Trasfondo

El método Mueller: tenaz, reservado y apegado a las reglas

Robert Mueller, director del FBI en el 2004, durante una conferencia de prensa. Mueller es el fiscal especial en la investigación de la interferencia de Rusia en la elecciones.
Robert Mueller, director del FBI en el 2004, durante una conferencia de prensa. Mueller es el fiscal especial en la investigación de la interferencia de Rusia en la elecciones. NYT

WASHINGTON — Mucho antes de las acusaciones formales de la semana pasada a dos exmiembros del círculo cercano del presidente Donald Trump, las expectativas de la izquierda política sobre la investigación rusa estaban en un punto álgido.

Los demócratas predijeron que el fiscal especial, Robert Mueller, rompería con cincuenta años de políticas y procesaría a un presidente en funciones. Un panel de MSNBC sopesó cómo arrestarlo si se negaba a abandonar la Casa Blanca (respuesta: “En algún momento, va a tener que salir”).

Mueller, un republicano de toda la vida que se ha vuelto un héroe improbable de la resistencia anti-Trump, tiene ante sí una serie de decisiones cruciales en los próximos meses. ¿Le enviará un citatorio al presidente? ¿Recomendará cargos? ¿Escribirá un informe público? Cada pregunta podría ayudar a influir en las elecciones intermedias y moldear el futuro de la presidencia misma.

Para darnos una idea sobre qué hará, aquellos que lo conocen desde hace años dicen que no hay que prestar atención a la mitología que se ha construido desde el nombramiento de Mueller hace quince meses. Más bien hay que ver sus cuatro décadas de servicio público.

A medida que fue ascendiendo de fiscal litigante a alto funcionario del Departamento de Justicia y luego a director del FBI, su época estuvo marcada por procesos dinámicos, pero también por una deferencia en momentos clave a los precedentes, la tradición y las más importantes instituciones de gobierno. “Es un hombre que jamás se apartaría ni ligeramente de los principios fundamentales”, comentó Glenn Kirschner, quien trabajó junto a Mueller como fiscal de homicidios.

La investigación del fiscal especial ha seguido un camino familiar, según sus colegas, principalmente porque Mueller, un hombre de 74 años que no es afecto a la publicidad y que es tan conservador como su atuendo (traje negro, camisa blanca —nunca azul— con botones en el cuello), se ha apegado a su metodología.

“Es el mismo de siempre”, comentó Marilyn Hall Patel, una jueza federal jubilada de San Francisco. “Firme, mesurado, cauteloso”.

Poco después de asumir el puesto como fiscal federal de San Francisco en 1998, recordaron sus excolegas, Mueller les pidió a todos los supervisores en funciones que renunciaran. De inmediato, envió un correo electrónico a todo el Departamento de Justicia en el que anunciaba: “los siguientes puestos han quedado vacantes”, y enumeró todos los empleos importantes relacionados con la fiscalía en el norte de California.

A muchos en la oficina les pareció brusco y desmoralizador. Sin embargo, Mueller les dijo a sus colegas que había aprendido un estilo de gestión hacía décadas como comandante de pelotón de la Marina: no puedes obligar a la gente a cumplir con cosas que es incapaz de hacer. En lugar de presionar a sus empleados, prefería apresurarse a reunir al mejor equipo imaginable, incluso si su método fue perturbador.

Como fiscal especial, Mueller reclutó fiscales talentosos de todo el país y llenó la oficina con colegas de confianza de toda la vida así como con fiscales jóvenes con carreras admirables. “Si tienes oportunidad de trabajar con él y aprender, hazlo”, recomendó Melinda Haag, exfiscal federal en Los Ángeles a quien Mueller llamó para que ocupara la jefatura de delitos de cuello blanco.

Mueller no fue la elección obvia para dirigir la fiscalía de San Francisco durante el gobierno de Clinton. Esos empleos por lo general están destinados a abogados con influencias políticas, y la senadora demócrata de California Barbara Boxer había conformado a un comité de selección a fin de que recomendara candidatos.

Mueller pertenecía al partido equivocado y había sido uno de los principales funcionarios del Departamento de Justicia durante el gobierno de George H. W. Bush. Sin embargo la fiscalía de San Francisco estaba a la deriva y los fiscales de carrera en el Departamento de Justicia en Washington recomendaron a Mueller para el puesto. Además, aunque Boxer se inclinaba por los candidatos liberales que diversificaban la fuerza laboral, la presidenta de su comité, Cristina C. Arguedas, conocía y respetaba a Mueller desde que era un joven fiscal y ella defensora pública.

