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Trasfondo

La división partidista de la nación se amplía ahora que la Corte Suprema vira hacia la derecha

El líder de la minoría del senado Chuck Schumer (D-N.Y.) junto a la senadora demócrata Dianne Feinstein (D-Calif.).
El líder de la minoría del senado Chuck Schumer (D-N.Y.) junto a la senadora demócrata Dianne Feinstein (D-Calif.). NYT

WASHINGTON — Para el presidente Donald Trump, y para los republicanos en el Senado, confirmar al juez Brett Kavanaugh como magistrado de la Corte Suprema de Estados Unidos fue una victoria política ganada con esfuerzo. No obstante, para el movimiento jurídico conservador, es una señal de triunfo, la culminación de un proyecto de décadas que comenzó en la era de Reagan con la meta ambiciosa de hacerse de una mayoría firme en el máximo tribunal del país.

Con la juramentación de Kavanaugh, la Corte Suprema será más conservadora que en cualquier otro momento de la historia moderna de Estados Unidos. Según algunos indicadores, “podríamos estar dirigiéndonos a la era más conservadora desde por lo menos 1937”, comentó Lee Epstein, profesora de Derecho y politóloga de la Universidad de Washington en San Luis.

La nueva mayoría con toda seguridad moverá la ley hacia la derecha en un sinfín de cuestiones profundamente disputadas, como el aborto, la acción afirmativa, el voto y los derechos de posesión de armas. Así mismo, es muy probable que la victoria sea duradera. Kavanaugh, de 53 años, podría ser magistrado durante décadas, y los demás magistrados conservadores son jóvenes para los estándares de la Corte Suprema. Los liberales de mayor antigüedad en la Corte no lo son. La magistrada Ruth Bader Ginsburg tiene 85 años y el magistrado Stephen G. Breyer, 80.

No habrá un magistrado con un voto decisivo a la escala de Anthony Kennedy, Sandra Day O’Connor ni Lewis F. Powell Jr., quienes forjaron alianzas con liberales y conservadores por igual. En cambio, el tribunal estará compuesto por dos bloques diferenciados: cinco conservadores y cuatro liberales. La Corte, en otras palabras, reflejará a la perfección la marcada polarización del pueblo y el sistema político estadounidenses. La lucha para poner a Kavanaugh en la Corte solo amplió esa división. El proceso de confirmación fue una pelea a puño limpio, y el nombramiento se confirmó con la fuerza pura de la voluntad política. Todo esto infligió un daño colateral a la Corte, dejándola herida y debilitada.

También dejó al magistrado presidente, John G. Roberts Jr., en una postura difícil. Adquirirá una medida adicional de poder, ya que se ubicará en el centro ideológico de la Corte que antes ocupó Kennedy, cuyo retiro en julio creó la vacante ahora cubierta por Kavanaugh. Sin embargo, Roberts debería usar ese poder con mesura si pretende reconstruir la confianza en una institución de la que se ha hablado desde hace meses casi solo en términos políticos.

Sin embargo, hay pocas dudas de que Roberts llevará a la Corte a la derecha en el largo plazo. La única interrogante será el ritmo del cambio. “Esta va a ser una Corte Suprema extremadamente conservadora”, dijo Tracey George, profesora de Derecho y politóloga de la Universidad de Vanderbilt. “Incluso si Trump no resulta reelecto y un demócrata ocupa su lugar, eso no va a cambiar”.

Los magistrados insisten en que saben discernir y aplican principios jurídicos neutros sin consideraciones políticas. Existen vastas evidencias de lo contrario, pero la legitimidad de la Corte yace en la confianza del pueblo en que, en definitiva, no es una institución política.

Esa confianza se ha puesto a prueba en ocasiones, particularmente en Bush contra Gore, la decisión del año 2000 que le entregó la presidencia a George W. Bush. En ese caso la decisión se tomó con 5 contra 4 votos, y se dividió por líneas ideológicas. No obstante, dos magistrados nombrados por republicanos estuvieron entre los que votaron en contra, lo cual quiere decir que la decisión pudo haber sido política, pero no partidista.

