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Trasfondo

La frontera invisible de Irlanda está marcada por las cicatrices de un pasado fracturado

Un mural en Londonderry, Irlanda del Norte. Esta frontera de nuevo se ha convertido en la manzana de la discordia ahora que el Reino Unido intenta concretar su salida de la Unión Europea (el proceso conocido como brexit).
Un mural en Londonderry, Irlanda del Norte. Esta frontera de nuevo se ha convertido en la manzana de la discordia ahora que el Reino Unido intenta concretar su salida de la Unión Europea (el proceso conocido como brexit). NYT

A lo largo de la sinuosa frontera abierta entre Irlanda del Norte y la República de Irlanda, el sendero que asciende a la montaña Cuilcagh (Binn Chuilceach) nos conduce por una serie de tablones y empinados escalones de madera hasta llegar a un mirador en la cumbre.

Después de subir los escalones, los turistas toman un descanso en este lugar mientras contemplan el paisaje de lagos, ríos y sembradíos, sin ninguna señal de división entre las dos naciones.

Al cruzar en automóvil de la República de Irlanda (que ha sido independiente desde hace casi un siglo) hacia Irlanda del Norte, la única pista de que hemos llegado al Reino Unido es que los señalamientos ya no están en kilómetros, sino en millas.

No obstante, hace no tanto tiempo, esta línea divisoria al pie de la montaña atestiguó décadas de violencia sectaria. El llamado “conflicto de Irlanda del Norte” (the Troubles, en inglés) surgió porque los republicanos (en su mayoría católicos) deseaban que Irlanda del Norte se integrara a Irlanda, mientras que los unionistas (en su mayoría protestantes) deseaban mantener sus vínculos con el Reino Unido.

Esta frontera de nuevo se ha convertido en la manzana de la discordia ahora que el Reino Unido intenta concretar su salida de la Unión Europea (el proceso conocido como brexit). Esta separación del bloque hace necesario acordar algún mecanismo para evitar que se erija una frontera física entre la República de Irlanda e Irlanda del Norte.

Si bien la frontera es prácticamente invisible, todavía es posible descubrir indicios del pasado fracturado de la isla, tanto en las tierras fronterizas como en las comunidades de Irlanda del Norte que aún sufren divisiones por motivos religiosos.

Los muros de algunas casas y tiendas despliegan orgullosos tributos a los grupos paramilitares. Banderas británicas e irlandesas ondean para expresar las distintas alianzas. Además, cada 12 de julio se organizan desfiles en las áreas protestantes para celebrar la victoria de Guillermo de Orange sobre el rey católico Jacobo II en 1690, en la batalla de Boyne.

Algunos temen que cualquier cambio en el libre movimiento entre la República de Irlanda e Irlanda del Norte reavive las tensiones sectarias que tardaron décadas en atemperarse. Tras la separación, se convertiría en la única frontera terrestre entre el Reino Unido y la Unión Europea.

Aunque el debate se ha centrado en las consecuencias políticas, económicas y de seguridad que tendría una frontera “dura”, también representaría un cambio significativo para alrededor de 30,000 personas que cruzan a diario de un país a otro y ya se han acostumbrado a hacerlo sin ninguna barrera de por medio.

En el pueblo de Pettigo, a lo largo de la frontera, hay varias casas de aduanas abandonadas que en alguna época fueron importantes para regular el comercio. Ahora, están desocupadas y la pintura de sus paredes se está descarapelando.

La frontera actual “no afecta la vida de los habitantes”, explicó la profesora Margaret O’Callaghan, historiadora y analista política de la Universidad de la Reina en Belfast. “Es cierto que son dos unidades territoriales distintas”, aseveró con respecto a la República de Irlanda e Irlanda del Norte, “pero ambas se encuentran dentro de la Unión Europea, así que la vida diaria no se ve afectada en absoluto”.

Los ganaderos viajan desde ambos lados de la línea fronteriza a un mercado de ganado de Enniskillen, en Irlanda del Norte, a unos dieciséis kilómetros de la frontera, para vender en subasta a sus animales. Muchos de ellos tienen tierras tanto en la República de Irlanda como en Irlanda del Norte.

Les preocupan más la burocracia y los costos adicionales que podría producir el brexit que la posibilidad del resurgimiento de tensiones sectarias.

