Trasfondo

Ciudad del Vaticano, sede de la Santa Iglesia Católica

Vista aérea de la Plaza de San Pedro en el Vaticano, Roma.
Vista aérea de la Plaza de San Pedro en el Vaticano, Roma.

Se ha dicho muchas veces que la Ciudad del Vaticano es el estado soberano más pequeño del mundo. Y debe ser cierto porque su extensión no llega a los 110 acres, tiene menos de mil habitantes y está protegido por apenas 90 guardias suizos. Pero no siempre fue así. Antes de la unificación italiana de 1870, el Papado controlaba gran parte del centro de Italia. Sin embargo, cuando esos territorios entraron a formar parte de la nueva Italia, el Papa Pío IX tuvo que retirarse al Vaticano casi como un virtual prisionero. No fue hasta 1929, mediante el Tratado de Lateran, que el Vaticano se convirtió en un Estado independiente, sede de la Santa Iglesia Católica. Así ha sido desde entonces.

Hoy los fieles católicos del mundo saben que han llegado a su Santa Sede, destino final de su peregrinación, cuando al cruzar el puente de San Angelo pueden ver la imponente Plaza de San Pedro antecediendo la Basílica, corazón espiritual de su Iglesia. Si son de los que acostumbran venir caminando desde el centro de Roma, pueden detenerse un momento justo donde comienza la Avenida de la Conciliación, a un costado del río Tíber. Desde allí, por abarcadora, la vista es impresionante. Y es que al final de esa avenida pueden verse, en forma de elipse y coronadas de estatuas, las columnatas de Bernini rodeando con su marmóreo resplandor el Obelisco Egipcio. Un anticipo de la grandiosidad que aguarda por ellos bajo los abovedados espacios de la Basílica que, a lo lejos, se levanta donde fue enterrado San Pedro.

Fue el emperador Constantino quien ordenó que se construyera el templo sobre su tumba. Su estructura original, que se mantuvo intacta por más de mil años, comenzó a reconstruirse en los años 1400 por órdenes del Papa Nicolás V. En el siglo XVII, Carlo Maderno fue comisionado para agrandar la iglesia, lo cual hizo alargando la nave principal, que tomó entonces la forma de una Cruz Latina. Los trabajos terminaron en 1614, ya con su imponente fachada actual que consta de cinco puertas, siendo la más importante de ellas la Puerta Santa, situada a la derecha y que sólo se abre en ocasiones especiales. En el centro está la Puerta Filareta, con sus impresionantes relieves de bronce. A la izquierda, amenazadora como su nombre, está la llamada Puerta de la Muerte.

Y si la Plaza y la fachada de la Basílica impresionan por la amplitud de la primera y la magnificencia renacentista y barroca de la segunda, el interior de la iglesia sobrecoge el ánimo. No en balde es la iglesia más grande del mundo. La amplitud arquitectónica de sus espacios, la elaborada decoración de sus mármoles y los detalles en oro de sus mosaicos, abruma al visitante. Pero no se trata sólo de su belleza estética; que provoca estupor. Lo que más asombra es la inexplicable sensación de paz que se siente al entrar en ella. No hay que ser un creyente para sentirla. Puedo asegurar que es la misma sensación que se siente en el Santuario de Lourdes, o en el Santo Sepulcro de Jerusalén. Pero no sabría describirla. Es como tener un nudo en el corazón y muchas ganas de llorar. Así es de catártica.

En cuanto se entra, a la derecha, está uno de los más grandes tesoros del Vaticano: la famosa obra de Miguel Ángel, la Pietá. Es algo que no debe dejar de verse. No hay que ser un crítico de arte para admirar esta maravilla. La perfección de las formas es asombrosa. Los dobleces en los pliegues de la manta de la virgen alcanzan un realismo nunca visto en una escultura. Y aunque la pureza del rostro de María es conmovedora, es el cuerpo exánime de Jesús sobre el regazo de la madre lo que convierte esta pieza en una obra de inspiración casi divina.

