Mediante acuerdos con el vaticano y demoledoras, China se propone controlar el cristianismo
PEKÍN — A lo largo de los últimos dos años, los casi 60 millones de cristianos en China han sentido el poder de un gobierno recientemente asertivo y dispuesto a someter su fe.
Las autoridades han demolido cientos de iglesias protestantes, derribando cruces de chapiteles y desalojando congregaciones. Los católicos romanos han enfrentado medidas similares, pero el gobierno adoptó un enfoque distinto a lo largo del fin de semana, llegando a un acuerdo diplomático que, según funcionarios del Vaticano, fue un avance histórico, el primer reconocimiento formal por parte de Pekín de la autoridad del papa en las iglesias católicas de China.
Sin embargo, la meta de Pekín en el acuerdo parece ser la misma que con las demoliciones de las iglesias: obtener más control sobre la rápida propagación del cristianismo, la única fe extranjera en ganar una posición establecida y permanente en China desde la llegada del budismo hace dos milenios.
“Estamos en un momento decisivo”, dijo Ying Fuk-tsang, director de la facultad de Teología en la Universidad China de Hong Kong. “La administración siente que el gobierno ha sido demasiado laxo en el pasado y ahora quiere aumentar la presión”.
Bajo el acuerdo firmado el sábado, el papa Francisco reconoció la legitimidad de siete obispos designados por Pekín a cambio de poder decidir cómo se nombrará a los próximos obispos chinos.
El Partido Comunista gobernante considera que el consenso con el Vaticano es un paso hacia la eliminación de las iglesias clandestinas donde los católicos chinos que se rehúsan a reconocer la autoridad del partido han practicado su religión durante generaciones. Ahora que el papa reconoce a todos los obispos y que el partido controla y aprueba el clero en las iglesias católicas oficiales, es posible que las iglesias clandestinas no tengan razón de existir.
La decisión es una porción de un impulso más grande por parte del gobierno para restringir todos los aspectos de la sociedad desde que Xi Jinping se hizo del poder como líder del partido en 2012. Xi ha presidido medidas severas y exhaustivas contra la corrupción, las organizaciones cívicas y el periodismo independiente, pero su enfoque en torno a la religión ha sido más selectivo.
Puesto que muchos chinos buscan valores y tradiciones en medio de un periodo caótico y a veces confuso de transformación económica, Xi ha alentado el crecimiento de algunas religiones, como el budismo y el taoísmo, incluso mientras toma medidas para asegurar que se apeguen a los estándares del partido. El mes pasado, el famoso monasterio shaolin de China izó la bandera nacional por primera vez en su historia de 1500 años.
Xi ha adoptado una postura mucho más severa respecto del islam, que las autoridades asocian con el desafío de gobernar a minorías étnicas, algunas de las cuales han acogido a grupos terroristas o separatistas en el lejano oeste de China. El gobierno está deteniendo a grandes números de musulmanes para reeducarlos, su programa de internamiento más extenso desde la era de Mao.
El cristianismo plantea un conjunto distinto de desafíos. Se ha expandido con más velocidad entre los profesionistas de cuello blanco en las ciudades más grandes y las regiones más prósperas de China, muchos de los cuales practican en iglesias clandestinas fuera del control gubernamental, y las tácticas del gobierno reflejan los destinos opuestos de sus ramas.
Se espera que varios obispos clandestinos en China, entre ellos dos populares obispos en partes fervientemente católicas del país, dimitan para abrir camino a los obispos que designó Pekín a lo largo de la última década y a los que el papa ha aceptado reconocer. A cambio, el papa participará en la designación de nuevos obispos. Hay casi cien obispos y prelados en China, incluyendo los clandestinos y los autorizados, así como una decena de puestos vacantes.
No está claro cómo funcionará exactamente. Ambos bandos han dicho que el acuerdo firmado el sábado es preliminar y ninguno ha dado más detalles. Sin embargo, parece probable que se imponga algún sistema informal de veto. El Vaticano podría rechazar a candidatos sugeridos por las autoridades chinas, aunque principalmente mediante consultas reservadas en vez de una votación formal.
A la larga, podrían restaurarse los lazos diplomáticos entre Pekín y el Vaticano.
Algunos chinos católicos consideran que eso será de ayuda para una Iglesia que no ha podido responder a los tiempos cambiantes. China rápidamente se está urbanizando, por ejemplo, pero muchos católicos rurales encuentran poco acercamiento con la comunidad cuando migran para aceptar empleos en las ciudades. Una Iglesia unificada podría abordar ese problema.
“Creo que, si ayuda a unir a la Iglesia, entonces es algo bueno”, comentó You Yongxin, un escritor católico que vive en la ciudad oriental de Fuzhou. “Si el papa está convencido de que puede designar a buenos obispos mediante este acuerdo, entonces debemos confiar en que lo hará”.
En efecto, si se lleva a cabo como lo han anunciado, el acuerdo le daría a la Iglesia un papel formal por primera vez en casi 70 años en lo que respecta la designación del clero en las iglesias que controla el partido en China. Esa sería una concesión significativa por parte del gobierno. En contraste, Pekín no le da al Dalai Lama, el líder espiritual de los budistas tibetanos, ninguna autoridad en la designación de monjes o abades.
Aun así, el acuerdo les pareció impactante a muchos católicos chinos.
El reverendo Paul Dong Guanhua, un obispo autordenado de la iglesia clandestina en la ciudad de Zhengding, al norte de China, dijo que no tenía sentido que Pekín firmara ningún acuerdo que pudiera reforzar a la Iglesia.
“Bueno, si hay un acuerdo, no hay otra alternativa”, dijo mediante una entrevista telefónica. “Pero me parece absurdo y me pregunto cuántos católicos están de acuerdo con esta decisión”.
No pudimos comunicarnos con otros miembros prominentes del clero clandestino para que hicieran comentarios al respecto, como Guo Kijin, uno de los obispos que según informes tendría que dimitir bajo el nuevo acuerdo. En una entrevista a principios de este año, Guo dijo a The Times que dimitiría si el papa se lo pidiera.
Roma también tendrá que ganarse a los católicos escépticos en Taiwán y Hong Kong, dijo Lawrence C. Reardon, profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de New Hampshire que estudia las relaciones entre Pekín y el Vaticano.
Muchos, como Joseph Zen, el cardenal retirado de Hong Kong, se han opuesto abiertamente a un acuerdo con Pekín, pues afirman que no se puede confiar en el Partido Comunista.
“Este es el primer paso en una danza que continuarán”, dijo Reardon. “También es la reconciliación de la prominente Iglesia china”.