AMÉRICO MARTÍN: El travesaño
En sus Memorias, Henry Kissinger, aquel bregador diplomático a quien le gustaba jugar solo en recuerdo de los enigmáticos cowboys del Far West, emanados del polvo y el desierto, repitió hasta el cansancio esta regla:
“Cuando se trata de negociar hay que hacerlo desde una posición de fuerza. Y oigan: nunca dar algo a cambio de nada”.
Sin leer a Kissinger ni probablemente a muchos más, Pedro Antonio Marín o si lo prefieren, Manuel Marulanda, debió guiarse por una regla parecida a esa cuando se vio obligado a negociar, primero con Virgilio Barco, después con César Gaviria y finalmente con Andrés Pastrana. Temía que repitieran con sus poderosas FARC la minuta de las negociaciones que culminaron con la feliz desmovilización del M-19.
“¿Desarme, desmovilización a cambio de legalidad? ¡Jamás! ¿Negociar? No lo descartamos pero sin soltar armas y ¿saben por qué? Porque nadie garantizará los resultados más que nuestro dedo en el gatillo”.
¿Por qué hablaba de ese modo? ¿Jactancia? ¿Miedo a que lo pisara un carro en alguna carrera de Bogotá?
Quizá temería que los cachacos lo envolvieran en su dialéctica, pero lo determinante era otra cosa. Marulanda y no pocos del secretariado estaban más o menos seguros de que ganarían la guerra, tal como los sandinistas o como Fidel en Cuba. Si podía entrar al Palacio Nariño con su toalla amarilla al cuello, ¿a qué perderse en diálogos interminables diseñados para pararle el trote? Como no podía negarse sin perder opinión nacional e internacional, los utilizaría únicamente para ganar tiempo. Ni más. Ni menos.
Fidel no confiaba en un desenlace tan optimista y además desde hacía tiempo quería anudar vínculos con los gobiernos colombianos, que eran los aliados más firmes de EEUU en la región. Vale decir, la mejor estafeta para acercarse a los gringos, llegado el caso. Probablemente el Departamento de Estado estaría al tanto y alentaba; a su turno, los mandatarios colombianos disfrutarían del inesperado regalo. Pero Marulanda nada, no daba su brazo a torcer.
Cuando finalmente aceptó pidió la luna a cambio de nada… Y el presidente Pastrana le dio la luna a cambio de nada. Le despejó 42 mil kilómetros cuadrados en San Vicente de Caguán, lo visitó, suspendió hostilidades.
–Le puse a Marulanda un papel en blanco para que escribiera todas sus exigencias y el papel siguió en blanco, comentará Pastrana para evidenciar la insinceridad de las FARC.
–¿Lo engañó a usted, presidente?
–¿A mí? No, a Colombia.
Muchos se mofaron de la ingenuidad de Pastrana, y sin embargo hay un logro que nadie podrá regatearle. La derrota política de las FARC fue mundial. Ya no pudo repetir que seguía en guerra porque la oligarquía padecía de una feroz intransigencia. Todo quedó claro: había guerra porque las FARC lo querían y nadie más. Los sondeos la castigaron con la impopularidad más desoladora. Tenía 20 mil hombres perfectamente armados y entrenados, disponía de la fortuna incalculable que le proporcionaban los secuestros, las vacunas, los asaltos, y sobre todo, los estupefacientes. Pero olvídense del pueblo. Y esa carencia los perdió.
La popularidad de Uribe se infló como la levadura. Su política fue fácil. Contra una fuerza sin apoyo popular, negada a dialogar y dedicada a actividades despreciables, lo procedente era enfrentarla a fuego limpio.
Entonces la situación cambió. La FARC, duramente golpeada, entró en una crisis de tal magnitud que se convencería de la imposibilidad de vencer. Alfonso Cano, sucesor de Marulanda, lo reveló en forma indirecta.
–Volveremos a la formación guerrillera, declaró antes de ser abatido por una operación militar.
Las guerrillas como tales no ganan guerras. Eso solo puede ocurrir cuando se desarrollan cual estructuras militares superiores y emprenden una lucha de posiciones, no de golpear y huir. Cano concedía, sin ser demasiado explícito.
En consecuencia la negociación volvería a la carga, pero esta vez aceptando Timochenko lo que terminantemente rechazaba Marulanda, prevalido de la fuerza que a la sazón ostentaba. En mi libro La violencia en Colombia —Uribe en el último año de su gobierno— expuse que al gobierno le convenía, porque la posición de fuerza era suya, y a las FARC también pues su disyuntiva era ahora morir o legalizarse… como años atrás el M-19.
Lo que nadie anticipó es que las relaciones de las FARC con sus frentes se hubiesen hecho tan porosas. Las derrotas las han socavado. Grupos sueltos adiestrados en la sobrevivencia hicieron del riesgo y el asalto un medio de vida al que parece que no quieren ni pueden renunciar.
¿Cómo explicar el secuestro del general Alzate, en la víspera de la decisiva reunión en Cuba? El diálogo quedó suspendido, los cañones siguen tronando. ¿Timochenko no puede amarrar a los suyos? ¿Entonces a quién representa en la Mesa? ¿A sí mismo?
Si muy pronto los plagiarios entran en razón, pudiera salvarse la Mesa. El general estremeció la importante pero frágil negociación. Que el liderazgo farista no obligue —si es el caso— a sus seguidores, enervaría la eficacia de eventuales acuerdos,
Las FARC nacieron en 1964. Sus respaldos internos e internacionales han ido desapareciendo o se han transmutado. Aun retrocediendo del paso en falso relacionado con Alzate, parecen evidenciar más debilidad de la esperada. Pudiéramos estar presenciando su naufragio en medio del estallido de la paz o la agonía de la negociación antes de que concluya la agenda. ¿Resurgirá la que administre el fracaso de la violencia?
La habilidad de los dirigentes colombianos había construido laboriosamente esta operación. ¿Un salto acrobático que se llevará el travesaño con el pie?
Esta historia fue publicada originalmente el 28 de noviembre de 2014, 3:00 p. m. with the headline "AMÉRICO MARTÍN: El travesaño."