Trasfondo

Las protestas en Alemania demuestran la nueva fuerza de la extrema derecha

Bjoern Hoecke, líder de Alternative for Germany, AfD, durante una marcha organizada por grupos nacionalistas en protesta por el asesinato de un hombre alemán akegadamente por inmigrantes sirios e irakíes.
Bjoern Hoecke, líder de Alternative for Germany, AfD, durante una marcha organizada por grupos nacionalistas en protesta por el asesinato de un hombre alemán akegadamente por inmigrantes sirios e irakíes. AP

Ondeando banderas alemanas, con algunos integrantes que hacían el saludo nazi, la furiosa multitud se abrió paso por las calles, yendo tras transeúntes de tez oscura mientras los policías, superados ampliamente en número, se mostraron demasiado temerosos como para intervenir.

Anas al Nahlawie, un refugiado sirio y padre de dos niños, observó horrorizado desde el balcón de un amigo en un cuarto piso. Estaban cazando en grupo a inmigrantes iguales a él, narró. “Como lobos”.

Durante algunas horas peligrosas a lo largo de dos días esta semana, la multitud se apoderó de las calles de Chemnitz, donde el enojo estalló después de que se corrió la voz de que dos solicitantes de asilo, un iraquí y un sirio, eran sospechosos de haber perpetrado un ataque con arma blanca y asesinado a un hombre alemán durante las primeras horas del domingo.

Chemnitz, una ciudad de aproximadamente 250,000 habitantes en el este de Alemania, tiene un historial de manifestaciones neonazis. Generalmente atraen a varios cientos de personas de los márgenes de la sociedad, así como contramanifestaciones mucho más concurridas, según funcionarios de la ciudad. Esta vez, la multitud era de casi 8,000 personas. Aunque la manifestación fue dirigida por varios cientos de neonazis identificados, al parecer se unieron a ella miles de ciudadanos comunes y corrientes. Además, se planean más marchas para el sábado.

La ciudad jamás había presenciado algo así y, hasta cierto punto, tampoco se había visto en la Alemania posterior a la Segunda Guerra Mundial. El alboroto ahora ha alcanzado su cuota máxima en la demostración de odio antinmigrante que ha crecido mientras Alemania tiene problemas para absorber a casi un millón de solicitantes de asilo que llegaron al país después de que la canciller Angela Merkel decidió abrir las fronteras en 2015.

Esa decisión dividió drásticamente a Alemania, y los críticos pronto argumentaron que el gobierno de Merkel había perdido el control de la situación. Tres años después, el problema que enfrenta el gobierno es no poder controlar las represalias antinmigrantes.

Los neonazis se están volviendo más audaces y más fuertes, y están mejor organizados, dicen funcionarios y sociólogos. El partido Alternativa para Alemania (AfD, por su sigla en alemán), de extrema derecha, es una potencia creciente en el Parlamento —otro impacto al sistema— y ha comenzado a normalizar sentimientos de furia contra los inmigrantes que antes no se habrían expresado en voz alta, y los han convertido en parte de la cultura dominante.

Ante esta extrema derecha recientemente asertiva, Chemnitz se ha convertido en una prueba para la autoridad del Estado. Algunos dicen que incluso se ha vuelto un reto para la democracia alemana de la posguerra.

“Están desafiando nuestro Estado democrático de una manera que no se había visto antes”, dijo una mañana reciente Barbara Ludwig, la alcaldesa de Chemnitz, una socialdemócrata, sentada en su oficina en el segundo piso del ayuntamiento. “Debemos superar esta prueba”.

Eso es precisamente lo que ven los grupos responsables por el desorden de esta semana: un momento clave que quieren aprovechar para cambiar el rumbo de Alemania.

Benjamin Jahn Zschocke, de 32 años, uno de los dirigentes de Pro Chemnitz, el movimiento ciudadano nacionalista que participó en la marcha del lunes, describió los sucesos de esta semana como un punto de quiebre, y sugirió dos paralelos históricos.

Así como la muerte de un estudiante durante una manifestación en 1967 desató disturbios generalizados y terminó por detonar un levantamiento estudiantil que marcó el comienzo de la era progresista liberal en el oeste de Alemania, el asesinato en Chemnitz marcaría el inicio de un periodo de resistencia por parte de la extrema derecha, predijo.

Y así como en 1989, cuando miles —incluyendo a sus propios padres— salieron a las calles para exigir el fin del comunismo, las marchas de esta semana tuvieron como propósito acabar con un “sistema fallido”, comentó.

