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Opinión Sobre Venezuela

AMÉRICO MARTÍN: Batalla de titanes

Un miembro de la oposición extiende una bandera venezolana en un acto de campaña electoral en Caracas, el jueves pasado.
Un miembro de la oposición extiende una bandera venezolana en un acto de campaña electoral en Caracas, el jueves pasado. AP

La mentira impersonal es un género del arte político que el totalitarismo maneja perfectamente.

Vaclav Havel

“Acompañantes” de dos días y escogidos entre el azar y el gobierno, sencillamente no podrán hacer mayor cosa por la transparencia. Pero el gobierno es extremadamente desacertado y hasta una medida que ha diseñado para ocultar la verdad, se está volviendo en su contra. Juro que no subestimo al Poder. Lo juro por este puñado de cruces, pero a mis amigos en el extranjero, tan noblemente preocupados por la suerte de la desventurada Venezuela, les digo: por Dios, tampoco lo sobrestimen. No subestimarlo, convenido; pero no rebotemos hacia una paralizante sobrestimación. Los números, los hechos de la calle, sugieren una gran victoria de la MUD, que tan serenamente ha conducido esta lucha.

Más allá de las consultas electorales se trata de definir la naturaleza del cambio que Venezuela espera y necesita. América Latina, con sus más y sus menos, enfrenta el reto del desarrollo estable, autosostenido, diversificado y bajo democracias dignas de ese nombre. No otra cosa que la superación de la vasalla condición subdesarrollada. Hay países de la región que marchan por cauces más bien sólidos, pero los de porvenir –en este momento más seguro– son los de la plataforma del Pacífico, con sus cuatro emblemas: México, Colombia, Perú y Chile. Instituciones estables, partidos de mentalidad moderada y sin exacerbaciones personalistas, han tomado gradual distancia del “populismo”, el caudillismo, el manejo fundamentalista de las relaciones exteriores y los modelos estato-revolucionarios dominados por el dogma ideológico. Y por eso avanzan hacia la condición primermundista.

En Venezuela, como en ningún otro caso, la contraposición básica se libra entre la autocracia de vocación totalitaria y la democracia, dispuesta con el alma a hacerla retroceder. Batalla de titanes escenificada en cada pulgada del territorio. Son dos bisontes encornados que no se dan tregua. La autocracia quiere pasar de la voluntad o el deseo totalitario, al sistema totalitario a secas. Desea cerrar el círculo y si no lo ha completado y por el contrario va en visible retroceso, es porque el movimiento democrático y la sociedad civil, lejos de rendirse, están inmersos en plena y amplia lucha político-social. Sin mayor rigor se homologa autoritarismo con dictadura, caudillismo, autocracia, totalitarismo, que si bien de la misma familia tienen diferencias sustanciales que inducen a errores de política o de respuesta.

El totalitarismo es la dominación completa de la sociedad, una vez subyugada toda resistencia o diferencia. Como escribiera Claude Lefort en 1981: “Todo sistema totalitario elude o borra el conflicto y las diferencias, para imponer a las actividades sociales un común denominador”.

Mientras ese desideratum no se alcance, no habrá en puridad sistema totalitario sino, a lo sumo, “vocación o deseo de serlo”. Muchos autócratas avanzan en esa dirección sin poder completar la operación porque el movimiento civilista-democrático les cierra el paso y hasta puede derrotarlos. Por eso la lucha entre democracia y totalitarismo no observa treguas ni excluye espacios. La abstención, por supuesto, no cabe. El que se abstiene deja un vacío que el otro llenará inmediatamente.

Puede decirse que el montaje totalitario consagra su ideología (fascismo, nazismo, comunismo, nacionalismo fundamentalista) cual mentira totalitaria. La mentira no es para ellos una simple perversión o defecto individual o de grupo, sino que es parte constitutiva, condición necesaria para la existencia misma del modelo gobernante. Vale decir: la mentira absolutista no es ocasional sino sistémica y tiene dos propósitos tan indispensables como lo es ella: primero: monopolizar la palabra (logocracia) e imponer un lenguaje o neolenguaje que la consolide; y segundo y principal, la destrucción de la memoria individual y colectiva, pasajera o, sobre todo, histórica.

Se comienza a dominar el lenguaje exterminando la libertad de expresión y de medios, convirtiendo a sus trabajadores en enemigos diabólicos, comprando medios de comunicación, expandiendo la censura y la autocensura, criminalizando protestas, avasallando el espacio publicitario, amedrentando a la disidencia y judicializando la opinión diferente.

George Orwell dio una asfixiante versión de este ominoso sistema en 1984, su emblemática novela de agobiante ficción. Uno de los departamentos del régimen totalitario está destinado a revisar día a día obras y periódicos para acomodarlos al servicio del autócrata. Un leal hasta ayer, caído en desgracia hoy, hará que los funcionarios borren su nombre en cuanta publicación haya figurado o lo reescriban en sombría tinta negra. La Historia y sus próceres serán reconstruidos como fases preparatorias del triunfo del régimen totalitario.

En Venezuela se está aplicando semejante despropósito, afortunadamente con la resistencia implacable de las fuerzas democráticas. Salvo el caso de Cuba, ápice de esta práctica inhumana, en el resto de América Latina no se ha marchado por estos siniestros vericuetos en el grado en que ocurre en nuestro país. Por eso, ponerle la mano en el pecho, vencerlo con el voto es tarea de extrema importancia.

Aleksander Solsyenitsin escribió con gran fuerza y verdad: “Un pueblo cuya memoria haya sido nacionalizada y convertida en propiedad del Estado, estará a merced de los gobernantes, porque no hay conciencia sin memoria”.

Quiere decir que cuando se enfrenta una amenaza o una voluntad totalitaria lanzada a aplastar la opinión diferente, la lucha justifica la más amplia unidad y hace incomprensible cargarle la mano a quienes integren esa unidad.

No es la batalla contra un perverso sino contra la perversidad misma en tanto ideología que ocupa el pensamiento para destruir recuerdos. En el fondo y en la superficie confrontar el asedio totalitario es también la homérica lucha de la Memoria contra el Olvido.

Siga a Américo Martín en Twitter: @AmericoMartin

www.americomartin.com

Esta historia fue publicada originalmente el 4 de diciembre de 2015, 11:55 a. m. with the headline "AMÉRICO MARTÍN: Batalla de titanes."

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