Opinión Sobre Venezuela

Michelle Bachelet encara al régimen de Maduro

Un grupo de personas participa en una manifestación por la liberación de los presos políticos el jueves, 20 de junio de 2019, frente a la oficina del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo en Venezuela, en Caracas.
Un grupo de personas participa en una manifestación por la liberación de los presos políticos el jueves, 20 de junio de 2019, frente a la oficina del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo en Venezuela, en Caracas. EFE

La visita de la señora Michelle Bachelet a Venezuela debe ser interpretada positivamente.

Después de muchos años de atropello a los DDHH que un Alto Comisionado de la ONU se apersone y encare al régimen de Caracas, no es cosa de cocer y cantar. Es un desafío para ambos: al ex gobierno [Maduro] y a la comunidad internacional.

Tuve la oportunidad —como Embajador de Venezuela en Canadá— de entregarle personalmente a la Sra. Bachelet, un dossier de incidencias sobre violación de DDHH y crímenes de lesa humanidad en nuestro país. “Yo no hago milagros Embajador”, me respondió con diplomacia, a lo que simplemente le pedí: “sólo espero que se haga justicia Comisionada”.

Bachelet expresó que los derechos de mayorías étnicas, de violencia a la mujer, xenofobia, trata de niños, torturas, discriminación, apartheid político, privación de libertad, homofobias, ocurrían en naciones que no contaban con representación ni peso político en el concierto internacional. El 80% de la población mundial afectada por violaciones graves a los DDHH son minorías que sólo cuentan con un 3% de representación política e institucional, por lo que carecen de la fuerza, rigor y voz para compeler estos delitos. Este es su reto. Hacerse voz.

La lucha a distancia no es fácil. Internet aporta imágenes de horror en segundos pero se archivan o sentencian en décadas si acaso. Mientras en Canadá, Países Bajos, Chile, Noruega, EEUU o Reino Unido sus estadísticas por violación de DDHH son bajas o moderadas, activar procesos de justicia universal por delitos cometidos en Uganda, Somalia, Sierra León, Chad, Alepo, China, Siria, Afganistán, Bangladesh o Venezuela se convierte en una misión titánica, donde la burocracia, las distancias, las brechas culturales e incluso, los mismos procedimientos de Orden Público Internacional lo impiden.

Desde el Holocausto nazi pasando por la comisión de delitos graves contra la humanidad en África Meridional, Botsuana, Burundi, Camerún, Costa de Marfil, Gambia, Kenia, Mauritania, Nigeria, Somalia, Sudán, Sudán del Sur, Tanzania, Togo y Zambia; más las dictaduras latinas de los 60 a los 80, las guerras fratricidas de los Balcanes o el Medio Oriente, Myanmar, Namibia, Nicaragua o Nepal, llegando a Venezuela, el común denominador es que la justicia universal es lenta y atemporal en proporción a la gravedad de estos hechos.

El poder tiránico permanece y se prolonga creando una percepción de triunfo y dominio del mal sobre el bien. Cito el prólogo de Amnistía Internacional/informe 2016: “Fue un año en el que la idea de dignidad e igualdad humana, el concepto mismo de familia humana, fue objeto de intensa e implacable agresión en forma de discursos de culpa, miedo y búsqueda de chivos expiatorios, propagados por quienes querían tomar el poder o aferrarse a él casi a cualquier precio (…)”.

El mundo lo sabe. Bachelet lo sabe y lo sufrió. Su padre el General Brigadier de La Fuerza Aérea, Alberto Bachelet Martínez, murió en manos de los esbirros de Pinochet.

La Alta Comisionada lloró con los familiares de víctimas de torturas salvajes en las mazmorras venezolanas. Pero aún el sistema internacional de defensa, prevención y represión de estos crímenes es deficiente, pesado y burocrático.

Sin duda un peso y frustración que empotra la mirada de la Sra. Bachelet, a quien debemos comprender y agradecer, porque ciertamente hay que ser dios para acabar con los déspotas que por atornillarse en el poder, persiguen, mutilan, torturan, aterrorizan y desaparecen sin piedad a inocentes indefensos.

Bachelet, presidenta de Chile un par de veces, un país sacudido por la endemia gendarme, me comentó con autoridad moral [víctima] y de estadista: “Se perfectamente lo que ocurre en Venezuela, lo tenemos bien documentado, y haré todo lo que esté a mi alcance para que se haga justicia”.

Bachelet está persuadida como las dictaduras se cuelan por la rejillas y ganan tiempo gracias a los protocolos de “consenso, unanimidad y vetos” de los consejos de seguridad o los archivos de la CPI de La Haya. Pero ella es una líder experimentada, curtida diría, que también sabe filtrarse por esas alambreras de los pasillos y los muros, desde donde sabrá presionar y gestionar justicia y Libertad. Confiemos.

Hablamos de un éxodo patrio que supera el afgano hacia Irán o Pakistán (2 millones), o el sirio a las islas griegas, Turquía y Alemania (4 millones).

ACNUR no dispone de recursos para atenderlo. El impacto hemisférico en Colombia, Perú, Brasil o Trinidad es inabordable. Comienza a ser delicado en términos de salud, trabajo, criminalidad, xenofobia, trata de personas, explotación de menores, hambre y miseria.

Algunos países [Canadá] han detenido las deportaciones pero para ACNUR no es oficial. Bachelet también fue a Venezuela a defender a los que se han ido. La importancia de dejar una Oficina de la Alta Comisionada en Caracas, es vigilar in situ, pero también darle estatus de refugio a los compatriotas asilados en el mundo.

Celebro la visita de Bachelet a Venezuela. En otros tiempos de empoderamiento autoritario el régimen pasaría de ella. Su visita fue un precedente republicano relevante. Pronto las lágrimas de Bachelet en Caracas, dejarán su impronta.

Orlando Viera-Blanco es el Embajador de Venezuela en Canadá, designado por el presidente interino Juan Guaidó. Twitter: @ovierablanco.

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