Alí Babá y Maduro
En Venezuela los arreglos monetarios en metálico son conocidos como “guisos”. En tono jocoso, varios veteranos políticos se han ganado el apodo de “Pimentón” porque están presentes en todos los “guisos”.
La represa del Guri venezolana era de tal magnitud, que en su puesta en marcha en 1976 se publicitó su capacidad de abastecer de energía eléctrica a buena parte de Sudamérica; sin embargo, vemos como desde abril de este año, el racionamiento eléctrico en Venezuela fue una penosa realidad en varias ciudades del interior del país.
El Socialismo del siglo XXI se ha caracterizado por crear todo el malestar posible en la población, para luego ofrecer algunas soluciones con el propósito de aparentar que se está ayudando al sufrido pueblo.
Maduro recientemente anunció el fin del racionamiento eléctrico y la implementación de la “Operación Cambalache”.
Dicha operación consiste en regalar equipos de aire acondicionado a aquellos propietarios de unidades de alto consumo en los tres estados más calurosos del país. Nos preguntamos quién se beneficiará por esta compra masiva.
En Venezuela todo ha sido minuciosamente calculado para destruir al país. Desde el 2003 se estableció un mortal control de divisas y precios. O sea, los empresarios no podían comprar lo que querían y tampoco podían vender al precio justo. Consecuentemente, se hizo más fácil importar, motivo por el cual las plantas industriales quedaron inutilizadas, e incluso obsoletas.
De los $960,000 millones que recibió Venezuela desde el 2003 al 2014, se calcula que $300,000 millones fueron a parar a destinos dudosos, según declaraciones de los ex ministros Jorge Giordani y Héctor Navarro.
Es más, la presidenta del Banco Central de Venezuela en el 2003, Edmeé Betancourt, fue aún más específica: “De los $59,000 millones otorgados para importación este año, entre $15,000 y $20,000 millones fueron concedidos a empresas fantasmas”.
Y es que el gobierno venezolano se ha destacado por su mala gestión económica, acompañada de una corrupción galopante. Por ejemplo, desde el 2003, según Fedecámaras, se han expropiado más de 1,300 empresas, entre ellas la Siderúrgica del Orinoco (Sidor) de propietarios argentinos; Cemex, la cementera mexicana, y la cadena de Supermercados Exito, convertida en la cadena Bicentenario. Todas ellas terminaron en bancarrota.
Como consecuencia de esta corrupción, en Venezuela ha surgido una casta de nuevos superricos, quienes con desparpajo comentan a sus allegados demócratas: “Yo no soy chavista sino comerciante”.
Dentro de esta casta es común ver a decenas de muchachos menores de 30 años con fortunas de $100 millones cada uno. Son fácilmente reconocibles porque son ostentosos. Algunos son servidores públicos de mediano nivel. Otros no tienen trabajo fijo. Sin embargo, conducen vehículos de más de $100,000, dejan propinas de $3,000 en restaurantes, viajan regularmente a Las Vegas, Orlando y París, mantienen costosas amantes, poseen yates que superan al millón de dólares y tienen inversiones múltiples que van, desde acciones preferidas, terrenos, caballos de carrera, hasta repartos enteros bajo nombre de testaferros.
Se sabe que las grandes fortunas han nacido a la sombra de los gobiernos. Un ejemplo clásico es el origen de los banqueros mundiales conocidos como la familia Rothschild. Siempre se ha dicho que su riqueza empezó a multiplicarse bajo el amparo de los reyes de Francia y el príncipe austriaco Von Metternich.
En Venezuela puede suceder algo similar. Después de tres generaciones, varios apellidos serán ilustres y su pasado será “lavado” con el tiempo.
Nadie recordará el origen de Alí Babá y su comandante en jefe.
Economista y periodista.
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Esta historia fue publicada originalmente el 15 de julio de 2016, 4:53 p. m. with the headline "Alí Babá y Maduro."