Tamara Adrián, la venezolana que hizo visibles a las personas transgénero
El mundo esta ávido de referentes positivos y el arma preferida de todas las manifestaciones de intolerancia es la invisibilidad de los grupos marginados.
Lo afirma así Tamara Adrián, una de las mujeres transgénero más afamadas del mundo, y no precisamente por los aspectos con los que son asociadas las personas trans: farándula, vida nocturna y sexo. Todo lo contrario. Es célebre por quebrar esos estereotipos, mitos y tabúes, por desafiar las reglas hegemónicas del convencionalismo social, por demostrar que siendo uno fiel a sí mismo y honesto con los demás, puede alcanzar la libertad interior y ayudar a otros a obtenerla.
“Los referentes positivos son dar a otras personas la inspiración para poder decir: ‘Yo también puedo’, ‘yo sí puedo’ ”, comenta Adrián, la primera congresista transgénero elegida en Venezuela y la cuarta en el planeta.
Adrián, que estuvo en Miami para participar en un foro sobre derechos humanos, afirmó: “La sociedad y los medios buscan encajonar a las minorías en patrones de conducta inferiores. Cuando tienes historias de éxito, de constancia, se contribuye al cambio de la imagen colectiva”.
En las comunidades minoritarias e infravaloradas a menudo se interioriza la asunción como propia de la inferioridad que grupos dominantes les atribuyen. Quienes padecen de este terrible yugo absorben esas creencias fundamentadas en prejuicios institucionalizados y las admiten como ciertas. “En la medida que te comes el cuento de que eres inferior, actúas como inferior”, subraya durante una entrevista exclusiva con el Nuevo Herald. “Hay que romper el círculo que se quiere imponer desde afuera. Eso se logra solo desde adentro”.
La sociedad y los medios buscan encajonar a las minorías en patrones de conducta inferiores. Cuando tienes historias de éxito, de constancia, se contribuye al cambio de la imagen colectiva
Tamara Adrián
parlamentaria venezolanaDe venerada trayectoria como activista de los derechos del colectivo LGBT en un país plagado de homofobia y transfobia, la diputada de la Asamblea Nacional por el partido Voluntad Popular se ha hecho archiconocida en meses recientes gracias a Tamara, la extraordinaria película de ficción de la realizadora Elia Schneider inspirada en su vida que muestra, no solo sus logros en el Derecho y la política pese a la discriminación sistemática, sino también el dilema existencial de las personas que no se identifican con su género biológico de nacimiento.
Ser transgénero “no se pega, no se contagia, no se hereda, no se imita; se descubre”, explica la lúcida profesora universitaria y abogada de 63 años. “Y no es porque sea chévere ni dé estatus, sino porque tienes que ser quien tú eres, y porque ser quien tú no eres solo por complacer a los demás es como cavar tu propia tumba”.
Todos pertenecemos a alguna minoría. Por eso somos individuos cada uno con rasgos irrepetibles. Y siempre habrá quien nos odie o rechace por algún motivo, por gordos o flacos, altos o bajos, lindos o feos, blancos o negros… Es la historia de la civilización humana desde sus albores. No obstante, nadie nace racista, misógino, xenófobo, antisemita. Ese comportamiento es aprendido en los hogares, las escuelas, las calles, los medios de comunicación, los centros religiosos. Lo consolador es que también puede desaprenderse.
Con su vida como ejemplo, Adrián enseña a reaprender el respeto a las diferencias y el afecto a los diferentes, especialmente a los menos comprendidos y más marginados de la sociedad latinoamericana: las personas transgénero.
“En el caso de las mujeres transgénero en Latinoamérica, por lo general son expulsadas de sus hogares muy temprano, alrededor de los 15 o 16 años, y al ser expulsadas, quedan sin educación, en situación de calle, y su destino es la prostitución”, alerta.
No el suyo.
Nadar contra la corriente
La legisladora caraqueña nació Tomás Adrián en 1954, época en la que escaseaba conocimiento sobre el tema de la transexualidad. “Ni siquiera existía un termino efectivo para referirse a las personas trans; no había información y qué me pasa, no sé qué me pasa, porque no había referente”, relata.
Tenía apenas unos tres años cuando, si bien no podía verbalizarlo, presintió una dicotomía entre su identidad y sus genitales. ¿Había nacido en el cuerpo equivocado? “Nadie está en el cuerpo equivocado; esa es una forma de sobresimplificar el análisis. Tú sabes quién eres; tu cuerpo no te corresponde; te identificas de otra forma”, responde, al aclarar que la identidad de género se refiere a la conciencia de una persona de sentir pertenencia al sexo masculino o femenino y no está relacionada con la orientación sexual que determina el sexo hacia el que un individuo se siente atraído.
No lograba afianzar amistades con niñas porque no se veía hembra, ni con niños porque no se sentía varón. Nunca fue aceptada. La presión social se agudizó en la adolescencia. Al observar su cuerpo masculinizarse, “empecé a inyectarme hormonas y veía que eso era lo que quería para mi cuerpo. Entonces me entraba pánico y botaba toda la ropa, hacía una purga llena de culpabilidad. Era una especie de yoyo, hormonas iban y venían; nunca me asumí externamente demasiado”, rememora la coordinadora del movimiento Proinclusión de Voluntad Popular.
