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Opinión Sobre Venezuela

Apologética

La apologética… ¿qué es? ¿Tiene algo que ver con la apología? Sí, en cierto modo, pero en rigor nació para defender los dogmas de la iglesia. El dogma religioso tiene sentido. Su base es la Fe. Creo o no creo y punto. Ponerse a rebatir la infinitud de Dios con argumentos científicos es terminar en una calle ciega pues lo eterno no cabe en el zapato chino de lo pasajero. Nadie discute hoy estos temas en academias, editoriales y confrontaciones electorales. ¿Y en tascas y botiquines? Bueno, no lo descarto. Con unos tragos encima se habla del promedio de Cabrera, las últimas noticias de la infamia, y hasta de la Providencia, combatida por la banda de pranes desangelados del Maligno. En fin, los creyentes, los agnósticos y los ateos tienen Fe, no la tienen, o dudan. Los argumentos lógicos no cambiarán eso.

En cambio la Política se cimenta en la razón, la información y programas basados en datos reales. Surge del debate, está sujeta a cambios y rectificaciones. No caben en ella las verdades infalibles ni los dogmas ideológicos. Y sin embargo el desastre abominable que cayó sobre Venezuela ha condenado al gobierno que en más de tres lustros lo ha causado a la paradoja de tratar de justificar lo injustificable apelando a una mitología laica que pretende que seamos devorados por las llamas cantando loas a un endiosado líder fallecido y a una revolución de ejecuciones desastrosas. No es Fe en Dios, cualquiera que sea la religión de que se trate. Es Fe ciega en un gobierno hambreador, enemigo acérrimo de las libertades públicas y que en su Caja de todos los males no hay vestigio de esperanza, como sí en la de Pandora.

Recientes datos y hechos se conjugan para ofrecer un panorama increíble e insoportable. Son ya patrimonio común de los venezolanos, incluidos el partido y el presidente que ocupan la cumbre del poder. También ellos lo saben. También en ellos se afirma la convicción del cambio necesario y urgente. En las filas del gobierno y en la Fuerza Armada crece con la fecundidad vegetal de la verdolaga la sospecha de que el presidente Maduro debería renunciar o ser revocado. En el mundo ocurre lo mismo y por eso, contra las huecas denuncias de guerra económica, invasión gringa, el golpe que no se cae de la boca de Maduro, Diosdado y de un entorno de seis o siete juramentados, ha crecido con paso de gigante la solidaridad internacional con la Venezuela despojada de justicia, de Constitución ajada, maltratada en su condición humana. Esa solidaridad desborda diferencias ideológicas. El país nunca había contado con tanta simpatía mundial. La preocupación papal, la amistad de parlamentarios de las tres Américas y de Europa, presidentes que salen de dudas y se atreven a condenar, y la de los secretarios generales de las cimas del sistema jurídico mundial y americano, ONU y OEA.

Más allá de banderías ideológicas llama la atención el significado de la solidaria declaración conjunta de los cancilleres de las socialistas Chile y Uruguay y de Brasil, o la valiente presencia de Albert Rivera, líder de Ciudadanos en firme defensa del desarrollo democrático, y hasta la desafección de Pablo Iglesias cuando postula que en democracia no puede haber presos políticos. Un canto fúnebre, una endecha contra la cínica teoría de que en Venezuela no habría “presos políticos sino políticos presos”.

Leo en este momento al gran compositor popular Rubén Blades. Se ha sentido obligado a declarar sus dudas sobre la legitimidad de Maduro, evidencia de la fuerza expansiva de la tragedia venezolana, que conmueve a la Humanidad.

Reduciré la alarma que se desprende de las cifras sobre las variables macroeconómicas al pronóstico de 2.200% de inflación que según el Fondo Monetario Internacional podría alcanzar Venezuela en 2017 si sigue siendo gobernada como hasta ahora. No sé cuán certero sea ese porcentaje tan francamente hiperinflacionario, pero lo que “sorprende” –pase la redundancia– es que nadie se “sorprenda” al oírlo.

¿Cómo explica el gobierno la magnitud de un fracaso tan colosal? Lo primero fue agitar fantasmas de su atormentada imaginación, comenzando por el de la invasión gringa y culminando con “las pruebas irrebatibles de magnicidio y guerra económica que tengo en mi mano pero no muestro”. ¡Pésimo aliado sería Raúl Castro metido en negociaciones profundas con la potencia que planea invadir a su amigo Maduro! Digamos más bien que la brujería madurista no da resultados. ¿Qué queda entonces?

Solo queda volver a la apologética revolucionaria, en nombre de la cual quiebran la ley de la causalidad. ¡Aunque haya hambreado a todos hay que salvar “los logros de la revolución”! ¿Cuáles? ¿Los que estamos padeciendo? Es aferrarse a la hechicería del mito socialista y culpar a todos, salvo a sus dirigentes, de la debacle. ¿Así pretende justificar su permanencia en el poder? 70% o más desea que se vaya ahora mismo, pero el hombre no oye. Quizá tema que le apliquen un madurismo al revés, plagado de persecuciones y cuentas por cobrar. Se equivoca. Nadie recaerá en el círculo vicioso de la venganza, que quebraría la simpatía universal hacia el cambio democrático. Las palabras vertidas, como el agua que cae del vaso, no pueden recogerse. La solución pacífica, constitucional, democrática y electoral es un mandato del país y del mundo, cuando más urgente es la reunificación de la atormentada Venezuela.

Si en lugar de amenazar, el señor Maduro dialogara en serio sobre el cambio democrático quizá le iría mejor que con la letal apuesta a la que se está condenando.

Analista político venezolano.

Esta historia fue publicada originalmente el 27 de mayo de 2016, 4:01 p. m. with the headline "Apologética."

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