Unos valientes
Existe entre los seres humanos una serie de personas que, llegados a una intersección en sus vidas, actúan con una generosidad a la que debemos mucho quienes hoy estamos aquí, regentando este planeta. Me refiero a los que, desesperados por una situación adversa, deciden luchar, aun a sabiendas de que, cuando venzan, quizá no estarán entre los vivos para disfrutar de aquello que ayudaron a cambiar. Esos que gritaron ¡no!, y se opusieron a quienes los oprimían, los abusaban, les robaban y les quitaban todo; todo, menos su integridad. Esos que, ante una amenaza capaz de acabar con el mundo como lo conocíamos, se pelearon por los primeros puestos en la fila de los que partían a defender la idea de su patria, la libertad de sus seres queridos.
Cuántas vidas de esas, tan valiosas, se han derrochado en nuestras tierras latinoamericanas. Cuánta sangre quedará todavía por derramarse en ese maltrecho continente nuestro, del que cada tanto emerge un personaje seguido de su, siempre dispuesto, séquito de abusadores, aduladores y aprovechados, que promete el cielo y trae el infierno a donde gobierna. Cuántos años nos faltarán para que, en todo ese vasto territorio desencadenado por nuestro libertador Simón Bolívar y los héroes y mártires que lo acompañaron, se arraiguen en sus profundidades las raíces de la democracia, la independencia de poderes y la cultura de la libertad, que son el mejor antídoto contra los tiranos.
Una dictadura cavó más profundo sus tentáculos esta semana en Latinoamérica. Una vez más, un régimen cobarde se valió del poder que a su piel de gallina temblorosa le imprime ser portador de las armas y el dinero del pueblo, para someter a quienes claman un cambio. Me refiero a Nicolás Maduro, y a la corte de bandidos con la que (des)gobierna a Venezuela.
Tengo que decir que a pocos he visto en mi vida que crean con tanto fervor en la democracia, como Henrique Capriles Radonski y los miembros de la Mesa de Unidad Democrática, que insisten en su oposición incansable al régimen que destruye su patria, aferrados a la Constitución, como el náufrago que se agarra al último trozo de mástil, con la esperanza viva, a pesar de encontrarse solo, en medio del vasto e impredecible océano. ¡Qué le pasa al mundo que no acompaña como se merece a estos bravos defensores de la libertad! ¡Qué le pasa a la ONU, a las naciones de la región y a las potencias, que no presionan, uniéndose al clamor de Venezuela!
Estamos siendo testigos de unos valientes que, terca y sostenidamente, en medio de toda clase de adversidades, han logrado lo imposible y abierto, sin recurrir a la violencia, una brecha enorme a una dictadura salvaje. Hombres y mujeres que disparan palabras en lugar de balas, que recogen firmas en lugar de armas, que quieren votos, no botas, sacando al sátrapa del poder. Personas que, a pesar de la injusticia y el sometimiento, insisten, insisten, insisten, en anteponer la ley a todas las soluciones. ¡Qué pasa que no los abrazamos!
¿Por qué esperar a que llegue la noche en que la violencia se ensañe, para entonces conocer los nombres no de quienes arriesgaron, sino de quienes entregaron sus vidas, valiéndose de esa generosidad a la que tanto debemos?
Llegue a caer esa hipotética noche, y que la culpa descienda sobre los venezolanos que abusaron de su país antes, durante y después de Chávez, pero también en el maldito silencio de la mayoría de presidentes latinoamericanos, que pensaron primero en sus intereses políticos, antes que en el sufrimiento, el hambre y la desesperación de un pueblo vecino.
Escritor colombiano.
www.pedrocaviedes.com
Esta historia fue publicada originalmente el 21 de mayo de 2016, 3:22 p. m. with the headline "Unos valientes."