La frontera no siempre fue tan invisible. En cierta época, fue un símbolo tóxico del conflicto de Irlanda del Norte, pues desde finales de los años sesenta hasta los noventa tuvo una enorme presencia militar y abundaban los puestos de control con patrullas de soldados británicos.

“La mayoría de los caminos alternativos se destruyeron con explosiones”, comentó O’Callaghan. “Se marcaron los límites”.

La frontera en sí misma es un legado de la década de 1920, cuando Irlanda obtuvo su independencia del Reino Unido.

Seis de los nueve condados de la provincia de Úlster se separaron para integrar Irlanda del Norte y seguir formando parte del Reino Unido. La sinuosa frontera de alrededor de 480 kilómetros se fijó a lo largo de canales y pantanos y, en algunos casos, a través de pueblos y granjas, sin ninguna consideración práctica, pues su único propósito era satisfacer objetivos políticos.

Después de trazada la frontera, cuando algunos habitantes se iban a dormir en su casa, “tenían la cabeza en una nación y los pies, en otra”, dijo Diarmaid Ferriter, profesor de Historia Moderna de Irlanda en University College, Dublín.

Durante el conflicto de Irlanda del Norte —una era de violencia que cobró más de 3600 vidas—, los puestos de control fronterizos fueron uno de los blancos del llamado Ejército Republicano Irlandés, constituido por fuerzas paramilitares que luchaban por una Irlanda unida. El ejército británico ocupó las calles de Belfast y otras ciudades de Irlanda del Norte, y miles de soldados se apostaron en la frontera.

Sin embargo, tras el acuerdo de paz suscrito en 1998, conocido como el acuerdo del Viernes Santo, la frontera prácticamente desapareció.

A medida que las conversaciones acerca del futuro de la frontera después del brexit se fueron estancando, algunos ciudadanos comenzaron a sentirse decepcionados por el proceso.

Chris Williams, residente del pueblo de Lack, ubicado entre Pettigo y Omagh, votó en el referendo de 2016 a favor de abandonar la Unión Europea. Ahora, dice que tiene dudas.

“Te dan atole con el dedo”, afirmó, utilizando una frase coloquial que denota mentiras. “Lo peor es que, para cuando te das cuenta, ya no hay vuelta atrás”.

Para colmo, Irlanda del Norte no cuenta con un gobierno regional, pues la coalición que lo integraba se desbarató en enero de 2017, una complicación que mantiene el ambiente político en una situación que podría describirse como la más crítica que ha atravesado desde el acuerdo del Viernes Santo.

“Sumarle el brexit solo agrava una situación que ya era de por sí complicada”, se lamentó Callaghan.

Si bien las tensiones disminuyeron después del acuerdo y durante varios gobiernos que compartieron el poder, todavía existen divisiones profundas en algunas comunidades. Incluso después de veinte años del acuerdo de paz, el conflicto se encuentra arraigado en muchas costumbres.

Tan solo este verano en el pueblo de Drumquin, al oeste de Omagh, donde la mayoría de la población es católica, mientras un equipo de fútbol gaélico celebraba la victoria, en otra parte del pueblo los protestantes ensayaban para el desfile del 12 de julio.

“Las comunidades no tienen problemas, pero, en esencia, llevamos vidas separadas”, comentó Patrick Fahy, un abogado local.

Algunas regiones de Irlanda del Norte viven una segregación real, pues los católicos viven en un barrio y los protestantes, en otro. Se han aplicado estrategias para promover la integración, en particular en el área central de Belfast, pero no han tenido mucho éxito.

De cualquier forma, muy pocos esperan que resurja la violencia como en los años setenta. Tanto la República de Irlanda como Irlanda del Norte han prosperado desde la firma del acuerdo del Viernes Santo, y los cientos de miles de habitantes nacidos desde entonces solo tienen recuerdos de una isla pacífica.

A fin de cuentas, quizá la peor amenaza de cualquier cambio en la frontera sea la psicológica. Ferriter, quien creció en Dublín, recuerda cuán sorprendido se sintió de niño cuando vio por primera vez a varios militares apostados en un punto de cruce.

“Inevitablemente”, dijo, “la frontera nos hacía adoptar una actitud de cerrazón, resentimiento y cierta paranoia, además de generar una sensación de total incomodidad”.

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