Atrapado en Venezuela
Los hechos, demasiado claros como son, descubren sin mayor esfuerzo lo que hay detrás –y explica– las últimas decisiones del Poder en relación con dos operaciones básicas: la renegociación de la gigantesca deuda pública externa contraída por la República y por PDVSA, y la negociación política en busca de la democratización y reinstitucionalización de Venezuela, a partir por cierto de la agenda que conocen a fondo el presidente Danilo Medina y los países facilitadores propuestos en partes iguales por gobierno y oposición.
Con ligereza bien intencionada algunos sostienen que esas conversaciones convienen al deseo madurista de “ganar tiempo” sin que se nos explique lo que ganaría metiéndose en la espiral de las prórrogas continuas. Crece la impaciencia de los gobiernos facilitadores, del presidente dominicano Danilo Medina, de la OEA, la ONU, la comunidad americana, europea y suma y sigue. Obviamente se conversa para la democratización de Venezuela comenzando con elecciones transparentes dirigidas por un CNE “equilibrado”. Por eso saltó el diputado Cabello a jurar ¿comicios? Sí, pero “con el mismo CNE”. La parte gubernamental necesitaría avanzar a fin de evitar desenlaces inmanejables, pero no logra someter la resistencia interna. Es la cuadratura del círculo. ¡Y el tiempo sigue corriendo!
Entiendo perfectamente a Jorge Rodríguez cuando con aire beatífico asegura sentirse feliz por la marcha de la negociación, quizá esperando que la unidad democrática se retire del “espacio” negociador vencida por la sempiterna teoría de los pactos secretos y la doctrina de que sentarse con dictadores es legitimarlos. Oculta el gobierno así su precaria disposición a negociar en los términos exigidos por el mundo. Lo alentará la impresionante campaña librada desde la propia disidencia contra una negociación cuya agenda democrática goza de respaldo incluso en predios tradicionales del gobierno. Ciertamente se ha incrementado la desconfianza debido a errores de la MUD, pero la dinámica de las conversaciones va ahora en una sólida dirección y hacia una meta inexorable: 12 de enero. Darse el Gobierno a “ganar tiempo” en vez de “acortarlo” sería un suicidio. Un férreo brete aprisiona sus tobillos. En realidad dos: 1) la inminente cesación de pagos (o default) ya anticipada con el impago por la Electricidad de Caracas de un bono de USD 27,6 millones y 2) las sanciones contra su sistemático desempeño antidemocrático.
La unidad democrática no debe ni necesita jugar al maximalismo. El país ha de salir adelante tratando de evitar más efusión de sangre ni prodigarse en violencias. Justicia sí, Venganza no. Es importante sostener la negociación, incluso para despejar responsabilidades. Ignoro si en su intimidad el gobierno haya comprendido la magnitud de su drama vital. Se agotaron las promesas y artificios creados para levantar su modelo, un muerto insepulto. El esquema dogmático no lo ayuda en nada y no obstante no quiere o no lo dejan impulsar un viraje con flexibilidades de mercado ni una apertura democrática sin maquillajes. Se pierde manipulando la moneda. La cesta de divisas para sustituir el dólar estimuló la dolarización de la economía y pasó a mejor vida. El petro, supuestamente sostenido con reservas petroleras, gasíferas y auríferas, ni siquiera se parece a la criptomoneda, el arriesgado sistema basado en la confianza y no en reservas de cualquier género.
Todo eso es obra de la incapacidad de resolver nada en el marco del Socialismo del siglo XXI, modelo que nunca sirvió a los venezolanos, al igual que tampoco a los cubanos, según el propio Fidel quien, inusualmente abatido, convocó a dos periodistas norteamericanos de la revista Atlantic que atónitos le oyeron decir: “el modelo cubano no le sirve ni a los cubanos”. Por supuesto, Maduro carece del dominio omnímodo del fenecido caudillo cubano para permitirse una confesión semejante, pero tampoco hace falta: los hechos la cantan cada semana, cada día, cada hora.
En ese clima de prevenciones, juicios de diversa magnitud incluido el interpuesto en La Haya por la fiscal Luisa Ortega Díaz confluyen con los apremios económico-sociales y ácidas pugnas internas alimentadas por acusaciones de figuras principales del gobierno que resaltan una satánica corrupción nunca vista en Venezuela. Además de las posibles sanciones cimentadas en la cláusula democrática, la CDI y la protección de DDHH.
Las voces más autorizadas comienzan a pronosticar que el gobierno no podrá refinanciar su enorme deuda externa. Entre las causas que abonan esta drástica conclusión, hay una esencial: los inversionistas exigen la autorización de la Asamblea Nacional, sin la cual seguramente se abstendrán.
La AN goza de reconocimiento internacional, al igual que sus decisiones, entre ellas el nuevo TSJ y la ratificación de Ortega Díaz en el Ministerio Público. Que la “constituyente” no pueda impedirlo ni decretar su disolución o impedir que la devolución de la plenitud de sus competencias sea parte fundamental de la agenda que se discute en Santo Domingo, le confiere el carácter de eje de la recuperación institucional. Podría ocurrir eso con el cambio de poder por vía constitucional. Por sobre errores, insuficiencias y fallas de tales o cuales diputados, esa institución es de hecho una fortaleza democrática.
En Santo Domingo se debate el futuro próximo de Venezuela. Todos aceptan la salida electoral inmediata diseñada para proteger la pureza del voto. Se puede dudar o no de la viabilidad de tal protección, lo que remite al dilema de perpetuarse fraudulentamente de cara a la vigilante comunidad internacional, o aceptar elecciones que posiblemente pierda pero manteniéndose en el juego electoral con su elenco de garantías
¿Preferiría, señor, despedirse con confortables abrigos constitucionales o alzarse contra ellos y contra la fuerza interna e internacional de sus recrecidos defensores?
That’s the question.
Analista político venezolano.
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Esta historia fue publicada originalmente el 22 de diciembre de 2017, 8:04 a. m. with the headline "Atrapado en Venezuela."