“Era muy irónico, yo frente a Barbara Boxer diciendo: ‘Tienes que darle este nombramiento tan deseado a este tipo blanco y heterosexual que además es un republicano de hueso colorado’”, recordó Arguedas.

Patel mencionó que ella también recomendó a Mueller a los altos mandos del Departamento de Justicia sin muchos aspavientos. “Soy demócrata. Él es republicano”, recalcó Patel. “Sin embargo, es un tipo distinto de republicano, del tipo que recordamos”

— Muévete rápido

Como fiscal general de la nación durante el gobierno de Bush, Mueller supervisó las investigaciones de alto perfil del bombardeo de Lockerbie, el procesamiento del capo del crimen John Gotti y el creciente escándalo de corrupción financiera del Banco de Crédito y Comercio (BCCI).

Posteriormente, dio un retroceso mayúsculo cuando regresó a la procuración de justicia de primera línea. Se convirtió en fiscal de homicidios en Washington, una ciudad que todavía se tambaleaba debido a la violencia de la epidemia del crack de los ochenta y principios de los noventa.

“Me fascina todo lo que tiene que ver con investigaciones”, dijo alguna vez, reflexionando sobre ese periodo. “Me encanta la ciencia forense. Me apasionan las huellas y los cartuchos percutidos de bala y todo lo demás”.

Exige lo mismo a sus subordinados, quienes espera se sumerjan en los detalles. “Una de las cosas que lo enfurecían era que alguien llegara a una reunión informativa mal preparado”, recordó John S. Pistole, exsubdirector del FBI. “O peor aun, que apareciera sin estar debidamente preparado y actuara como si lo estuviera”.

La exigencia de detalles es particularmente extenuante porque Mueller es famoso por su impaciencia. Las reuniones no son informales con café para todos e intercambio de ideas; se sigue una agenda estricta y luego se dan por terminado. Mueller cree que las reuniones no deben durar más de quince minutos.

Además, también espera que los casos avancen con rapidez. Mueller tiene poca tolerancia tratándose de los fiscales que se andan por las ramas y pierden el hilo.

Se puede decir que, casi en todos los sentidos, Mueller ha dirigido la investigación independiente más breve y exitosa del Washington moderno. En tan solo un año, ha procesado a 25 rusos por tratar de influir en una elección estadounidense; además, logró sentenciar al presidente de campaña de Trump y obtener declaraciones de culpabilidad de dos asistentes de campaña y de un exasesor de seguridad nacional.

Los procuradores del fiscal especial trabajan hasta tarde y los fines de semana, otra característica del estilo de Mueller. Como fiscal de Estados Unidos, se le veía en los pasillos muy temprano por la mañana y de nuevo hasta la noche, observando quién estaba marcando la hora de salida en el reloj. Durante muchos años como director del FBI, llevó a cabo reuniones informativas dos veces al día, lo cual obligaba a agentes y analistas de todo el país a tener horarios de trabajo largos y extraordinarios para estar al día con sus demandas de información.

— Conoce tus funciones

Cuando Mueller se enteró de que los funcionarios de la CIA estaban usando el ahogamiento simulado con los prisioneros, encerrándolos en ataúdes, encadenándolos a muros y privándolos del sueño durante días, ordenó a sus agentes del FBI no participar y se hizo famoso por ello.

Para los demócratas y los defensores de los derechos humanos fue una respuesta digna de alabanza pero, en última instancia, evasiva. Después de todo, el FBI, tiene la autoridad para investigar la tortura y el maltrato en las cárceles.

“¿Por qué no tomó medidas más sustantivas para detener las técnicas de interrogatorios que sus propios agentes del FBI le decían que eran ilegales?”, le preguntó el representante demócrata de Florida Robert Wexler en 2008.

Para Mueller, la respuesta era obvia. El Departamento de Justicia había declarado que las tácticas de la CIA eran legales y no era su trabajo impugnar esa conclusión.

“Tenía que haber fundamentos jurídicos para que investigáramos”, le dijo a Wexler. “Y por lo general esos fundamentos jurídicos nos los da el Departamento de Justicia”.

Los temas delicados o las cuestiones constitucionales, les recordó Mueller a sus colegas del FBI, es mejor dejarlos en manos de la “Dama de la Justicia”.

“Sus antecedentes como fiscal están profundamente enraizados en él”, comentó Pistole, su exsubdirector. “Un elemento clave para él era: ¿cuál es el precedente?”.