El propio testimonio de Kavanaugh, que incluyó fieros ataques a los demócratas, también socavó la confianza de la gente en la Corte, comentó Stephen Gillers, catedrático de Derecho de la Universidad de Nueva York.

“Le quitó la capa al Mago de Oz”, dijo. “La Corte tiene una mística propia. El comportamiento de Kavanaugh en la más reciente audiencia de confirmación hizo pedazos esa mística. Va a ser difícil para la Corte recuperarse de eso”.

En una audiencia acerca de las acusaciones sobre la conducta sexual inadecuada del nominado, un Kavanaugh grosero y molesto les faltó el respeto a los senadores que lo interrogaban. Dijo que las acusaciones eran “un golpe político calculado y orquestado” alimentado por “una venganza en nombre de los Clinton y millones de dólares en dinero de grupos de oposición externos de izquierda”.

Esa manera de hablar fue una sorprendente desviación de las opiniones críticas y respuestas pacientes y mesuradas de Kavanaugh en la primera serie de audiencias de confirmación, antes de que surgieran las acusaciones de conducta sexual inadecuada. Más bien, fue un ejemplo de su trabajo en la investigación sobre Bill y Hillary Clinton dirigida por Ken Starr como fiscal independiente y, en menor medida, de su tiempo como asesor de la Casa Blanca de Bush; en ambos casos, funciones partidistas.

Las acusaciones mismas, que Kavanaugh negó rotundamente, pero que creyó buena parte de la gente, fueron un golpe para la autoridad moral de la Corte Suprema, sobre todo porque el magistrado Clarence Thomas enfrentó denuncias de acoso sexual en sus propias audiencias de confirmación. No favorece a la reputación de la Corte que un tercer magistrado haya sido interrogado por conductas sexuales inadecuadas.

El máximo tribunal también enfrenta otros retos en un momento en que corre el riesgo de ser percibido no solo como una entidad política, sino además partidista. Kavanaugh será el quinto miembro de una mayoría conservadora rotunda, todos nombrados por presidentes republicanos. Los cuatro miembros del ala liberal de la Corte fueron nombrados por demócratas.

Esa división partidista es un nuevo fenómeno, comentó Lawrence Baum, politólogo de la Universidad Estatal de Ohio y autor de The Company They Keep: How Partisan Divisions Came to the Supreme Court, que saldrá a la venta el año próximo.

“El hecho de que las líneas ideológicas del tribunal hayan coincidido con las líneas de ambos partidos desde 2010 le ha dado a la Corte una imagen más partidista”, manifestó Baum.

Kennedy fue un conservador moderado que en ocasiones se unió a las filas del ala liberal de la Corte en casos importantes sobre cuestiones sociales divisivas. Existen pocos motivos para pensar que un magistrado Kavanaugh forje coaliciones similares.

Es poco lo que Roberts puede hacer para contrarrestar las impresiones partidistas que dejó el proceso de confirmación, explicó Gillers. “Lo mejor que puede hacer la Corte como institución es continuar como si esto nunca hubiera pasado”, sugirió.

Roberts puede tomar una medida para minimizar la controversia. Cuando está con la mayoría, como suele estarlo el 90 por ciento de las veces, decide qué magistrado escribirá la opinión mayoritaria. Será sorprendente si decide asignar, digamos, un caso sobre acoso sexual a Kavanaugh.

Algunos comentaristas han argumentado que Kavanaugh tendría que recusarse de muchos tipos de casos, incluyendo los que involucren a Trump, a los demócratas y a grupos activistas liberales. Los expertos en ética jurídica no comparten de manera generalizada esta opinión.

“No creo que los riesgos de recusación sean muy elevados”, sostuvo Gillers. “Kavanaugh hizo acusaciones generalizadas en contra de grupos grandes de personas en general. No creo que ningún miembro de esos grupos tenga bases para buscar descalificarlo. Los Clinton sí, claro está, pero muy pocos de los demás”.

Los magistrados son quienes deciden de manera personal si no participan en ciertos casos. Ginsburg ha participado en casos relacionados con Trump y su gobierno después de criticarlo públicamente durante la campaña presidencial.

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