Más adelante, en el centro de la sala principal, está el altar papal cubierto por el dosel de bronce de Bernini con sus famosas columnas torcidas. Y en la tribuna, refulgente, el Trono de San Pedro, otra obra de arte de Bernini. A la derecha del altar está la entrada a la Gruta del Vaticano, a la cual se accede por una estrecha escalera. Aquí están no sólo las tumbas de los Papas, sino la del propio San Pedro. Al salir de la gruta se pueden adquirir los boletos para subir a la cúpula de Miguel Ángel. Desde lo alto, no sólo pueden verse los hermosos Jardines del Vaticano y los apartamentos papales, sino una de las vistas más espectaculares de Roma. Al otro lado del Tíber, en un triple contraste de tonalidades, puede verse el verdor de Villa Borghese, la pétrea oquedad del Panteón y la blancura marmórea del monumento a Víctor Manuel II. Son vistas que abarcan a Roma en toda su grandiosidad multicolor.

Al salir de la Basílica, si se dobla a la izquierda en la primera calle, se llega al Museo del Vaticano. Es una visita obligada. Todos la cumplen. Hasta los que viajan en peregrinaje espiritual. Y es que en las salas de este museo está en exhibición la historia misma del cristianismo. Está escrita en sus manuscritos, evidenciada en sus reliquias y reflejada en sus frescos. Sus propósitos son múltiples: artísticos, culturales, históricos y religiosos. Por eso todos lo visitan.

La mejor manera de hacerlo, si se tiene en cuenta que consta de 1400 cuartos y 20 patios interiores, es dedicarle un día entero. Y ni aun así es posible cubrirlo todo. Son tantas las encrucijadas que, entre las salas de arte etrusco, las de arqueología, las de pinturas renacentistas, las de mapas y manuscritos antiguos, o las dedicadas a Egipto, se puede perder el rumbo. Pero no hay que temer. Al final, todos lo caminos conducen a la Capilla Sixtina.

A la Capilla Sixtina se llega casi de casualidad. No hay espectacularidad en su aparición; sólo sorpresa. Se abre una pequeña puerta y ahí está. En todo su esplendor pictórico. Uno no sabe hacia donde mirar. Si lo hace hacia las paredes, podrá ver los frescos que recrean las vidas de Moisés y Cristo en doce paneles pintados por los artistas más importantes del siglo XV: Botticelli, Perugino y Rosselli. Y si mira hacia el techo, verá una de las obras maestras de Miguel Ángel: nueve pinturas rectangulares representando escenas del Antiguo Testamento, entre las que se encuentran la Creación del Universo, la Separación de la tierra y el mar, la Creación de Adán y Eva y la Expulsión del Paraíso. Pero es al volver la vista hacia la pared del fondo cuando se produce el verdadero deslumbramiento. Allí está el dramático Juicio Final de Miguel Ángel. Hay que retroceder unos pasos para apreciarlo en su totalidad. Son casi 400 figuras esparcidas en un firmamento visual de proporciones bíblicas. En el centro, la figura de Cristo, el Juez, dominándolo todo. Y a su alrededor, decenas de ángeles y mártires, mostrando los signos de sus martirologios. En las escenas de la izquierda, los elegidos ascienden al cielo; en las de la derecha, los condenados son arrastrados hacia el infierno. Es tanto el dramatismo del conjunto pictórico que nadie se mueve de su lugar. Todos quieren grabarse la escena en la memoria. Es imposible. Las exclamaciones de admiración suben de tono. Al final, los hujieres piden silencio y señalan la salida. No hay espacio y otros esperan para entrar.

Después de ver la Capilla Sixtina, no hay aliento para más. Al salir, ya uno no es el mismo. Para los creyentes, la representación visual de la Creación y de las Santas Escrituras que acaban de ver, es una reafirmación más de su fe. Por eso, cuando emprenden el camino de regreso, se detienen por última vez en la Plaza y miran hacia un edificio carmelita que se alza detrás de las columnatas de la derecha, donde se encuentran los apartamentos papales. Y aunque no lo dicen, lo hacen con la esperanza de ver al Papa Francisco, Obispo de Roma y sucesor de San Pedro. Todos saben cual es la ventana desde la que, cada domingo, bendice a los fieles. Hoy esa ventana está cerrada. Pero volverá a abrirse mañana.

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