Opinión Sobre Venezuela

La cubanización final de Venezuela

Para conocer lo que ocurre en Venezuela, es necesario primero deslastrarse de la propaganda revolucionaria, y nada mejor que el ejemplo cubano.

Si alguien aprendió bien los principios de Goebbles, ese fue Fidel Castro. Limitados a una pequeña cantidad de ideas populares pero repetidas incansablemente, lograron transmitir a nuevas generaciones aspectos como “el fracaso del bloqueo” como una excusa para lograr cambios en la Isla. Fue tal el éxito de la propaganda que en su discurso de 2015, el ex presidente Barack Obama expresó lo que muchos sostienen hoy, que estaba “terminando una política cuyo tiempo de expiración había pasado hace mucho”, pero el mayor éxito fue cuando dijo que “demostró que no había resultado durante 50 años”.

Obama, que había nacido en el año de Bahía de Cochinos y se había perdido la crisis de los misiles, de un tirón estaba educando a las nuevas generaciones en que prácticamente fue un error adversar a la Cuba de la Guerra Fría, olvidó las expropiaciones sin contraprestación, los fusilamientos, los gritos de Fidel para que dispararan los misiles y achicharraran a millones, los 40,000 soldados soviéticos y los 30 años de virulentos y encendidos discursos contra Estados Unidos. El éxito propagandístico logró convencer de que el buen Fidel quería la apertura al capitalismo y que los estadounidenses fueron los únicos culpables de que el deshielo no se hiciera antes.

No faltará quien explique con algún fundamento que los mismos asesores de Obama intentaron eso antes con Carter, de hecho todos intentaron negociar secretamente con los Castro. Pero en la mentalidad anglosajona no cabe el hecho de que Castro no hubiera querido efectuar el deshielo, ni que Carter lo hubiera pedido de rodillas vestido de santo. Para 1985 Cuba exportaba al campo socialista el equivalente a tres veces lo que exportó en el mejor año de ayuda con Venezuela, la URSS le daba el doble de petróleo gratis que Hugo Chávez, revendiendo la mayoría. Fidel ganaba también más de un billón de dólares por “ayuda al desarrollo” y una cifra escandalosa en ayuda militar, que ni toda América Latina junta la hubiera podido emular.

Estos nuevos políticos estadounidenses no entendieron jamás que los Castro lo habían hecho a propósito y que el bloqueo era en realidad uno de los mayores éxitos del castrismo, porque gracias a ese antagonismo Fidel pudo hacer historia y convertirse, gastos pagos, en el campeón olímpico de la revolución latinoamericana y en el “libertador” de África. Sin el bloqueo y antagonismo estadounidenses y aceptando turistas americanos o comprando barato a los granjeros de Arkansas, Jruschov no le hubiera dado ni un centavo.

Sin el bloqueo hubiera sido uno de los tantos loquitos del tercer mundo, no habría despertado jamás el interés de toda la América Latina revolucionaria y menos aún habría tenido a sus pies a casi toda Europa. Por lo tanto no se trata de que funcionen o no las sanciones y el bloqueo en países como Cuba o Venezuela, se trata de lo que subyace detrás de las intenciones de los revolucionarios y de cómo éstos, usan a su antojo los vaivenes de la política estadounidense o de cómo han logrado hacer sentirse culpables a sus nuevas generaciones de políticos.

Hugo Chávez, como los Castro, concebía que el momento culminante de su revolución vendría con las sanciones estadounidenses y proyectó eso como la última fase de liberación. Para él y quienes lo siguieron, el bloqueo también era una necesidad. Pero muchas cosas le salieron mal a la revolución bolivariana, llevándola al desastre.

Si los revolucionarios locales no consideraran el bloqueo como una necesidad, el asunto sería muy fácil, se sentarían a negociar el fin del socialismo como en Europa y África, abrirían las puertas de las cárceles y dejarían de actuar como actúan. Así de simple, pero el bloqueo y la victimización permanente contra el archienemigo son una necesidad para las revoluciones, sobre todo las que necesitan la excusa socialista, para lograr el apoyo internacional y disfrazar una simple dictadura tercermundista.

Por eso no tienen la menor intención de cambiar y he allí el peligro de la cubanización final en Venezuela, no entendida como la influencia castrista actual en mi país, sino precisamente en la falsa interpretación que se tiene en la política estadounidense sobre el castrismo en su esencia original.

Cuando un amplio sector político estadounidense acepta, como en el discurso de la Unión de 2015, la propuesta cubana de una apertura gradual pero ser tratados políticamente como Vietnam, es decir que se acepte la existencia en este hemisferio de un partido único, sin libertad de opinión y asociación y con persecución a la disidencia como algo normal, a cambio de que la gente pueda prosperar un poco, lo que se abre realmente es un viejo anhelo dictatorial, una especie de evolución de las dictaduras feudales del siglo pasado, a través de un partido único.

Un partido único por cierto, repleto de charreteras, uniformes y armas militares.

Por lo tanto no se trata de bloqueo. La cubanización “final” de Venezuela comenzará realmente cuando Estados Unidos defina el camino de aceptar que todos los dictadores latinoamericanos pueden volver, si lo hacen organizadamente a través de un partido único. Y esa es la gran apuesta de Cuba y la Venezuela chavista, además de muchos otros, de allí que vemos que ambas revoluciones siguen firmes en su intención de continuar su marcha, sin importar el grado de destrucción.

La gran paradoja histórica es que desean que su salvación llegue de manos estadounidenses, y el peligro es que es muy posible que ocurra.

Thays Peñalver es una abogada, escritora y columnista. Autora de “La conspiración de los 12 golpes”, un libro que desnuda la realidad de las Fuerzas Armadas de Venezuela y al mito de Hugo Chávez Frías. Twitter: @thayspenalver.

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