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Trasfondo

El monumento al Maine: restaurado, sí; pero ¿dónde está el águila?

¿Volverá algún día a ser colocada sobre el monumento -una vez que simbólicamente se unan sus divididas partes- el águila derribada por la Revolución?
¿Volverá algún día a ser colocada sobre el monumento -una vez que simbólicamente se unan sus divididas partes- el águila derribada por la Revolución?

Un poco después del histórico anuncio del restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre Cuba y los Estados Unidos, el Monumento a las víctimas del Maine, que se levanta en el malecón de La Habana, comenzó a ser remozado. Para cuando Roberta Jacobson, Secretaria de Estado Adjunta para Asuntos del Hemisferio Occidental, llegó a La Habana para la primera ronda de conversaciones, ya las columnas de mármol del monumento habían sido pulidas y sus canteros replantados. De repente, después de años de abandono, se repellaron las fuentes dañadas y los cañones recibieron una necesitada mano de pintura antioxidante. Era como si en la Oficina del Historiador de La Habana, organismo a cargo de las obras de remozamiento, intuyeran la nueva era que se avecinaba. O quizás solo cumplía las órdenes del Buró Político: había que estar preparados.

En realidad no fue una verdadera restauración; como debió haber sido. Apenas unos baldes de agua por aquí; unos brochazos por allá. Tal vez no les convenía apresurarse tanto. Después de todo, en un año habría elecciones en Estados Unidos y Obama, estando en su segundo mandato, no podría aspirar. Cauteloso, el gobierno cubano debió preguntarse ¿Y si ganan los republicanos? Sería mejor esperar los resultados. Por eso no se atrevieron a colocar la tarja original con la Resolución Conjunta del Congreso de los Estados Unidos que decía: The people of the Island of Cuba are of right, ought to be, free and independent. Las palabras “Libre e Independiente” aun resultaban peligrosas; sobre todo si era el enemigo quien las mencionaba. Dejaron, desde luego, la colocada por ellos: “A las victimas de El Maine, que fueron sacrificadas por la voracidad imperialista en su afán de apoderarse de la isla de Cuba (Febrero 1989 - Febrero- 1961)”. Al parecer, todavía no era el momento de sustituir consignas; tampoco el de traer de vuelta el águila que siempre estuvo en el monumento. Limpiaron su pedestal, es cierto; pero lo dejaron vacío. ¿Dónde está el águila que lo coronaba? O mejor sería preguntar: ¿Dónde están las águilas? Porque hubo dos.

Pero primero, un poco de historia: el 15 de febrero de 1898, unos minutos antes de las diez de la noche, el acorazado USS Maine explotó en la bahia de La Habana. Murieron 266 tripulantes, cuyos cuerpos quedaron entrampados en el casco de la embarcación. Estados Unidos acusó a España de su voladura y le envió un ultimátum en el que se le exigía la retirada de Cuba. España rechazó cualquier vinculación con el hundimiento y se negó a plegarse a las demandas estadounidense. Fue así como comenzó la Guerra hispano-cubana-norteamericana, que terminaría el 10 de diciembre de 1898 mediante el Tratado de París y donde se acordó la futura independencia de Cuba, que al fin -tras cuatro años de ocupación americana- se alcanzó en 1902.

Casi un cuarto de siglo después, el 8 de marzo de 1925, entre banderas, estandartes y bandas de música, el presidente de Cuba en aquel momento, Alfredo Zayas, acompañado por un puñado de sus ministros y por oficiales del ejército y la armada de los Estados Unidos, inauguraba un monumento que a partir de ese día se conocería como “Monumento a las victimas del Maine”. El conjunto escultórico, que fue concebido por el arquitecto cubano Félix Cabarrocas y el español Moisés de la Huerta, consistía en una plaza con una larga base escalonada sobre la que descansaban, artísticamente entrelazados con las cadenas del ancla, dos cañones del acorazado. En el frente, una tarja con los nombres de las victimas; a sus lados, tres bustos: uno del presidente William McKinley, quien declaró la guerra a España; otro de Leonard Wood, gobernador de Cuba durante la primera intervención americana; y uno de Theodore Roosevelt, por su participación en la campaña del ejército americano en Oriente. Entre ambos cañones se alzaban dos columnas corintias de mármol rematadas por un pedestal que sostenía un águila de bronce.

