AMÉRICO MARTÍN: El derecho de matar
La VII Cumbre celebrada en Panamá ha sido, según entiendo, la más importante, la más trascendente de cuantas se hayan reunido. Fidel Castro asistió a las primeras citas, pero a partir del 2000 el interés de Cuba decayó, hasta la de este año, cuando la representó el sucesor.
Las razones de semejante cambio son más que obvias. La acelerada activación de las relaciones entre dos históricos enemigos y la posibilidad de salir de la crisis del modelo fidelista crearon la lógica expectativa de que en Panamá esas relaciones alcanzarían pleno desarrollo. Estaba escrito que los protagonistas de la Cumbre serían Barack y Raúl. Quien –aparte de ellos– abrigara la ilusión de ser figura principal estaría perdido.
No obstante, Maduro concurrió con el ánimo de cazar una confrontación con la potencia del norte. Debió preocuparse por el vuelco raulista. ¿Se propondría solaparlo abriéndose paso a codazos hacia el centro del debate? En cualquier caso su línea fue lograr la derogación del decreto Obama, arrinconar a EEUU, reunificar Latinoamérica alrededor del emblema y el estilo chavistas, lo que a contrapelo le hubiera permitido eclipsar la soberbia crisis que ha hundido a Venezuela, desviar la atención de los descontentos y mejorar su puntaje electoral.
¿Creyó sinceramente que tanta demasía fuera posible?
¡Quién sabe! Quizá esperaba más de antiguos aliados o complacientes gobernantes que sin creer en sus ideas ni las de su antecesor se han alineado con él alentados por la insólita prodigalidad venezolana, que ahora languidece vertiginosamente. Hicieron lo mínimo: criticaron el decreto aprovechando su flanco débil sin obligarse a acompañar los excesos retóricos del mandatario bolivariano.
Maduro no es tonto. En relación con la “inminente” invasión y para no perder la tierra bajo sus pies, dio un paso en dirección menos comprometida. Dejó los alardes antimperialistas para consumo de los venezolanos, a quienes podría engañar a punta de la hegemonía o dictadura mediática.
A Venezuela la aturdió con clamores sobre los despiadados marines ocultos detrás de los árboles, y en Panamá se redujo a pedir derogación del decreto. Difícil juego de manos para demostrar que no dejaría a su suerte a los 7 cowboys imputados de acumular fondos de origen criminal y violar derechos humanos. Dos ilicitudes en nada relacionadas con política, revolución o imperio.
De esa manera, algo logró el hombre. Varios criticaron a Obama por afirmar que la abrumada Venezuela fuera una amenaza para EEUU. Un exceso retórico aprovechado para criticar la exageración, en el fondo con el fin de alejarse de las truculencias de Maduro y la intragable invasión yanqui. Astutos que son. Desplegaron una suave manera de marcar distancia del madurismo, sin quedar a la intemperie
Para medir el alcance del viraje cubano-estadounidense faltan ejes nodales: la apertura política y las libertades. Pero se aprecia la dinámica continental hacia la conciliación y el sano realismo democrático. El modelo fidelo-chavista no tiene lugar en el hemisferio. El futuro de Latinoamérica –lo muestra ya la Plataforma del Pacífico– está enrumbado hacia el desarrollo y la democracia. Para resistirse, el presidente Maduro confía en cambiar la tendencia a palo limpio, pero no podrá, sufrirá una clara derrota electoral y política.
Los signos son masivos. No es concha de ajo que 34 expresidentes iberoamericanos hayan suscrito una declaración reclamando libertad de presos y respeto a los derechos humanos, acompañada de un denso diagnóstico sobre el naufragio del socialismo SXXI.
El presidente Maduro sabe que los golpes, magnicidios e invasiones que le robaron el sueño apenas son fantasmas de su imaginación. En su contabilidad incluye amigos dudosos que impetraron sus “ayudas” pero no comparten su política. Le manifestaron solidaridades tenues mientras miraban con interés la fuerza del diálogo cubano-norteamericano y favorecieron el acercamiento interamericano por sobre las pugnas rupturistas, tal como bajo el dictado del fracaso, la necesidad y la lógica parece impulsar el liderazgo raulista. Un paso largo en dirección correcta. ¿Se justificaron más de cinco décadas de hermética dictadura? Por supuesto que no.
Pero si les preguntan, Raúl ratificará su fe socialista-fidelista-leninista y Maduro jurará que es mayoría, aunque la hirviente irritación colectiva y las Consultoras cantan su derrota parlamentaria. Queda el supremo recurso de convencer a la alternativa democrática que se suicide, se abstenga.
El fracaso de la gestión bolivariana es indescriptible. Hambrear al pueblo después de haber gozado de la plétora fiscal y de divisas, es una hazaña.
¿Qué pueden decir los intelectuales del PSUV para justificar su permanencia en tan estólido movimiento? ¿Dirán –volteando la frase de Lenin– que se trata de un paso atrás para dar dos adelante? ¿Proferirán que el marxismo es omnipotente porque es verdadero y a la larga se impondrá? ¿Sentenciarán que se trata de fallas transitorias y subsanables, mas no del modelo revolucionario?
Es humano engañarse cuando resulte abrumador aceptar la realidad. Pero vale repetir: ¿había necesidad de tantas víctimas, muertes y descalabro antes de entrever la verdad?
Es acerca de la patética conmoción íntima de sus protagonistas, que André Malraux escribió La Condición Humana, su emblemática novela. En el horrendo desenlace de la insurrección de Shangai, las convicciones se mantenían por incapacidad de afrontar la verdad, en tiempos de muerte. Los crímenes santificados por la ideología.
Es una de las premisas del fundamentalismo y la irracionalidad. Pero escuchemos a Malraux:
El marxismo –confiesa Kyo, organizador directo de la sangrienta insurrección– no es una ideología, es una voluntad ciega que ayuda a vencer sin cargos de conciencia.
El derecho de matar –pienso– irrogado por los dueños de la teoría.
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Esta historia fue publicada originalmente el 16 de abril de 2015, 2:00 p. m. with the headline "AMÉRICO MARTÍN: El derecho de matar."