A la edad de 21 se graduó summa cum laude en Derecho en la Universidad Católica Andrés Bello y, en virtud de una beca, se doctoró en Derecho Mercantil en la Universidad Panthéon Assas de París. Vestía de forma muy ambigua, en el umbral de la moda, con rasgos de andrógino. En Francia, esa apariencia era objeto de admiración.
Al regreso, su carrera en el ámbito académico fue ganando autoridad, pero, para progresar, tuvo que anular su identidad, vestirse de hombre dejándose crecer la barba y complacer a su familia y a la sociedad. Contrajo nupcias y procreó dos hijos con quienes mantiene hoy una relación positiva y cercana.
Hasta que no pudo continuar fingiendo la felicidad cuando no era verdad. No quería seguir aparentando ser quien no era.
En los años 1990 inició el largo y complejo proceso de reasignación sexual durante el cual sufrió agresiones verbales y físicas, desprecio y exclusión, culminando con la cirugía de adecuación una década más tarde. Se bautizó Tamara por la consonancia con Tomás y por el origen etimológico en hebreo: palma datilera en el desierto de Judea.
Llegó el día en que se miró al espejo y finalmente se vio a sí misma.
Invitación de Leopoldo López
Con la marcha del calendario, se transformó en un ícono del colectivo LGBT por promover leyes de igualdad avanzada que posteriormente se materializaron en naciones vecinas mas no en su patria. Entre sus propuestas: una ordenanza de no discriminación en el municipio de Chacao. Corría el año 2009 y tocó a la puerta de Leopoldo López, quien terminaba de constituir un movimiento de pensamiento social y de vanguardia llamado Voluntad Popular.
El visionario líder la invitó a reflexionar en aquel encuentro. “Cada vez que propones algo tienes que ir al político para que acompañe esa petición. ¿Por qué no te conviertes en ese político que es el instrumento directo del cambio?”, le propuso, al incorporar en el manifiesto ideológico del nuevo partido la lucha por los derechos de las minorías sexuales.
Había nacido Tamara, la política. Gozaba del respeto acumulado durante más de tres décadas de carrera jurídica de alto nivel. Con tesón y constancia, había encarado a una sociedad machista. Fue ascendiendo en las filas del partido y sus correligionarios acuñaron, a manera de broma, la etiqueta “Tamara lo dijo”, por vaticinar el giro totalitario del régimen venezolano y la desaparición de la institucionalidad.
En las elecciones parlamentarias de 2015, fue postulada por la coalición opositora al chavismo MUD a un curul en la Asamblea por el distrito capital. Así hizo historia al convertirse en la primera congresista transgénero. ¿Qué representó aquel hito? “Desde el punto de vista personal, el éxito de superar tus propias limitaciones, en el sentido de las barreras que te han impuesto –confiesa–. A nivel general, lo que ha producido es un cambio en el imaginario colectivo sobre el estereotipo asociado con las personas trans”.
El día de investidura de la Asamblea que cambió radicalmente el panorama político nacional, miembros de la oposición que consiguieron la mayoría calificada aplaudieron solo las juramentaciones de su bancada e igual hicieron los asambleístas del oficialismo por los suyos. Cuando llegó el turno de Adrián todos se pusieron de pie en una ovación conjunta.
Nunca antes había sucedido algo similar.
Sin papeles en su propio país
Venezuela es uno de los raros países en el continente donde no existen mecanismos jurídicos para el reconocimiento legal de la identidad de los hombres y mujeres transexuales. En 2004, Adrián solicitó ante la Sala Constitucional un recurso de reconocimiento que hasta la fecha no ha obtenido respuesta. En su cédula y pasaporte sigue impreso el nombre Tomás.
Esto impide el ejercicio en condiciones igualitarias de los derechos civiles de las personas transgénero. No pueden abrir una cuenta bancaria, inscribirse en una escuela, alquilar una vivienda, cruzar una frontera. “Están en una situación parecida a la de un inmigrante sin papeles, pero en su propio país”, revela.
Informa asimismo que la comunidad LGBT en Venezuela está desamparada por completo en un clima generalizado de intolerancia política. El Estado no protege de la discriminación, la gente no se atreve a salir del clóset y el colectivo se mantiene invisible. Frente a estas adversidades, más del 90 por ciento de las agresiones no se denuncian por desconfianza en los tribunales o dado que las víctimas se avergüenzan de decir “me agredieron por ser gay”.
Por ello miles de venezolanos cifran sus esperanzas en la gestión de Adrián en la Asamblea y en las alianzas forjadas con otros líderes que enarbolan los principios democráticos. El camino por ella recorrido sin duda ha sido espinoso, pero goza de la facultad para borrar las heridas y seguir adelante sin miedo al qué dirán los demás.
“La regla número uno de la sobrevivencia es que tengas la capacidad de construir tu vida como una cadena donde los eslabones están formados por las cosas buenas y el hueco es por donde se van las cosas malas”, predica.
En el desierto de la intolerancia, Tamara intenta formar un oasis como una datilera.
Escritor y periodista graduado de la Universidad Central de Venezuela, biógrafo y cronista de Miami. Siga al autor en Facebook y Twitter: @danielshoerroth.
Esta historia fue publicada originalmente el 23 de junio de 2017, 8:10 p. m. with the headline "Tamara Adrián, la venezolana que hizo visibles a las personas transgénero."