Un año y siete meses después de aquella emotiva y pomposa inauguración, un poderoso ciclón azotó La Habana. Fue el 20 de octubre de 1926. El vórtice de aquel huracán -que después llegó a conocerse como “el ciclón del 26”- entró por el oeste de Surgidero de Batabanó, atravesó la provincia de sur a norte y salió por Bacuranao. En La Habana los daños fueron cuantiosos. Fotos de la época muestran los destrozos en el Parque Central, el Paseo del Prado, el Campo de Marte, los Muelles de Caballería y en el Monumento del Maine. En una de ellas puede verse su famosa águila -derribada por los vientos- entre los restos de las columnas que también habían sido dañadas.

Después se supo: la causa por la que el águila no soportó la fuerza de los vientos fue el caprichoso diseño vertical de sus alas. El monumento fue reconstruido y tuvo su segunda inauguración el 10 de Octubre de 1928. Para esa fecha, una nueva águila -también fundida en bronce- llegó a la Isla para reemplazar la primera; esta vez con sus alas extendidas horizontalmente para que los vientos no la dañaran. Y así fue: durante 30 años esa segunda águila enfrentó, incólume, varios huracanes. Hasta que debió enfrentar el que terminaría decapitándola: el de la revolución.

En efecto, por decreto del Consejo de Ministros con fecha 18 de enero de 1961, se acordaba modificar el grupo escultórico erigido a las víctimas del Maine, así como suprimir la tarja y eliminar el águila imperial que lo coronaba. Ni el eufemístico lenguaje utilizado lograba ocultar sus verdaderas intenciones: eliminar, borrar, destruir y derribar. Lo que al fin hicieron un mes más tarde cuando las turbas destruyeron a martillazos los bustos de los políticos americanos y la tarja con la Resolución Conjunta del Congreso de los Estados Unidos. Dejaron para el final -porque necesitaban una grúa y un ariete- el derribo de la odiada águila imperialista. Al caer desde su pedestal, la cabeza se desprendió del cuerpo que, a su vez, quedó dividido en varias partes: las extendidas alas por un lado y el pecho y la cola, todavía emplumados de bronce, por el otro. Las garras de sus patas cayeron, por separado, en unos arbustos al lado de la fuente. La multitud gritaba enardecida: “Cuba sí, yanquis no”.

Ahora, medio siglo después, a la luz del restablecimiento de relaciones entre Cuba y Estados Unidos primero, y de las nuevas medidas del presidente Trump después, es apropiado recordar el destino de ambas águilas y su posible simbolismo. El águila original, la que fue derribada por el ciclón del 26, se encuentra desde 1954 -colocada sobre un pedestal- en los jardines de la residencia oficial del embajador americano en la isla. La segunda águila, la derribada por el ciclón revolucionario de 1959, se encuentra -dividida- en dos lugares diferentes: su cabeza adorna uno de los salones de la antigua Sección de Intereses -hoy convertida en embajada- de los Estados Unidos; el resto - las alas, el pecho y las garras de sus patas- están en poder de la Oficina del Historiador de La Habana.

Y la pregunta que muchos se hacen es esta: ¿Volverá algún día a ser colocada sobre el monumento -una vez que simbólicamente se unan sus divididas partes- el águila derribada por la Revolución? Algunos, los que creían que la visita del presidente Obama provocaría cambios en la isla, pensaban que sí. Otros, los que creen que el presidente Trump debe ordenar sanciones más severas contra Cuba, piensan que no. Mientras tanto, al parecer, las águilas del Monumento a las víctimas del Maine -o lo que queda de ellas- seguirán donde mismo están ahora. Y a la espera de tiempos mejores: los de la libertad.

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