El mito de Pedro Infante continúa inagotable: la leyenda cumple cien años
A las tres de la tarde del lunes 15 de abril de 1957, mi madre entró corriendo por el largo pasillo de mi casa repitiendo una y otra vez un desesperado grito de angustia: “¡Se murió Pedro Infante! ¡Se murió Pedro Infante!” La noticia, como se dice, corrió como la pólvora, y llenó las emisoras radiales, los canales de televisión y los titulares de periódicos y revistas de todo el continente. Nadie quería creerla. Era una verdad demasiado cruel para aceptarla. En la cúspide de su popularidad, recién cumplidos los 39 años, Pedro Infante, el artista mimado del cine y la música mexicanos, se mataba en un accidente de aviación y entraba en la inmortalidad.
Ese lunes, el primer día de Semana Santa, Pedro Infante madrugó y, como solía hacer, desayunó abundantemente. Luego, se montó en su Harley-Davidson y se dirigió al aeropuerto de Mérida, Yucatán, de donde pensaba volar al Distrito Federal a resolver el apremiante problema de su matrimonio con la actriz Irma Dorantes, declarado nulo días antes por la Corte Suprema. Cerca de las ocho de la mañana, apenas a los diez minutos de haber despegado, el avión de carga en el que viajaba como copiloto se precipitó a tierra, y perecieron calcinados los tres tripulantes. A partir de entonces, Pedro Infante se convirtió en una leyenda de proporciones gigantescas que aún no ha parado de crecer ni de transmitirse de una generación a otra; en un imperecedero dios, como los que mueren jóvenes en plena fama. Después de la Virgen de Guadalupe –y por encima de otras figuras nacionales–, Pedro Infante, es el mexicano más querido y venerado de toda la historia de México.
Pedro Infante Cruz nació en Mazatlán, Sinaloa, el 18 de noviembre de 1917, el cuarto de los muchos hijos del maestro de música Delfino Infante, y de María del Refugio Cruz (Doña Cuquita), que ayudaba a su marido cosiendo ropa. Era una familia un tanto errante, pues todos los hijos habían nacido en estados distintos. A mediados de los años veinte, cuando Pedro tenía siete años, llegaron a Guamúchil, entonces un pueblo remoto con solo 3,000 habitantes y dos calles tristes y polvorientas que corrían paralelas a la línea del tren. Allí se crio y allí aprendió los oficios de peluquero y, sobre todo, de carpintero, sin terminar siquiera la escuela primaria. Siendo todavía un adolescente, construyó su propia guitarra y formó con su padre un conjunto musical al que bautizaron La Rabia, en el que Pedro tocaba la guitarra y la batería y cobraban 10 centavos por pieza. Más tarde, los Infante volvieron a mudarse, esta vez a Culiacán, donde en una fiesta en la que tocaba, conoció a María Luisa León, de la alta sociedad de la ciudad y diez años mayor que él, con quien enseguida empezó a vivir un idilio.
En Culiacán fue vocalista de varias orquestas y se presentó en la radiodifusora local XEBL. María Luisa pensó que tenía futuro y lo impulsó para que siguiera buscando oportunidades como cantante en la Ciudad de México, donde se casaron. Tras años de sacrificios y estrecheces, de miseria y sin empleo, gracias a su innata fascinación que no necesitó de academias de canto ni de actuación para desarrollarse –una voz no educada, sin mucha potencia, pero profundamente sensual, íntima y llegadora–, Pedro hizo su aparición, primero en la popular estación radial XEB, después en cabarets y teatros y, por último, en el cine.
Sus primeras películas, La feria de las flores (1942), Jesusita en Chihuahua (1942) y La razón de la culpa (1943) dejaron entrever poco lo que vendría más tarde. Su carrera cobró vuelo cuando conoció al director Ismael Rodríguez, que supo sacar a flote como nadie sus cualidades histriónicas y musicales. Si Pedro tuvo la suerte de encontrarse con Ismael Rodríguez, el director capitalino tuvo la fortuna de encontrarse con él. Juntos filmaron Los tres García (1946), que lo volvió el arquetipo del muchacho alegre, con una gracia encantadora y de buen corazón que, acompañado por su guitarra, entonaba canciones que embelesaban. El estreno del melodrama arrabalero Nosotros los pobres (1947), también dirigido por Rodríguez, lo situó en el estrellato. A toda máquina y su secuela, ¿Qué te ha dado esa mujer? (1951), Dos tipos de cuidado (1952), El mil amores (1954), Escuela de vagabundos (1954) y Pablo y Carolina (1955) no harían sino cimentar su carrera, y en 1955 ganó un Ariel de la Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas en la categoría de Mejor Actor por su papel en La vida no vale nada (1954). Sus personajes parecían creados para ajustarse a él, que casi siempre se interpretaba a sí mismo: buen hijo, amigo cabal, novio romántico y apasionado, hombre de palabra, mujeriego y cuya cautivadora personalidad terminó convirtiéndose en una atmósfera de lo mexicano.
