio Ledezma recuperó con mano propia su libertad. Como no podía ser de otro modo se incorporó al trabajo político desde que llegó a Colombia, España y al mundo democrático. Es un líder serio y amplio. Creo que trabajará por la unidad nacional de los demócratas y no desdeñará su propia experiencia política. Ha tomado distancia del estilo difamador, de la degradación de la relación y el lenguaje políticos, introducida por el comandante Chávez. Traidores, apátridas, magnicidas, conspiradores y otros epítetos que disparaba contra quien se le oponía, con la particularidad de que funcionaban como sentencias condenatorias. Era la Inquisición rediviva, cuyas prácticas despreciables podrían sintetizarse en que bastaba la acusación para condenar al reo a torturas brutales o a la muerte misma, sin derecho a la defensa, sin ser oído. El éxito de Chávez, derramado en su legado político, fue convertir ese estilo tortuoso en patrimonio común de sus fervientes leales y vehementes opositores. Con asombro se los ve descalificando a diestra y siniestra, infamando, calumniando. Y los que osen defenderse suscitarán la intensificación de los decibeles del insulto. Este estilo, por supuesto, va a desaparecer porque la razón, la conciencia y la perentoria necesidad de impulsar la más amplia unidad nacional se están abriendo paso con creciente fuerza.

El país agoniza. El ominoso castigo que reciben los venezolanos es como una maldición del infierno. Los indicadores de la tragedia escandalizan. El Poder se desintegra. Son inocultables las vergonzosas prácticas delictivas. Altos funcionarios civiles y militares se desmarcan.

La unidad nacional es la respuesta, la que suma amigos y neutraliza adversarios. Es inclusiva, no exclusiva. El país crepita, los ciudadanos sufren pero por suerte no hay cansancio cívico. Parafraseando a don Miguel de Unamuno digamos: serán vencidos aunque su mala conciencia no les permita ser convencidos.

Analista político venezolano.

Siga a Américo Martín en Twitter: @AmericoMartin

Esta historia fue publicada originalmente el 24 de noviembre de 2017, 2:41 p. m. with the headline "Venezuela: legitimación y unidad."

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