Trasfondo

¿Un cafecito, mi amor? El diminutivo, un poco de cariño en la forma de hablar del cubano

Un ‘cafecito’ en el restaurante Versailles de Miami sirve para celebrar que el sitio alcanzó 20,000 seguidores en Facebook, en abril.
Un ‘cafecito’ en el restaurante Versailles de Miami sirve para celebrar que el sitio alcanzó 20,000 seguidores en Facebook, en abril. cmguerrero@elnuevoherald.com

En un restaurante cubano la camarera me dice: “Mi cielito, ahora mismo te traigo el agüita y los pancitos”. Llamo al banco para hablar con la oficial que atiende mis cuentas y la recepcionista, apenada, me informa: “Ella está ocupadita, ¿quieres dejarle un mensajito?”. Por los nombres, el acento y el tuteo, me doy cuenta que son jóvenes cubanas abriéndose paso en su nueva ciudad y persiguiendo, como hemos hecho todos, el sueño americano. Y me doy cuenta también que, en ambos casos, las oraciones están llenas de diminutivos.

Me pasa lo mismo en la cafetería donde desayuno: “¿Papito, cómo quieres el cortadito?”. O en la panadería: “¿Cuántos pastelitos vas a llevar?”. Ante esa avalancha de diminutivos se me ocurre pensar que en la Cuba de ahora su uso está más extendido que en la de antes. Pero es solo un momento; enseguida comprendo que no es así. La costumbre de usar diminutivos es tan antigua como nuestra nacionalidad. Es verdad que la forma de hablar del cubano ha cambiado; medio siglo de socialismo real es capaz de alterarlo todo. Pero agregar sufijos no tiene nada que ver con Marx ni con Engels.

En realidad, los cubanos siempre hemos hablado añadiendo sufijos. Lo mismo se lo adicionamos a un sustantivo que a un adverbio. Ni los adjetivos se salvan. Pero no lo hacemos para modificar el significado de las palabras o para otorgarles un matiz de tamaño pequeño. Mucho menos lo usamos en un sentido despectivo. Los diminutivos cubanos nacen como una expresión de cariño. O de amor. No en balde uno de los monólogos más famosos de Álvarez Guedes se basaba en la forma que las camareras cubanas, allá en los años 1970, le hablaban a los clientes de los restaurantes de la Calle Ocho: “Mi amorcito", esto; "mi amorcito", lo otro. Para terminar preguntando: ¿Quieren algún postrecito? ¿Un cafecito?

Los diminutivos cubanos nacieron en la sencillez de su pueblo; en la calidez de su gente. Y se exiliaron juntos con ellos

¿Cuándo comenzamos a utilizarlos? No lo sé. Pero estoy seguro de que fue antes de las peleas en las colas del pan, las pipas de cerveza y los navajazos en los carnavales socialistas. Oh, sí; mucho antes. Los diminutivos cubanos nacieron con la República; por suerte no murieron con ella. Al contrario, sobrevivieron su disolución. Y cuando la grosería oral se adueñó de sus calles, ellos fueron una especie de alivio ante la obscenidad del lenguaje popular. En la época de los “camellos”, los “almendrones” y las “jineteras”, los "itos" e "itas" y los "ecitos" y "ecitas", con su carga de antigua cordialidad criolla, fueron un necesitado soplo de decencia y urbanidad.

No, los diminutivos cubanos no los inventó el "hombre nuevo". La camarera del restaurante, la recepcionista del banco y las empleadas de la cafetería y la panadería los utilizan porque se los escucharon a sus padres y a sus abuelos. Que a su vez aprendieron a emplearlos en la amable convivencia de una Cuba en la que los vecinos acostumbraban a darse los buenos días y en las “fiestecitas” los jóvenes no bailaban como si estuviesen teniendo sexo. Una Cuba en la que hasta los conductores de ómnibus eran corteses: "Pasito alante, varón".

Sí, los diminutivos cubanos nacieron en la sencillez de su pueblo; en la calidez de su gente. Y se exiliaron juntos con ellos. Llegaron a Miami a bordo del Ferry Habana-Cayo Hueso, en los Vuelos de la Libertad, a través de la flotilla del Mariel, atravesando el Golfo de México en balsas y cruzando fronteras. Y sí, llegaron para quedarse. ¡Qué sería de Miami sin nuestros cariñosos diminutivos!

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