EDUARD FREISLER: Se acabó la histeria chavista
Venezuela está en medio de una batalla por el poder, con el trasfondo de una posible explosión social. La extrema situación económica y los desvergonzados intentos del gobierno por dar marcha atrás a los resultados de las elecciones legislativas de diciembre mediante medidas nada democráticas, como la reciente decisión de la Corte Suprema, que apoya al gobierno, de impedir que algunos legisladores recién electos ocuparan sus escaños en la Asamblea Nacional, pudieran llevar fácilmente el país a la violencia.
Sin embargo, a pesar de la volátil situación, hay razones para tener esperanza y optimismo. Para muchos ciudadanos, la buena fe quedó restaurada el 6 de diciembre porque los electores propinaron una aplastante derrota al autocrático partido de gobierno. Fueron unos comicios en que todo parecía estar contra la oposición, pero lograron la victoria.
Nunca olvidaré los momentos después de anunciarse los resultados de las elecciones. Con una pareja de amigos venezolanos jóvenes, me dediqué a recorrer Caracas en un vehículo; la atmósfera era de ansiedad y júbilo. Esto último se apoderó de las almas de mis amigos. Eran casi la una de la madrugada, media hora después que el país conoció que, por primera vez en 16 años, el partido socialista de gobierno había perdido unos comicios importantes.
Recorríamos a toda velocidad las desiertas calles del distrito Libertador, en el corazón de Caracas. Lisseth estaba sentada en la parte trasera y miraba por la ventanilla, con una expresión de incredulidad en el rostro. En las calles no había chavistas, que habían tenido una presencia significativa en todas las 19 elecciones celebradas desde 1999 y ganadas por los socialistas, con la excepción de una realmente menor. Traté de leer las emociones de Lisseth, estudiando su cara iluminada por el teléfono donde leía noticias. Comprometida con su profesión de periodista, tuiteaba todo lo que sucedía, y lo que no sucedía en las calles.
Entonces pasamos junto a un retrato de Hugo Chávez pintado en un muro, al que acompañaba la imagen de un puño cerrado. Seguimos nuestro camino y pasamos junto a varios retratos similares. También vimos un lema que decía: “Chávez no es una persona, Chávez es el pueblo”. Tres años después de la muerte del fundador de la revolución bolivariana, en las calles todavía era omnipresente.
Miré hacia atrás para ver a Lisseth. Era el rostro que me intrigaba, su cara iluminada por la luz del teléfono en medio de la oscuridad del auto. Y sonreía.
Entonces me di cuenta. Esa noche Lisseth se había despojado de la histeria chavista que la había envuelto durante casi dos decenios. En todos esos años, los seguidores de línea dura del ahora fallecido presidente Hugo Chávez dominaron la plaza pública con sus fervientes lemas revolucionarios, acosos y amenazas. Si alguien criticaba al líder, de inmediato sospechaban y ripostaban agresivamente. O peor aún, golpeaban, secuestraban o mataban.
Hace 25 años, yo estaba en otro vehículo, en otro país, en un tiempo distinto pero muy parecido. Al comienzo de la Revolución de Terciopelo en la antigua Checoslovaquia, mi padre y yo íbamos en carro a casa, ya tarde, por las calles de Praga, mi ciudad natal. Él tenía la misma expresión de esperanza cautelosa en el rosto, igual que Lisseth.
Los lemas comunistas, las promesas y amenazas lo agredieron implacablemente durante 40 años. La propagada del estado era omnipresente, en las vallas, en la televisión, la radio, en las reuniones revolucionarias, a las que tenía que asistir por obligación y donde a menudo tenía que hacer frente a la verborrea de locura que salía de la boca de algunos vecinos que apoyaban el régimen.
Entonces la Revolución de Terciopelo comenzó a presionar la opresiva ideología del régimen comunista, y de repente Praga se sentía como un lugar con más espacio. Creo que la dulce promesa de las oportunidades ampliaron el horizonte y la histeria perdió fuerza a manos del diálogo. Este año, Caracas finalmente respiraba profundo también. La capital de Venezuela ampliaba sus horizontes.
Sin embargo, Lisseth estaba un poco preocupada en el recorrido por la ciudad, mientras buscaba a los chavistas radicales, los llamados colectivos. Estas pandillas armadas con frecuencia amenazaban a los venezolanos, los que no vendieron su alma y su corazón a Chávez.
“Tampoco están en las calles”, dijo Lisseth en un momento, al darse cuenta que los colectivos se habían quedado en casa, al igual que los chavistas desarmados. Salíamos de Libertador y cruzábamos Chacao, territorio de la oposición. Para mi sorpresa, no había celebración alguna. “La gente todavía tiene miedo. Pero estoy segura de que en sus casas hay fiesta”, afirmó Lisseth.
Hace 25 años en Praga, mi padre también controló su entusiasmo para protegerse él mismo y su familia de las miradas del público. Uno no sabía si un delator, un miembro de la policía secreta, o un vecino, estaban cerca y podían escuchar. Mi padre se unió a las protestas anticomunistas en el centro de Praga. A los pocos días, a medida que las multitudes crecieron de cientos a decenas de miles, poco a poco se quitó la máscara.
Eso mismo hicieron muchos venezolanos en Chacao (y en otras partes de todo el país). Era su momento. Dos días después de las elecciones, miles se reunieron en la Plaza Bolívar en Chacao para un concierto de Andy Durán y su orquesta. La banda no anunció el concierto, temiendo que el gobierno fuera a ganar las elecciones.
Pero en las horas y días después de las elecciones del 6 de diciembre, cuando quedó en claro que el régimen había sufrido una enorme derrota, el concierto se realizó. Y la gente salió a las calles, hablaban unos con otros, se abrazaban y cantaban juntos. Para este reportero, fue una sensación igual de agradable presenciar esto en la Plaza Bolívar que en esos días revolucionarios en Praga en 1989.
Naturalmente, a diferencia de Checoslovaquia y el resto de Europa Oriental, los venezolanos en la era de Chávez podían votar por los partidos de oposición y leer medios de prensa opuestos al gobierno, así como expresar su descontento con el régimen. Sin embargo, las elecciones del 6 de diciembre pueden haber impedido que Venezuela se convirtiera en una dictadura con la que sufrió mi país y la mayor parte de Europa Oriental durante mucho tiempo, demasiado tiempo.
Periodista checo radicado en Nueva York
Esta historia fue publicada originalmente el 16 de enero de 2016, 11:07 a. m. with the headline "EDUARD FREISLER: Se acabó la histeria chavista."