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Opinión Sobre Venezuela

Suicida vocacional

Con un país como el que ha victimizado, Maduro está condenado a perder. La alternativa democrática, variada y alimentándose de flujos de toda procedencia, incluso del oficialismo, es la opción de cambio, la única, la posible. La inmensa mayoría de los venezolanos así lo ha decretado. La redoblada represión, las pantagruélicas amenazas, el intento agónico de convocar solidaridades internacionales para enfrentar amenazas externas fabuladas hasta la irrisión y la aburrida logomaquia servida por el control dictatorial de los medios, ya no pueden alterar la relación de fuerzas que le resulta tan adversa. Esa consigna “tenemos hambre” se ha enlazado con esta otra: “revocatorio ya”.

¿Es el revocatorio la fórmula ideal para encauzar el cambio democrático? A ver, a ver ¿cómo responder esa pregunta? Digamos lo siguiente: quizá no sea la mejor pero por eso mismo al final demostró que sí lo es. Déjenme explicar esta paradoja de acertijo. En la Constitución se contemplan posibilidades menos largas, más fáciles. Para cumplir el objetivo del revocatorio no basta con sacar más votos que el afectado, cuya debilidad electoral es universalmente conocida. Hay que sobrepasar los obtenidos por Maduro cuando fue electo, suma notable de 7 millones y medio que esta gente tendrá de partida en el bolsillo. No se compite con el Maduro real sino con su fantasma. Por eso, y porque figura expresamente en la Constitución y ya fue usado por el líder eterno, podía eludir –como de hecho lo hizo– la emboscada de la siniestra Sala Constitucional.

Lo dejaron correr, quizá confiados en que la MUD naufragaría en la recolección de firmas y frente al cúmulo de obstáculos interpuestos deliberadamente. Y ahí está, en el medio de la arena convertido en un incentivo formidable que ha conectado la pulsación eruptiva del volcán social con el cambio de gobierno apuntalado por el revocatorio, la idea a la que por los caminos más inesperados le ha llegado su momento, dicho sea con la venia de Víctor Hugo.

Hay cosas que no pueden combinarse. No congenia la apelación a la comunidad internacional para neutralizar el enorme éxito obtenido por la MUD con la lata de las invasiones y magnicidios que a nadie interesan. Es incompatible también mostrar un rostro amigable al mundo en paralelo con el proyecto de encarcelar a los directivos de la Asamblea Nacional o con las irritantes violaciones a los derechos humanos y al orden constitucional. Obligado a aceptar el diálogo que siempre condenó con el especioso argumento de que gente tan impoluta jamás negociaría con burgueses ni apátridas, helos aquí farfullando que sí, si van a dialogar, con quien les pongan por delante. Muy bien, dialoguemos pues, como siempre postuló la alternativa democrática. Hagámoslo con mediación internacional y tomemos nota de los pasos de Zapatero, Torrijos y Fernández y de Luis Almagro, campeón de la ética política.

Lo normal es que la decisión quede al pueblo soberano. Venezuela no aguanta más. Quiere decidir pacífica, democrática, constitucional y electoralmente, y el referendo revocatorio es eso. Una salida próxima y ya en acto. Oponerse doblando la apuesta como pretenden al desconocer al Poder Legislativo, o tratar de canjearlo por presos, no es otra cosa que arte de fulleros. A quien le cierran el camino es en primer lugar al presidente. Descubren su temor al dictamen soberano sobre su permanencia en el mando y de ahí el empeño de sabotearlo.

Diálogo y revocatorio no son excluyentes. Si el presidente sabe que va a perder, podrá hablar con la otra parte incluso acerca de las seguridades que el nuevo gobierno le proporcione a su movimiento para desempeñarse sin coletazos de venganza en la política democrática. Justicia sí, venganza no. La MUD no repetirá el ciclo infame del perseguido convertido en perseguidor en una espiral de la cual no saldríamos jamás.

No olvido el peso del dogma político. Víctimas del discurso de perpetuidad revolucionaria “que llegó para quedarse”, no les resultará fácil el juego ciudadano de la libertad. Yo espero que muchos comprendan que no pueden detener la historia sin ser avasallados por ella. Espero que midan mejor sus palabras, convertidas en descalificaciones tan sonoras como huecas. Dicho sea por la propensión a no discutir serenamente con los demás, para lo cual nada mejor que llamarlo apátrida o fascista.

No me preocupan sus ligerezas conceptuales ni el mal uso de los adjetivos, pero creo oportuno confesarles que pocas veces escuché una aventura teórica tan osada para descubrir la raíz totalitaria común entre el extremismo de la izquierda radical y el del fascismo de las porras, alentado por Mussolini, Balbo y otros, como la de un elogiado marxista, militante de la Internacional Comunista. Citaré palabras suyas con el debido respeto a su honrada austeridad personal –todo hay que decirlo– y recordando la penosa historia de tantos adeptos al dogma leninista que deambulan por los pasillos de la historia como tristes reyes destronados.

Me refiero al teórico peruano José Carlos Mariátegui, quien en 1925, habiendo cometido ya Benito Mussolini varios de sus desmanes totalitarios más repugnantes, se le ocurrió declarar: “En los revolucionarios, como en los fascistas se advierte análogo impulso romántico, análogo humor quijotesco”.

Hasta el “fascismo” de las descalificaciones se vuelve contra ti, Maduro. Participando en el revocatorio no te salvarás de la derrota, pero sí del suicidio. Es posible descubrir la verdad en el debate democrático.

Si puedes asumirla, créeme, nadie impedirá que sigas en el juego político, en lugar de desaparecer en una tienda de antigüedades junto al cuchillo de obsidiana y los patines de cuatro ruedas.

Analista político venezolano.

Esta historia fue publicada originalmente el 10 de junio de 2016, 4:08 p. m. with the headline "Suicida vocacional."

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