Existen pocos precedentes para el caso que Mueller tiene entre manos, pero las políticas jurídicas de cincuenta años del Departamento de Justicia dictan que los presidentes en funciones no pueden ser procesados. El Congreso, con su poder para llevar a cabo un juicio político, puede procesar al presidente, pero no el Departamento de Justicia.

Así que cuando el abogado de Trump, Rudy Giuliani, anunció que le habían asegurado que Mueller se apegaría a esa política, a aquellos que han conocido a Mueller desde hace años les pareció sincero.

“Si el Departamento de Justicia tiene una opinión jurídica que dice que no debes procesar al presidente, sentirá que tiene que cumplirla”, confirmó Arguedas. “Porque ese es su trabajo. No es un tipo que diga: ‘No me importa esa opinión jurídica’”.

Pistole agregó: “No está buscando impulsar una nueva teoría jurídica”.

Tal vez esa sea la razón por la cual Mueller ha permitido que las negociaciones para concluir si citará a Trump se alarguen más de ocho meses. Forzar las cosas con un citatorio pondría a prueba los límites del poder ejecutivo y Mueller no hace ese tipo de cosas a la ligera.

— Aléjate

Mueller no ha dado entrevistas ni llevado a cabo conferencias de prensa durante su mandato como fiscal especial. Ni siquiera lo hizo cuando sus procuradores revelaron hasta el último detalle de los esfuerzos de Rusia para influir en la elección presidencial de 2016, Mueller dejó que fuera su subprocurador general, Rod Rosenstein, quien hablara.

Se le ha escuchado con tan poca frecuencia que, cuando Robert De Niro y Kate McKinnon lo representaron en “Saturday Night Live”, ninguno intentó siquiera imitar su voz. Para ser alguien que ha pasado más de una década en algunos de los puestos más importantes de Washington, a Mueller se le ve con mayor frecuencia en breves videos de archivo o viejas fotografías.

Mueller tiene muchas opciones para poner fin a la investigación, pero Giuliani, el abogado del presidente, ha dicho que Mueller planea emitir un informe de sus hallazgos, si bien el fiscal especial nunca ha confirmado esa vía. Un informe como ese —en especial, uno largo y dañino como el que hizo público el fiscal independiente Ken Starr sobre el presidente Bill Clinton— aumentaría las posibilidades de un espectáculo en el Congreso.

No obstante, la ley de fiscal independiente que permitió un informe tan detallado en el caso de Clinton ya expiró y conforme a las normas del Departamento de Justicia que sustituyen esa ley, Mueller solo debe enviar un resumen breve y confidencial de su investigación a Rosenstein.

A Mueller le va mejor un final menos rimbombante. Prefiere que sean los documentos los que hablen por sí solos, y como fiscal y director del FBI, dicen sus colegas, por lo general eliminaba las exageraciones y los adornos en sus comentarios públicos preparados.

Mueller siempre ha preferido dejar que otros sean los que hablen. Si, como fiscal especial, descubre evidencias de que Trump cometió un delito, sus excolegas dicen estar seguros de que tratará de hacer que Trump asuma su responsabilidad. No obstante, si las pruebas no son claras, dicen, no se sentirá obligado a contar una historia solo porque se relaciona con el presidente.

“Tuvimos casos que eran de alto perfil y que preferimos no procesar debido a que las pruebas no los sustentaban”, explicó Haag, exfiscal, quien no dio ejemplos. “La institución se habría beneficiado de presentar esos casos, pero eso no le importaba en absoluto”.

Pistole y otros mencionan que no dudan en que a Mueller le han molestado los tuits de Trump en los que acusa al FBI y al Departamento de Justicia —dos agencias a las que ha dedicado su vida— de ser parte de un complot del “Estado profundo” en contra de su presidencia.

¿Qué dice de los comentarios del presidente sobre Mueller y su equipo en lo personal? “No me sorprendería que no prestara atención a todo eso”, manifestó Haag. “No me sorprendería si le entrara por un oído y le saliera por el otro”.

Fiel a la forma, Mueller ha demostrado que está interesado en investigar los tuits de Trump cuando puedan ser pruebas de un delito. Todo lo demás es solo ruido de fondo.

“Va a descubrir lo que haya que descubrir y lo dirá de la manera más directa y neutral posible”, afirmó Arguedas. “Y luego va a irse, porque su trabajo habrá terminado. No va a ir a programas de entrevistas ni tampoco va a escribir un libro”.

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