Afrenta a Don Rómulo y Teotiste Gallegos
El pasado 15 de junio Theotiste Gallegos, nieta del prestigioso escritor venezolano Don Rómulo Gallegos, denunció la profanación de la tumba de sus abuelos en el Cementerio General del Sur en Caracas. “Se llevaron el mármol que la cubría, se lo llevaron a él y a mi abuela”, escribió en su muro de Facebook. Las fotografías dan ganas de llorar.
Las tumbas de otras figuras de la anterior Venezuela democrática también han sido violadas en el pasado reciente, aunque ninguna de estas afrentas ha tenido tanta resonancia. Don Rómulo no es solo el escritor venezolano más importante del siglo XX. En 1948 fue el primer mandatario presidencial elegido de manera directa, secreta y universal por el pueblo venezolano. Obtuvo 80% de los votos, el porcentaje mayor de todos los tiempos, aunque lamentablemente pocos meses después fue derrocado por un golpe de estado. Al igual que su obra Doña Bárbara, representa la lucha entre la civilidad y la barbarie.
Tanto ha consternado a los venezolanos y al mundo esta profanación, que un importante alcalde chavista niega el hecho, y solo admite el robo de la lápida. De inmediato han puesto cemento fresco sobre la tierra removida y ofrecido trasladar los restos de Gallegos al Panteón Nacional. La familia, con razón, no lo acepta; prefieren que descanse en un cementerio popular junto a su esposa, como pidió. Además, no se sabe con certeza dónde están los restos.
Esta triste historia me toca muy de cerca. Mi tía Sara Hernández Catá tenía una gran amistad con la familia Gallegos, al punto que cuando se exiliaron en Cuba, vivieron en su casa mientras encontraban donde ubicarse. Recuerdo como los desterrados venezolanos, entre ellos el poeta Andrés Eloy Blanco y Rómulo Betancourt, se reunían los domingos para almorzar con un grupo de cubanos en el restaurante Río Cristal, en la carretera de Rancho Boyeros. Mientras ellos añoraban y sufrían por su país, mi hermana y yo jugábamos con los hijos del matrimonio Gallegos, Sonia y Alexis, fallecido hace dos años.
Vi de nuevo a Don Rómulo en México en 1960. Tuvo la delicadeza de leer el manuscrito de mi primer libro, hacerme algunas indicaciones, y dedicarme Doña Bárbara con estas generosas palabras: “A mi colega, la escritora Uva de Aragón…” ¡Yo tenía 16 años!
Mi tía Sara y mi abuela Mama Lila llegaron a Caracas exiliadas en 1961. Siete años después, al fallecer mi abuela, no había donde enterrarla y Sonia ofreció que lo hicieran en el panteón de sus padres, junto al ilustre escritor y su esposa. Fue un gesto solidario por el que siempre le estaré agradecida. Pude expresárselo cuando la reencontré en Caracas hace tres años, y comprobé que el cariño forjado en la infancia se mantenía incólume en ambas.
No tengo modo de saber si los restos de mi abuela han sido también deshonrados. Siempre quiso Mama Lila descansar junto a mi abuelo, que hoy se encuentra en el cementerio de Colón. Durante cuatro décadas su tumba –cuando la familia no podíamos hacerlo– fue cuidada por un escritor que admira su obra y desea permanecer anónimo. Siempre que visito el panteón, siento la ausencia de mi abuela.
La degradación a los símbolos de la democracia venezolana y de la literatura universal causa un pesar tan profundo como el irrespeto de la paz de los sepulcros de nuestros queridos muertos. Pero las almas de Don Rómulo Gallegos y Teotiste están unidas, como las de Alfonso Hernández Catá y Lila. Ellos continúan vivos, además, en sus obras y en nuestros recuerdos. Reciban Sonia, la familia y todos los venezolanos un abrazo en esta pena compartida.
Escritora y periodista cubana.
Esta historia fue publicada originalmente el 28 de junio de 2016, 10:34 a. m. with the headline "Afrenta a Don Rómulo y Teotiste Gallegos."