Referendo y diálogo
Desconozco el designio aún oculto de la conspiración contra el referendo revocatorio, pero a juzgar por la masiva validación de firmas no parece fácil que pueda doblegar la voluntad mayoritaria. La crisis en la que se nos ha sumido es de tal gravedad que el gobierno democrático emanado de próximas elecciones tendría que propiciar una amplia unidad y un gobierno de unión nacional si quiere reducir las enormes adversidades que amenazarán la obra de suyo ímproba que le espera.
¿Habrá revocatorio en 2016? En lugar de responder con un manifiesto de fe, confío en la dinámica relación de fuerzas y observo que la tendencia favorece al cambio democrático, razón suficiente para mantener la presión pacífica, constitucional y electoral, sin recaer en el “todo o nada” que nunca ha servido para obtener “todo” porque generalmente queda en “nada”. El gobierno hace lo imposible contra el referendo. No hay trácala que se haya ahorrado. Ha excluido de un plumazo 605 mil firmantes con la ilusión de quebrar su voluntad, aunque para sorpresa general la está fortaleciendo a ojos vista.
El punto en discusión no es si un régimen vocacionalmente dado a la perpetuidad cederá tranquilamente al mandato soberano. En realidad nadie quiere perder el poder y suele hacer lo que puede para retenerlo. Convengo que pocos llegan a los extremos del madurismo, pero con la nueva relación de fuerzas exhibidas desde el pasado 6 de diciembre, difícilmente quepa invocar el aforismo de “querer es poder”. Ganará quien reúna más fuerzas cuantitativas y morales y se beneficie de la simpatía de la opinión nacional e internacional, que observa desde la tribuna. Vencerá no el que no quiera perder sino el que tenga suficientes reservas para ganar. La lucha por el éxito del referendo revocatorio –lo presencié de nuevo mientras validaba mi firma– ha servido para formar un poderoso movimiento político-social. Un movimiento que crece y se templa venciendo las sórdidas trampas que le interponen. Está lanzado a no menos que ganar las próximas elecciones, fundar un nuevo procerato civil y cambiar la faz del abrumado país.
Hay otro aspecto. En procesos electorales se espera ganar y crecer, o solo ganar o solo crecer. ¿Qué buscaba el hábil Rómulo Betancourt en 1941 cuando postuló la candidatura simbólica de Rómulo Gallegos frente a la del general Isaías Medina Angarita? Las elecciones no eran directas. El Congreso dominado por lopecistas y medinistas tenía una mayoría cantada. La victoria la guardaba en el bolsillo. ¿A qué entonces ilusionar a la gente con un triunfo imposible? Betancourt quiso aprovechar aquella confrontación para enraizar un partido nuevo que hizo historia. Su “derrota” resultó la premisa de una impresionante victoria.
La respuesta de Ramos Allup al llamado de Maduro a dialogar face to face fue certera en un aspecto pero la siento débil en otro. El presidente de la AN sentó en su lugar al de la República en lo relacionado con el “protagonismo” y la unidad de la MUD. Maduro quiso polemizar con él, a lo mejor para proyectarle el espíritu de “vocero o mando único” diseñado en estos 17 años de desbarrada gestión, o pretendería más bien fomentar incordios en la oposición. Lícita tal vez la maniobra política de Maduro, si de eso se tratara, y más lícita aún la diversidad de aspiraciones sin menoscabo de la unidad que es la fuerza de la oposición pluralista y no, como creen algunos, su debilidad. Los que así piensan no explican por qué la alianza democrática se ha fortalecido en el tiempo mientras no cesa el eco reverberante de la crisis oficialista.
Deberían recordar la historia. Betancourt, Villalba y Caldera suscribieron la alianza de Nueva York y el Pacto de Punto Fijo, sin renegar de sus aspiraciones propias. Afortunadamente no eran almas muertas. Querían la presidencia pero comprendieron que nunca la conquistarían sin derrotar unidos al dictador Pérez Jiménez. Unidad perfecta que supeditó todo a una gran, noble y común tarea. En la MUD es igual. Varios tienen legítimamente similar objetivo y también saben que sin cambio democrático, ninguno lo alcanzaría. Es el cemento que los mantiene en el mismo barco, enfrentando temporales.
Ramos no se prestó a dudas. “Soy solo uno más”, recalcó, flanqueado por líderes de la MUD, “y usted no tiene por qué sobreponerme a los otros”. Bella respuesta.
No fue igual su abordaje del diálogo. Debió tener presente que, bajo presión internacional y por sus temores acerca del destino del chavismo, Maduro se sintió forzado a cambiar la partida. Impresionada por nuestra tragedia, la comunidad internacional demanda diálogo, que favorecen en 80% los maltratados venezolanos (al par de 75% decididos a revocar el mandato presidencial). No les atrae “la calle” salvo para protestar por hambre, validar un millón de firmas o suscribir cuatro millones más. Esas inmensurables colas de validación conforman una multitud cada vez más organizada de cientos de miles, bajo lluvia y sol. Están en la calle, sí, pero no en el sentido tradicional de voy a un acto y después a una tasca. Están comprometidos con algo concreto, casados con una política que comprenden.
Ramos –pienso– debió responder lo obvio. El diálogo es propio de demócratas. El gobierno siempre lo negó alegando que no se sentaría con “burgueses” o “apátridas”, y ahora se desdice proponiéndolo a uno de sus más efectivos adversarios.
¿Por qué no aprovechar ese salto atrás, aceptándolo con una agenda básica que obligaría al otro a avanzar o retroceder?
La política es más un juego de fuerzas sobriamente dirigidas que un torneo emocional de improvisaciones.
Analista político venezolano.
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Esta historia fue publicada originalmente el 24 de junio de 2016, 5:48 p. m. with the headline "Referendo y diálogo."