Había triunfado después de mucho esfuerzo, mucha fe y también por gozar de un don supremo: una simpatía arrolladora. Trabajó con grandes estrellas del cine mexicano de la llamada Época de Oro como Jorge Negrete, Silvia Pinal, María Félix, Fernando Soler y Sara García; Luis Aguilar, Libertad Lamarque, Miroslava, Blanca Estela Pavón y Marga López, y supo arreglárselas para sobresalir con los personajes más diversos. Grabó más de 330 canciones con el sello Peerless y filmó 61 películas. En el momento de su muerte era el artista más célebre, rico y querido de todo el país.
Por el camino, además de María Luisa León, tuvo romances con muchas mujeres, entre ellas la bailarina Lupita Torrentera, con quien procreó dos hijos: Pedro y Lupita. En 1952 inició una relación con la actriz Irma Dorantes, quizás el amor de su vida, y con la que tuvo una hija llamada Irma.
¿Qué tenía este norteño de cuna pobre, casi sin educación, que gustaba por igual a mujeres y hombres? ¿Qué inexplicable encanto ha logrado que más de ocho generaciones de mexicanos lo quieran como si fuera un familiar, que lo idolatren en toda América; de Texas, Los Ángeles y Perú a Venezuela, Puerto Rico y Cuba? Millones de latinoamericanos de todas las clases sociales siguen escuchando sus canciones y lo admiran y hablan de él como si fuera a entrar por la casa. Tal vez el secreto reside en su personalidad bromista y dicharachera, en su voz excepcionalmente cálida y en su reputación de seductor irredento con una calidad humana insuperable. Muchos años antes, en otro mundo y sin conocer a Pedro Infante, Oscar Wilde, ese dandy deliciosamente moderno que todavía sigue opinando, dijo algo que le cuadra a la perfección al ídolo mexicano: “Son muy pocos los elegidos que derrochan un irresistible embrujo por dondequiera que pasan”. Ese polvo de estrellas misterioso que hace que algunos actores, cantantes o celebridades brillen muchísimo más que otros y sean realmente únicos.
No importa que María Félix haya filmado con directores de la talla de Luis Buñuel y Jean Renoir, junto a actores como Jean Gabin, Gérard Philipe e Yves Montand; que Pedro Armendáriz fuera conocido en Hollywood, fuera mejor actor e hiciera tres películas con John Ford; que Jorge Negrete fuera más apuesto, tuviera más galanura y gozara de una mejor voz: el ángel natural que tenía Pedro lo convirtió en el favorito de cuatro generaciones de mexicanos; en la figura más grande e importante de toda la historia del cine mexicano.
Ni Elvis Presley cantando Love Me Tender, Don’t Be Cruel y Hound Dog cuando yo tenía 10 años, ni los Beatles con Love Me Do, Hey, Jude y Help a los 17, ni Frank Sinatra con Summer Wind, a los 30 años pudieron eclipsar el gusto que sentía por Pedro Infante porque desde niño mi vida había estado llena de sus canciones. Por ellas supe para siempre que en las rancheras, los corridos y los boleros también se podía encontrar la felicidad, la tristeza y la poesía.
Ahora, a 60 años de su trágica muerte y cuando se cumplen 100 años de su nacimiento, el mito de Pedro Infante continúa inagotable y deslumbrante y vivo en todo su esplendor porque es de veras un prodigio irrepetible: la parranda más feliz que ha tenido jamás la cultura mexicana. Pedro es el amigo fiel, el enamorado pícaro, el hijo tierno, el seductor experimentado, el inocente humilde, pero también el eterno romántico que aprovecha que salga la luna para cantarle a su amada sus versos de amor.
México está conmemorando el centenario de su hijo preferido por todo lo alto, como no lo ha hecho nunca antes con nadie. Con homenajes, conferencias, exposiciones, documentales, recopilaciones de sus canciones, la apertura de un museo, sellos postales, tequilas conmemorativos, estatuas y libros que celebran su vida; con un aluvión de artículos, conciertos masivos dedicados a su memoria y una peregrinación sin precedentes a su tumba en el Panteón Jardín.
Que cada cual lo haga a su manera. Para mí, la mejor forma de recordarlo será viendo alguna de las películas que lo inmortalizaron. O mejor aún: con un tequila en la mano escuchando cualquiera de sus inolvidables interpretaciones –Amorcito corazón, Cucurrucucú paloma, Un mundo raro, Ella o Copa tras copa–, tratando de luchar con el nudo de emoción que irremediablemente me apretará la garganta.
Millones de latinoamericanos de todas las clases sociales siguen escuchando sus canciones y lo admiran y hablan de él como si fuera a entrar por la casa. Tal vez el secreto reside en su personalidad bromista y dicharachera, en su voz excepcionalmente cálida y en su reputación de seductor irredento con una calidad humana insuperable.
Esta historia fue publicada originalmente el 17 de noviembre de 2017, 4:14 p. m. with the headline "El mito de Pedro Infante continúa inagotable: la leyenda cumple cien años."