Opinión Sobre Venezuela

El atentado

El presidente Nicolás Maduro parece imperturbable al estallar unos drones en Caracas, el 4 de agosto, mientras su esposa, Cilia Flores, mira hacia arriba con asombro.
El presidente Nicolás Maduro parece imperturbable al estallar unos drones en Caracas, el 4 de agosto, mientras su esposa, Cilia Flores, mira hacia arriba con asombro. AP

Estaba ensayando mi participación en una gala benéfica en Marbella, la ciudad de la jet set en Málaga, España, cuando recibí la primera noticia de una explosión muy próxima a la tarima donde Nicolás Maduro pronunciaba un discurso dentro de los actos celebratorios de las fuerzas armadas de su país, mi país, Venezuela.

En Marbella no detuvimos el ensayo, porque eso era lo importante de ese día, pero al volver a la habitación revisé mis whatsapp y miré las páginas digitales de este periódico y otros que gusto leer. Lo primero que me impresionó de las imágenes fue la contención de Maduro al escuchar el estallido. No se le movió un pelo. Su esposa, que ella llama “la primera combatiente”, no pudo disimular su asombro, que no parecía combinar nada bien con el vestido estilo Chanel que llevaba puesto. Alguien parecía desvanecerse detrás de ellos y en otras imágenes que surgieron de inmediato un grupo de protección desplegaba unos insólitos chalecos antibalas que parecían alfombras de caucho de las que se usan en los vehículos.

Esos chalecos antibalas cautivaron mi atención. Igual que el despliegue de coches de la policía, relucientes, super blindados y unos perros para detectar explosivos con un pelaje que ni Rin Tin Tin en sus películas de la Metro Goldwyn Mayer. Quiero decir: el discurso de Maduro iba a ser sobre las medidas económicas para recomponer un país hambriento, devorado por la hiperinflación. Y tras el supuesto atentado solo quedaba claro que la Primera Combatiente tiene un Chanel puesto y las posibilidades tecnológicas de la policía son infinitas, modernísimas y, por supuesto, carísimas.

Muy pocas cosas quedan claras sobre este posible atentado, salvo las que podemos leer a través de las imágenes del momento. La televisión venezolana transmitía, obligatoriamente, por todas sus cadenas el discurso. Por eso hemos visto ese plano absurdo del rostro de un joven suboficial, apostado e inmóvil como tantos otros en el desfile militar. Pero su rostro mira a cámara, como si fuera una de esas películas de Lars Von Triers pertenecientes al movimiento Dogma, y mira hacia un lado y de repente se aleja y al abrirse el plano vemos la espantada general de todos esos soldados echándose a correr despavoridos. Menuda defensa que tienen Maduro y sus compañeros. Aunque hay que reconocer que los venezolanos, sobre todo los caraqueños, somos gente que vivimos en el miedo. Quizás por la inseguridad, Caracas es una de las ciudades más peligrosas del mundo, o también a causa de una cierta histeria con la que parece que nacemos todos los de esa ciudad.

A mí me da miedo casi todo. Entrar al mar, nadar en un lago, estrechar la mano de algún ejecutivo o productor, besar a alguna mujer que podría estar blanqueando dinero. Todo me da miedo y estoy convencido que es por ser caraqueño, como los soldados despavoridos. Por eso, esa estampida sí mancilló la imagen del ejército venezolano y evidenció que Maduro y su gobierno están rodeados de personas que más que defenderles, temen. No tienen otro alimento que el miedo. Y cualquier sobresalto los desordena. El gobierno venezolano confía mucho en la táctica de regar falsas noticias, manipular para gobernar. Pero no puede controlar la histeria de sus habitantes.

A Francisco de Miranda, el prócer venezolano más favorecido por el chavismo, se le atribuye que en una de las batallas de independencia, su ejército se echó a correr, otra estampida, y gritó: “Bochinche, esto es un bochinche”, que se puede traducir en desorden. Bochinche, Maduro podría haber dicho lo mismo tras su atentado.

Escritor y presentador venezolano.

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