Trasfondo

Salud en quiebra en Venezuela: una fiebre es jugar a la ruleta rusa

Un paciente espera para recibir atención médica en un hospital de Caracas, en foto de archivo.
Un paciente espera para recibir atención médica en un hospital de Caracas, en foto de archivo. ASSOCIATED PRESS

Una madre de clase media tiene a su niño enfermo, con fiebre alta, inapetencia y malestar general, que no ceden ante dosis de rutina de acetaminofén ni de ibuprofeno, recomendadas horas antes por el pediatra.

No tiene las dosis de estos fármacos porque las compró en Venezuela, nación azotada por la escasez de medicinas y alimentos. Las tiene porque se las envió un familiar desde Miami, alivio que no todos tienen. Aunque cada vez la diáspora es mayor, hoy estimada en tres millones de venezolanos, a todos no les alcanza para enviar auxilios a sus seres queridos.


Son las nueve de la noche de un día cualquiera en la Venezuela actual. Los bebés de meses no saben, ni tienen por qué entender de horarios hábiles para sortear la inseguridad en la nación suramericana –donde la criminalidad cobró 28,479 vidas durante el año 2016. Esta cifra es del Observatorio Venezolano de Violencia, que estima que el país es el segundo más violento del mundo, sin guerras, con una tasa de una tasa de 91.8 homicidios por cada 100,000 habitantes.

El bebé aún no conoce ese temor de aventurarse a salir esa noche y por eso avisó en hora inconveniente para movilizarse al médico sobre su síntoma. Ese niño no sabe las calamidades que acabaron con los espacios públicos y la posibilidad de transitar de manera segura en la noche de Caracas.

Ya a las ocho de la noche la capital del país parece un pueblo silencioso, con comercios cerrados, poca circulación de peatones en la calle y una clara disminución del parque automotor, pues comprar un auto nuevo en la Venezuela de hoy es casi imposible, con numerosas ensambladoras que han dejado el país, entre ellas la norteamericana General Motors, debido a políticas restrictivas impulsadas por un gobierno que aplica el Socialismo del Siglo XXI.


Este bebé tampoco sabe el riesgo que podría correr el auto de su familia si es llevado de noche a una clínica. Para los venezolanos, en su mayoría, ser víctima del robo de un carro implica irremediablemente perder este medio de transporte, ante una gran caída en el mercado de pólizas para vehículos. Su mamá tiene suerte de que aún tiene un medio particular de transporte, pues a muchos se les quedó el carro accidentado, por falta de repuestos y/o cauchos. Se estima que más de dos millones de autos –50 por ciento del parque actual– tenga más de 11 años de uso.

Se percibe el silencio nocturno, raro en una capital. La respuesta, entonces, para este bebé, es esperar al día, pase lo que pase. Suena preferible a tentar al hampa. Pero amanece y toca esperar ante tumultuosas protestas en las calles. El Observatorio Venezolano de Conflictividad Social registra 2,675 manifestaciones desde el 1 de abril hasta el 19 de junio de 2017. Este promedio de 33 protestas diarias representa un aumento de 65 por ciento con respecto a igual período de 2016, cuando se contabilizaron 1,614 manifestaciones.


La fiebre no cede, pero ahora no está sola y la acompañan vómitos. Por suerte, no surge la diarrea, que tal vez acabaría con los pañales que le quedan, pues no hay pañales en ninguna parte y tocaría sortear entre los llamados “bachaqueros” –vendedores informales que revenden este tipo de mercancías, a más de mil por ciento por encima del precio marcado, en un mercado negro que tampoco garantiza la existencia del producto–, fenómeno surgido en medio de regulaciones gubernamentales a precios de bienes.

La familia del pequeño chequea la póliza de seguros de salud, una que paga como premisa y tabla de salvación, para pensar en dónde acudir, sorteando las rutas no tomadas por manifestantes o por la represión de la Policía Nacional Bolivariana o la Guardia Nacional Bolivariana. No tiene información válida sobre los imprevistos cierres de vías, porque los medios de comunicación han sido censurados en materia de actividad opuesta al régimen y su acceso a internet –la segunda en velocidad más baja del continente– es irregular. El ecosistema de Telecomunicaciones en Venezuela sigue en picada.

De la póliza se descubre que el monto cubierto resulta ampliado por la inflación. Pero pagarla no es garantía de encontrar cómo pagar los deducibles y los montos que las clínicas anexan como pago obligado para la atención. Además, el gasto por seguro médico no garantiza encontrar la medicina ni el equipo médico quirúrgico que requiere el paciente.


Y el vía crucis continúa. En una hospitalización de cinco días de duración, sin operaciones ni enfermedades de envergadura, se consume buena parte de la póliza, y también mucho de los ahorros familiares, para pagar las diferencias no cubiertas por el seguro que pueden quintuplicar un salario promedio. Si no alcanzó, entonces surgen nuevas deudas.

El alta del niño es un alivio relativo, pues, debido a las pocas políticas ejecutadas de prevención epidemiológica ante recortes presupuestarios en el Ministerio de Salud del Gobierno de Maduro, las enfermedades están a la orden del día en Venezuela y entonces persiste la ruleta rusa por no caer enfermo.

Ese bebé no sabe que a la anterior ministra de Salud, Antonieta Caporale, la destituyeron en mayo de 2017, porque publicó en el boletín epidemiológico del año 2016 que las muertes infantiles y maternas, además de enfermedades como la malaria, la difteria, la tuberculosis y la tosferina se dispararon. Las muertes maternas aumentaron 66 por ciento (756) y murieron 11,466 niños –30 por ciento más que en 2015. Fuentes del Ministerio de Salud, que prefirieron el anonimato, sostienen que la situación sería aún más grave.

Son solo algunas de las caras no tan visibles de las condiciones que tiene a la mayoría de los venezolanos pendiendo de un hilo. Imagine el panorama si la situación es un accidente de tránsito con heridos, una operación quirúrgica inesperada o una enfermedad de gravedad. A pesar de su inocencia, ese bebé, al parecer, aprenderá muy pronto las consecuencias del modelo chavista.

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