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Trasfondo

Los sirios varados en una tierra de nadie

Refugiados sirios esperan para recibir ayuda médica en una clínica cerca del campo de refugiados de Rukban, en la frontera entre Jordania y Siria, al noroeste de Jordania.
Refugiados sirios esperan para recibir ayuda médica en una clínica cerca del campo de refugiados de Rukban, en la frontera entre Jordania y Siria, al noroeste de Jordania. EFE/EPA

En la frontera entre Siria y Jordania se levanta el campo de refugiados de Rukban, un asentamiento improvisado que emergió en la zona conocida como Berma, entre Siria y Jordania, donde ninguno de los dos países tiene soberanía, ni sus forzados habitantes, esperanza.

El cierre de la frontera de Jordania para los refugiados sirios se impuso tras el ataque suicida que perpetró el Estado Islámico (EI) el 21 de junio y que mató a siete de sus soldados en los alrededores.

Incluso el personal de Naciones Unidas tiene prohibida la entrada al campo de Rukban.

Una frontera con montículos de arena

“La situación dentro de Rukban es insoportable. No hay comida ni médicos... no hay nada”, lamenta Jadiya Zaal, de 60 años, que escapó de Homs con su familia y se refugió hace 14 meses en este emplazamiento fronterizo.

A falta de linde natural, Siria y Jordania delimitaron con montículos de arena este territorio desértico de clima extremo, dejando un espacio intermedio con acceso restringido, donde miles de personas quedaron a la deriva en su huida del conflicto.

“Estamos a tres kilómetros del Estado Islámico (EI) y en una provincia (Mafraq) abierta a los límites con Siria e Irak”, explica el general jordano Amid Barakat Ayarma, a cargo de la unidad que vigila los accesos a este área, declarada “zona militar cerrada”.

Las fotografías desde el satélite han permitido trazar un mapa del campo, en constante crecimiento desde 2015, que ha ido quedando aislado desde que Jordania bloqueara la frontera alegando motivos de seguridad. Los residentes excavan las tumbas de su propio cementerio, visible en las imágenes.

También se limitó la entrada a las organizaciones humanitarias que devino en dos meses de total desabastecimiento. Amnistía Internacional (AI) denunció que las autoridades impedían a los desplazados protección y ayuda. En agosto, se permitió un reparto de productos básicos, a través de imponentes grúas que desde territorio jordano dejaban caer comida y medicinas en medio del campo.

“Una práctica que no es ideal para este tipo de asistencia porque no tenemos una evaluación concreta de qué necesitan ni si esa entrega llegó a todo el mundo”, dijo Olga Sarrado, portavoz de la Agencia de la ONU para los refugiados (ACNUR).

Tampoco los informadores pueden dar cuenta de lo que ocurre en Rukban, aunque de forma excepcional el Ejército permitió en marzo un acercamiento a las áreas colindantes, desde donde las agencias de la ONU intentan asistir, a ocho kilómetros del trifinio entre Siria, Jordania e Irak.

Contada asistencia y temor al EI

“Es una operación humanitaria muy complicada por motivos de seguridad y de logística. Estamos a 46 kilómetros del último punto donde hay carretera”, detalla la española Laura Sisniega, portavoz de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM).

Pese a los obstáculos, consiguieron consolidar en diciembre centros de asistencia sanitaria en las proximidades a la zona y un punto de distribución dentro de Berma, junto a Siria, que vigilan desde cámaras facilitadas por la OIM. Los cooperantes solo trabajan con la luz del día y abandonan el área antes del anochecer, para evitar imprevistos.

Entre el último tramo de asfalto y el campo, el trayecto es una travesía de polvo e infinito, en la que los móviles dejan de tener cobertura y, en época de lluvias, se crean barrizales que impiden el transporte de trabajadores y mercancías.

Al centro de distribución solo pueden entrar empleados jordanos civiles que informan del reparto de bienes básicos a los desplazados, a través de líderes locales. Y lo hacen en escasas ocasiones, cuando las condiciones climatológicas y de seguridad lo permiten.

Solo fue posible realizar una entrega de comida entre noviembre y enero pasados.

Dentro del campo, aumentan las infecciones respiratorias, gastroenteritis y enfermedades de la piel como la sarna por las condiciones de insalubridad, denuncia ACNUR.

Hasta estos nuevos centros sanitarios se desplaza a los sirios para que ser atendidos. Un alivio temporal.

“Antes los tratábamos en caravanas móviles”, explica la doctora Aya Abadi, que trabaja para la Asociación de Militares Retirados de Jordania, uno de los pocos organismos locales que se coordina con los internacionales para prestar asistencia.

Además de la contada asistencia, los refugiados sufren los embates del terrorismo del EI.

El último ataque de enero causó 11 muertos, dos de ellos menores de edad, y siete heridos que fueron trasladados a hospitales de Jordania tras recibir una primera asistencia en el centro donde trabaja Abadi.

Además de los heridos de guerra y víctimas de atentados, la mayoría de los pacientes son mujeres y niños, como Jadiya al Jaled, una joven de 18 años huida de Palmira, y su bebé de 12 días. “Vine por primera vez a parir y ahora he vuelto porque mi hijo tiene algo; parece un catarro”, musita.

Sin posibilidad de pedir asilo

Desde diciembre, 1,000 personas han sido tratadas en las clínicas, una media de 22 personas al día de las 70,000 que viven en el campo. “El bajo número de traslados de Berma a Ruwaished (en el noreste de Jordania) y otras zonas refleja la dificultad para obtener permisos para derivaciones que terminan en retrasos innecesarios que ponen la vida en peligro”, alerta ACNUR en su informe de marzo.

Cada día, decenas de personas se agolpan y esperan a ser atendidas entre bloques de piedra y alambres de pinchos de un puesto de la frontera.

Los médicos les diagnostican a la intemperie, supervisados por el Ejército jordano, y aceptan o no su entrada que durará tanto como el tratamiento. Después serán devueltos al campo. Saben que no tienen posibilidad de pedir asilo, aunque pisen territorio jordano.

Pese a acceder por motivos de enfermedad, la breve estancia en las clínicas les proporciona un respiro ante la asfixia del campamento y su precariedad. Los trabajadores humanitarios aprovechan el contacto directo con ellos para conocer su situación real. A través de las narraciones, intentan aproximarse a las necesidades que tienen los desplazados con el fin de planificar mínimamente las intervenciones.

El campo ha seguido creciendo hacia la provincia siria de Homs, ya que Jordania impide que se extiendan a lo largo de su frontera. A través de las imágenes satélites, se han contabilizado 6,460 viviendas temporales, un nuevo incremento con respecto a las registradas en diciembre. Lo único que no ha cambiado es la dificultad para atenderles.

El conflicto en Siria ha entrado en su séptimo año, con más de cinco millones de refugiados y 6.3 millones de desplazados internos, entre los que los huidos de Rukban han quedado abandonados.

“Entendemos la preocupación del gobierno por la seguridad, pero seguimos pidiendo que se facilite el reparto de ayuda humanitaria y continuamos en conversaciones para que permitan a los más vulnerables el acceso a Jordania”, reivindica la portavoz de ACNUR, Olga Sarrado.

Esta historia fue publicada originalmente el 10 de abril de 2017, 8:18 p. m. with the headline "Los sirios varados en una tierra de nadie."

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