“La gente estaba harta del sistema en ese entonces y ahora está cansada de nuevo”, dijo. Agregó que jamás había votado y que no creía en la democracia parlamentaria.

Los neonazis tienen una larga tradición de organizar manifestaciones en Chemnitz, dijo la alcaldesa. Durante años, han salido a las calles el 5 de marzo para conmemorar el día en que la ciudad fue bombardeada por fuerzas aliadas en 1945. “Pero siempre eran cientos de ellos, y la contramanifestación siempre era más grande”, dijo Ludwig.

Esta semana fue distinto.

“Esta mezcla de activistas de extrema derecha y votantes de la AfD fue algo nuevo”, dijo Hajo Funke, politólogo de la Universidad Libre de Berlín y experto veterano de la extrema derecha.

La Alternativa para Alemania obtuvo el 27 por ciento en el estado oriental de Sajonia, donde se ubica Chemnitz, en la elección nacional del año pasado. Gracias a ese éxito, los activistas de la extrema derecha han podido canalizar los temores y el descontento de los electores y, a menudo por medio de las redes sociales, han movilizado multitudes que hace unos años habrían sido impensables, comentó Funke.

Los sucesos en Chemnitz, dicen analistas, demuestran la relación simbólica entre los neonazis y la Alternativa para Alemania, que se distancia oficialmente de ese tipo de grupos.

El partido ha hecho mucho por normalizar el lenguaje de la extrema derecha. Si las consignas escuchadas en las calles de Chemnitz esta semana —desde la “prensa embustera” hasta “Alemania para los alemanes”— han perdido su poder de impacto, se debe a que algunas variantes de esas frases ahora se escuchan con frecuencia en el Parlamento.

“Tenemos un sólido entorno neonazi en Alemania oriental, pero también tenemos una fuerte corriente de extremismo de derecha en toda Alemania, no solo en el Parlamento, sino en la sociedad”, dijo Matthias Quent, quien dirige un instituto que estudia la democracia y la sociedad civil en el estado oriental de Turingia.

Por eso es que la extrema derecha se siente tan segura, comentó: “Creen que ha llegado su momento”.

Las redes sociales desempeñaron un papel significativo en la movilización de las multitudes.

En cuestión de horas después del apuñalamiento del domingo, hinchas del fútbol que tienen vínculos con los neonazis publicaron un llamado en línea: “Demostremos juntos quién decide en esta ciudad”.

Pronto los rumores comenzaron a circular. La víctima había defendido a una mujer que el asesino había acosado sexualmente. Una segunda víctima había muerto en un hospital. Ninguna de estas noticias era cierta. Pero en cuestión de horas, cerca de 800 manifestantes estaban en las calles, superando en número a la policía en una proporción de diez a uno.

La AfD rápidamente participó. “Cuando el Estado ya no puede proteger a sus ciudadanos, estos salen a la calle y se protegen ellos mismos”, dijo Markus Frohnmaier, legislador del partido, mediante una publicación en Twitter. “¡Hoy, es un deber ciudadano detener la mortífera ‘migración de atacantes con armas blancas’!”.

El lunes, el número de manifestantes aumentó diez veces, y de nuevo tomaron por sorpresa a la policía, poco preparada; además, otra vez llegaron a los encabezados con escenas de disturbios y batallas callejeras. Otra marcha organizada el jueves fue mucho más pequeña, y en su mayor parte pacífica, después de que la policía local obtuvo refuerzos de las unidades federales.

Las movilizaciones en masa enfatizan un aumento preocupante en el margen extremista que durante muchos años se subestimó —según algunos, deliberadamente— y fue ignorado por las autoridades alemanas.

El sentimiento de inseguridad fue palpable esta semana en Chemnitz a través de vecindarios y comunidades.

En el lugar del asesinato del domingo, a muy poca distancia del Ayuntamiento, Wolfgang Grosser, de 61 años, y su esposa, Sabine, estaban encendiendo una vela. Conocían a la víctima. Era amigo de su hijo, y alguna vez los ayudó a mudarse de casa.

“No se merecía esto”, dijo Grosser. “Era una persona de excelente calidad humana”.

“Ya no nos sentimos seguros en nuestra ciudad”, dijo, mientras los transeúntes asentían amargamente.

“Ya nadie se molesta en llamar a la policía”, dijo Grosser. “Están totalmente abrumados y de cualquier manera no vienen. ¿De qué sirve?”.

(Christopher F. Schuetze y Karam Shoumali colaboraron con el reportaje desde Berlín).

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